Caiana Revista académica de investigación en Arte y cultura visual

Caiana Nro15

Libros / detalle

Carla Lois

Terrae incognitae. Modos de pensar y mapear geografías desconocidas


Buenos Aires, EUDEBA, 2018. 288 páginas. ISBN 9789502327846

Marta Penhos

Cómo no sentirse convocado por un libro titulado Terrae incognitae… Inmediatamente se nos dispara una cadena de asociaciones que implican la promesa de una aventura. Y al recorrer las páginas de este nuevo texto de Carla Lois, no nos sentimos desilusionados, porque la autora despliega, como en un amplio abanico, los significados que evoca la palabra “incógnito”: misterioso, desconocido, vislumbrado, ignorado, incierto, demostrando su variedad semántica y su riqueza epistemológica. Lo incógnito es, en la propuesta de Lois, lo posible, lo imaginado, lo deseado… que existe gracias a su verosimilitud. Pero la autora va más allá, al color blanco, al vacío, al cero, a la nada, al silencio. Todas estas nociones, y algunas más, hilvanan el texto.

 

El tema es, en una primera aproximación, el de las tierras desconocidas y su presencia en los mapas. Nos encontramos ante una indagación sobre cómo se ha sometido, o reducido a un registro cartográfico racional y objetivo, aquello que no se ha explorado lo suficiente y aquello que es imposible ver. Pero, cuando avanzamos en la lectura, caemos en la cuenta de que el libro trata del papel de lo incógnito en los procesos del conocimiento, y que Lois no ha querido por ello limitarse a tratarlo solamente dentro de la historia de los mapas. Es así que, a lo largo de todo el libro, sin perder nunca de vista la especificidad de sus objetos y el eje del análisis, dialoga con los campos de la literatura, las ciencias naturales, la historia del arte, los estudios visuales, y también con la matemática, el cine y la música. De este modo, no solo aprovecha los aportes que se han hecho en estas disciplinas, sino que propone problemas no suficientemente transitados, o ángulos novedosos desde los cuales iluminarlos.

 

Para despejar los interrogantes acerca de los diferentes modos de hacer visible y comprensible, sobre la superficie del mapa, lo que no se ha visto ni experimentado, pero que, según se ha especulado, existe, Lois examina tres casos que corresponden a tres momentos de la historia de la cartografía y del pensamiento de occidente. El recorrido nos lleva, en primer lugar, a la Quinta Pars, el continente deseado, y a las maneras en que viajeros, cartógrafos, cosmógrafos, desde principios del siglo XVI, la hicieron imagen en los mapas. Gracias a las páginas de esta parte inicial, comprendemos los sentidos sucesivos o paralelos de la presencia de esta parte del mundo como hipótesis, que las expediciones de James Cook, a fines del siglo XVIII, contribuyeron a evaporar. A veces insinuado, casi fantasmático, otras veces muy definido, pero siempre ubicuo, el quinto continente puede pensarse como una pieza comodín de un rompecabezas cartográfico que se anhelaba completar. Y el trabajo de Carla Lois hace evidente que los debates que suscitaron durante un largo periodo la existencia y localización del continente austral, formaron parte de los desarrollos epistemológicos del pensamiento occidental que exceden lo estrictamente geográfico.

 

El caso de la Quinta Pars muestra con elocuencia uno de los puntos altos del trabajo: hacer positivo lo que usualmente se considera negativo. Para Lois, los “manchones blancos” de los mapas no son la confesión de una falta de conocimiento sobre una parte de la tierra, sino una “presencia ausente”, es decir una actividad del conocimiento que conjetura sobre lo incierto, a partir de una relación dialéctica entre lo real y lo posible. De esta manera, cuando la cartografía incluía esa masa de tierra, más que faltar a la realidad, proponía una hipótesis que no colisionaba contra ella porque era verosímil.

 

El segundo caso bajo la mirada de Lois es la cartografía de la Patagonia en el siglo XIX, donde los blancos se llenan de topónimos de pueblos, ferrocarriles y paisajes de una modernidad y un progreso que, en 1879, eran más proyectos que realizaciones. Pero la autora demuestra, además, que esos espacios surgieron en los mapas de un proceso de vaciamiento de marcas y señales que no servían a los propósitos civilizatorios: “el borramiento no es una mera metáfora literaria para referirnos a la invisibilización de los indígenas… ha sido una práctica de escritura así concebida por sus propios actores” (p. 129). De este modo, el desplazamiento de toponímicos indígenas a glosarios supone un ordenamiento racional, a la vez que un desplazamiento fuera del mapa que creó un “momento blanco” como momento cero en la historia de la Patagonia civilizada. En su análisis, Lois retoma el problema de la representación del “desierto”, mostrando que aquello que era fascinante como escenario literario o pictórico, resultaba inadmisible en términos cartográficos. El desierto “era eso desconocido que los mapas debían exorcizar” (p. 145) más en términos de territorio árido que de ausencia de civilización.

 

Esta parte del libro es, sin duda, aquella que establece más puentes con los estudios literarios y de historia del arte, y obliga a repensar el periodo con las tensiones que supone la elaboración de una visión nostálgica de la épica de la conquista, materializada en La Vuelta del Malón (1892), de Ángel Della Valle, en forma paralela y complementaria a la consagración de los datos efectivamente recolectados que hicieron del mapa, sobre todo en el formato atlas, un instrumento para dominar lo inconmensurable. Y es la dimensión científica la que se activa en la cuestión de límites con Chile, cuando se logró “empujar el blanco” al otro lado de la cordillera y “lo desconocido pasó a ser lo extranjero” (p. 170).

 

El periplo que propone Lois no concluye con otro ejemplo localizado en la superficie de la tierra, sino que se adentra en comarcas abismales, llevándonos a bucear en el fondo del mar. Antes, la autora se detiene en las islas, que comparadas con tierra firme son inestables e inciertas, pero que en medio de la inmensidad y profundidad sin medida ni representación precisas del océano, resultan mojones tranquilizadores. Y también “plataformas hacia el gran mar desconocido” (p. 182). Zambullirse en él como lo hace Lois, implica el mayor desafío del libro, ya que al tratarse de un objeto inaprehensible y esquivo, provoca las reflexiones más filosóficas del texto. Aquí el aporte de las teorías del color, en especial aplicadas al azul y al blanco, hace contrapunto con el análisis de la abstracción y de su papel en una “imagen razonada” que hace visible aquello que no se ve. El mapa, como expresión de la mirada geometrizante, ya no pretende mostrar el resultado de la experiencia sensible, sino el dato cuantificado, dentro de “la tendencia pantométrica de la modernidad occidental” (p. 230).

 

Al terminar de leer Terrae incognitae… se hace claro que el impulso hacia lo desconocido es algo más que el producto de la ambición, el inconformismo o el aburrimiento. Igual que “el vacío, el cero, la nada, la sombra” (p. 244), las tierras por descubrir, los territorios inexplorados, las profundidades sinfín han convocado y convocan interrogantes y conjeturas, sin las cuales es imposible pensar en el alumbramiento de conocimiento. El libro de Carla Lois sale al rescate de esas negatividades y demuestra que pensar lo desconocido es labor necesaria (y fascinante) para comprender cómo hemos arribado a lo efectivamente conocido.

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En Caiana. Revista de Historia del Arte y Cultura Visual del Centro Argentino de Investigadores de Arte (CAIA).
N° 15 | Año 2019 en línea desde el 4 julio 2012.

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