Caiana Revista académica de investigación en Arte y cultura visual

Caiana Nro10

Libros / detalle

Roger Chartier

La mano del autor y el espíritu del impresor, siglos XVI-XVIII,


Buenos Aires, Katz-Eudeba, 2016.

Ana Bonelli Zapata

 

Resulta necesario empezar esta nota respondiendo un interrogante. ¿Por que reseñar un libro sobre libros y lectura en una revista de artes visuales? Roger Chartier es un autor ya conocido por sus trabajos sobre cultura impresa,[1] en los cuales se pueden encontrar múltiples referencias a la visualidad, así como a las complejidades de los procesos de producción y las redes de circulación de los objetos. Es en la minuciosidad de la investigación, la prolijidad en los datos y las fuentes, y la generosidad que transmite en cada libro, que brinda detalles que abren un abanico de posibilidades tan rico como el lector que se lo apropie, que surge el gran valor de este texto.

Si bien el libro se presenta como dedicado a los “procesos de publicación de las obras”, anclado en las obras escritas (y, en particular en la segunda parte, en las obras teatrales o teatralizadas), los temas que aborda permiten complejizar y enriquecer debates de nuestro propio campo de las artes visuales. La construcción del autor, del original y la copia, la potencia de las imágenes y los contextos de reproducción, la manipulación y circulación de los objetos y las ideas, las prácticas que los desplazan de los “destinos esperados”, la creación colectiva y la vinculación con el contexto histórico son sólo algunos de los puntos en los que la cercanía con otras áreas se hace manifiesta. A su vez, el creciente interés de los estudios sobre la cultura impresa durante los últimos años, ha puesto sobre la mesa las múltiples relaciones y los cruces entre disciplinas que permiten una mayor comprensión de los procesos a nivel integral.

En la primera oración del prefacio, extraída de un soneto de Quevedo: “Escucho a los muertos con los ojos”, Chartier plantea la necesaria vinculación de la historia con las huellas visibles, el rastro dejado por los “hombres y mujeres del pasado cuyos sufrimientos y esperanzas, razones y sinrazones, decisiones y frustraciones [los historiadores] quieren comprender, y hacer comprender” (p. 7). En los libros, el autor encuentra la memoria de esos hombres, así como sus olvidos, el gesto inconsciente. Como ya lo ha adelantado en otros trabajos antes, no es en la creación original e individual que se encuentra ese gesto, sino en la práctica colectiva, en los talleres de las imprentas y en los múltiples usos y representaciones que lectores, tipógrafos, traductores y editores hacen de esos primeros textos, de difícil y dudoso hallazgo.

Chartier va describiendo distintas mutaciones posibles, en los que la idea original es transformada, mutilada, acrecentada, perdiendo su origen en la nebulosa de la leyenda y lo mitológico. El autor, como sujeto individual y aurático, se pierde en una marea de técnicas y costumbres, intereses comerciales, religiosos y políticos. Paradójicamente, es en estos siglos donde se va conformando el significado moderno de la autoría, por lo que el texto de Chartier ofrece cuestionamientos programáticos y actuales: ¿Qué es un autor? ¿Cómo construir una biblioteca o un archivo personal de autores que no dejaron más rastros que sus trabajos, modificados constantemente edición tras edición? ¿Cómo reeditar obras de autores que no dejaron manuscritos, o que los textos adjudicados a su mano son de dudosa procedencia? ¿Qué rol tuvieron los sucesivos editores, traductores, copistas, tipógrafos, correctores (en fin, todas las manos que intervienen en el objeto libro como tal) en la significación actual de la obra?

La elección del género teatral y el marco geográfico y temporal no es azarosa. Se ubica en el umbral entre dos culturas, dos “órdenes del discurso” presentes en Europa entre los siglos XVI y XVIII. La “individualización de la escritura, la originalidad de las obras y la consagración del escritor” (p. 9) van de la mano con la “dimensión colectiva de todas las producciones textuales (no solamente teatrales) y el bajo reconocimiento del escritor como tal” (p. 10). Así, desde el primer capítulo Chartier introduce al lector en la revolución que supone la imprenta. Siguiendo (y discutiendo) la importante obra de Elisabeth Eisenstein[2] el autor detalla los cruces entre la “cultura impresa” y la “cultura del manuscrito”. Viejos usos que continúan con nuevas materialidades, así como nuevas prácticas, y nuevas redes de circulación, son anclados en la materialidad del libro, las técnicas de paginación e impresión, y el propio concepto de obra. Así, el formato códice, la vinculación entre texto e imagen y los debates sobre la correcta puntuación de las obras exceden al impreso, y se configuran como elementos indispensables para comprender el universo de la lectura en una época tan compleja.

La literatura y la cultura impresa se insertan, así, en un contexto político, religioso y jurídico excitado por las nuevas prácticas del mercantilismo, configurando una “doble naturaleza del libro”. Por un lado, la obra “pensada como inmaterial, siempre idéntica a ella misma cualesquiera que fueren sus formas impresas” (p. 41), la que impulsará a la búsqueda del manuscrito original como huella del autor (la pura creación) sin deformaciones, ejemplificada por la bibliografía material (p. 206). Usos y necesidades legales que configurarán paralelamente un mercado, una práctica editorial y archivística, y un concepto de literatura característico de la modernidad. Por el otro lado, la consideración del trabajo colectivo en la creación del objeto, y la vinculación entre la materialidad y la significación de la obra, guían al autor en un erudito trabajo de recopilación y comparación exhaustiva de la historia editorial de ciertas obras y autores cumbres, como Shakespeare y Cervantes.

Es precisamente la trayectoria de ambos escritores faro de la cultura moderna europea, junto con obras emblemáticas como la Brevísima relación de la destruyción de las Indias del domínico Bartolomé de Las Casas, lo que le permite a Chartier sumergirse en esta apasionante arqueología de las ediciones. Las múltiples obras abren el juego a las temporalidades, y a un estudio basado en las diacronías e, incluso, en las anacronías (ejemplificado en el epílogo, con el famoso cuento de “Pierre Menard” de Borges)[3] y a una espacialidad ampliada, en la que las fronteras físicas se cruzan con las idiomáticas y culturales.

En este sentido, la imagen, y el libro analizado en su visualidad son puertas de entrada a partir de una estrategia de anacronía. En palabras de Didi-Huberman, “ante una imagen –tan reciente, tan contemporánea como sea-, el pasado no cesa nunca de reconfigurarse, dado que esta imagen sólo deviene pensable en una construcción de la memoria, cuando no de la obsesión”.[4] La memoria, el olvido, la representación del pasado y el presente están en el foco de la preocupación de Chartier por el autor y los textos.

Retomando las palabras del prefacio, para escuchar a los muertos es necesario apelar a los diferentes sentidos, salir de los lugares cómodos, e intentar nuevas aproximaciones a los objetos de estudio. El libro de Chartier, por su riqueza de fuentes y propuestas, resulta un interesante punto de partida.

 

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Notas

[1] Como ejemplos: Roger Chartier, El orden de los libros, Barcelona, Gedisa, 1994. Roger Chartier y Guglielmo Cavallo (comp.), Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 1997. Roger Chartier, Inscribir y borrar. Cultura escrita y literatura (siglos XI-XVIII), Buenos Aires, Katz Editores, 2006.

[2] Elizabeth Eisenstein, The Printing Press as an Agent of Change. Communication and Cultural Transformations in Early Modern Europe, Cambridge, Cambridge University Press, 1979.

[3] Jorge Luis Borges, “Pierre Menard, autor del Quijote”, en Ficciones, Madrid, Alianza, 1997.

[4] Georges Didi-Huberman, Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes, Buenos Aires, Ed. Adriana Hidalgo, 2008.



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En Caiana. Revista de Historia del Arte y Cultura Visual del Centro Argentino de Investigadores de Arte (CAIA).
N° 10 | Año 2017 en línea desde el 4 julio 2012.

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