Caiana Revista académica de investigación en Arte y cultura visual

Caiana Nro6

Libros / detalle

María José Herrera

Cien Años de Arte Argentino, Buenos Aires, Editorial Biblos-Fundación Osde, 2014, 377 páginas.


Viviana Usubiaga

Abordar cien años de producción artística en un volumen implica un enorme desafío y conlleva innumerables riesgos historiográficos para cualquier autor. Desde la primera página de su libro, María José Herrera asume el reto con idoneidad y sortea cualquier contingencia exponiendo claramente su metodología de trabajo. Establece así un acuerdo con el lector, lego o informado, develando las claves de exploración del ambicioso recorrido que diseña el volumen, a través de la última centuria de historia del arte argentino.

 

La publicación es resultado de una iniciativa propiciada por el contexto del Bicentenario de la Revolución de Mayo de 1810. Con el objetivo de “democratizar el acceso a la cultura” la Fundación Osde y la editorial Biblos elaboraron un proyecto de edición conjunto de una colección de libros panorámicos sobre cien años de distintas disciplinas artísticas. Ediciones que abarcarían desde el Centenario al Bicentenario para el que convocaron a especialistas en cada una de las áreas. La primera publicación fue dedicada a los Cien Años del cine argentino y escrita por Fernando M. Peña y la segunda a los Cien Años del teatro argentino, por Jorge Dubatti. Luego llegó el turno a los Cien Años de la música argentina cuyo autor es Sergio Pujol y por último el libro del que trata esta reseña.

 

Cien años de arte argentino consta de una reveladora presentación de la propia autora y se organiza en nueve capítulos interceptados por lo que se denominan “fichas”; incluye un cuadernillo con casi cuarenta imágenes a color de una selección del extenso corpus de obras y artistas analizados; posee una bibliografía de referencia que acompaña y a la vez libera al cuerpo de texto de engorrosas citas y excesivo aparato erudito y por último, un índice onomástico de gran utilidad para un trabajo como este que incluye a tantos autores y agentes de la cultura.

 

La presentación del libro es particularmente remarcable porque, sin soslayar los agradecimientos de rigor, se dedica a transparentar en apenas tres páginas el formato editorial en el que se inscribe la publicación (historia general); sus principios de selección de artistas (los creadores “que han sido populares en su época” aunque hoy no lo sean), de  instituciones (el Museo Nacional de Bellas Aires será central, entre otras de las tramas institucionales más remotas o vigentes); sus criterios para el recorte temporal (los comienzos de institucionalización de las artes durante el último tercio del siglo XIX y la crisis del 2001) y espacial (Buenos Aires como escena “históricamente captadora y difusora de las principales ideas del arte”); y el género escritural que se le requería (la divulgación) que la autora domina en forma magistral. Al mismo tiempo, se esclarecen allí los diferentes tipos de registros utilizados en la transferencia de los conocimientos que desarrolla el volumen. Una narración en la que prima la síntesis y la generalización, logradas a través de una estructura permeable entre épocas, poéticas y producciones, y de casos de estudio fundados que tienen una capacidad de representación que los excede. Pero fundamentalmente, una historia sistemática alcanzada a partir de la acertada estrategia del libro de entretejer los estados de la cuestión de los estudios sobre los problemas principales de cada uno de los núcleos de su periodización. Es decir, con la intención de “evadir el exceso de autoridad de una sola voz”, tal como señala Herrera, compone una historia general capitalizando los resultados de las investigaciones, académicas y curatoriales, propias y ajenas, más recientes que han renovado la propia disciplina de la historia del arte en Argentina. Y suma a esa narración –compleja pero ciertamente clara gracias a su pluma– un dossier de artículos publicados que expanden la información o se concentran en algún artista o en una serie de obras. Estos textos, denominados y numerados como “fichas”, son dosificados capítulo a capítulo según los temas tratados. Responden a otros registros de escritura como son los textos críticos y los textos curatoriales que pueden vincularse pero que se diferencian de la especificidad del relato histórico.

 

Al contarse María José Herrera entre los artífices de la renovación disciplinar mencionada, cabe señalar su propio aporte teórico patentado en este libro. Se trata del abordaje del arte desde el análisis de sus exposiciones, dada su relevancia, precisamente, en la escritura de la historia del arte. Es así cómo desde las modalidades y circunstancias de exhibición de una obra o conjunto de obras se puede llegar a discernir los tipos de interacción que suponen esas puestas en escena entre los artistas, sus producciones, las instituciones, los públicos, las políticas culturales en diferentes escenas y épocas.  

 

Por otra parte, desde estos primeros párrafos, la autora esclarece sus modelos previos (desde la  clásica historia general de Ernst Gombrich hasta las más locales historias del arte argentino de Jorge López Anaya –editadas en 1997 y 2005– y las nuevas de autoría colectiva dirigidas por José Emilio Burucúa en 1999); sus perspectivas teóricas que se nutren en el cruce de las concepciones sobre el arte de estos dos últimos autores, quienes fueran sus principales referentes como profesores en la Universidad de Buenos Aires. Herrera logra así una articulación de dos miradas que muchos creíamos irreconciliables o al menos incompatibles entre los enfoques del discutido afán clasificatorio de López Anaya y el abordaje erudito de Burucúa. Desde el análisis de los programas estéticos, Herrera habilita la comprensión del entramado cultural en el que se inscriben las variadas concepciones del arte y las prácticas artísticas en cada momento. En efecto, se aventura con éxito en el ensayo sobre las poéticas artísticas situándolas en su contexto social, en un sofisticado pero fluido contrapunto entre poéticas e instituciones, entre el estudio semiótico y de la historia social del arte.

 

Tal como se explicita, el libro necesariamente excede el siglo de producción al que remite su título. En este sentido, María José Herrera dio lugar a una introducción que se ocupa del momento de institucionalización de las artes en Buenos Aires a fines del siglo XIX, en el cual se establecen vectores sobre ciertos asuntos que podrán rastrearse hasta el final del volumen. Despliega allí el ideario y las acciones de los primeros modernos pertenecientes a la denominada “generación del 80”, una elite ilustrada –entre la que es insoslayable destacar a la figura de Eduardo Schiaffino– que se ocupó de crear espacios de formación artística, de estimular y difundir la producción estética, de escribir críticas de arte hasta publicar una revista especializada, de organizar exposiciones hasta fundar el Museo Nacional de Bellas Artes, de incentivar  el coleccionismo, de avivar los debates sobre la existencia de un arte nacional, de esbozar un mercado del arte, de sostener con pintura las controversias estéticas. En definitiva, ya desde este breve apartado quedan establecidos los ejes temáticos sobre los que rondarán los siguientes capítulos, y otros asuntos que podrán rastrearse transversalmente, componiendo pistas para el conocimiento de procesos de extensa duración y transformación durante ese largo siglo, como son ejemplo el fenómeno del coleccionismo privado, público y corporativo, y los cambios en los proyectos del urbanismo porteño donde la reflexión sobre la relación entre arte y espacio público es altamente productiva.

 

La estructura del libro establece una periodización fundada en la atenta combinación del contexto social y político y de las especificidades del campo artístico, y se deshace así de las convencionales y rígidas divisiones por décadas que fuerzan una cronología cultural.

 

En este sentido, los siguientes capítulos se encabezarán con fechas que sumados arman una posible y más compleja cronología de los procesos artísticos de la escena porteña. En “1900-1920. En torno al Centenario” se detallan las implicancias de la organización de la Exposición Internacional de Arte del Centenario en la creación de la Comisión Nacional de Bellas Artes y el Salón Nacional que se convirtieron a su vez en escenarios de las disputas por la concepción del paisaje nacional y la ocupación del espacio público con diversos monumentos. El final de este capítulo es tal vez uno de los momentos más federales del libro –al igual que al término del segundo capítulo– cuando esboza el proceso de fundación de museos provinciales y la “itinerancia” de piezas en préstamo de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes en el marco del proyecto de su director por entonces, Cupertino del Campo. Entre 1920 y 1940 Herrera señala el tiempo cuando la modernización muestra sus contracaras con mayor contundencia, mientras se producía una profunda transformación de las estructuras sociales. Las apreciaciones de Marcel Duchamp mientras deambulaba por la cambiante Buenos Aires son el puntapié para introducir el arribo del lenguaje de las vanguardias europeas a la escena porteña y a sus tensiones con la tradición. Analiza la emergencia de los artistas que reconoceremos como los Pintores de la Boca  y el Grupo de París y sus diversos programas estéticos acerca del compromiso social. Desde las reconfiguraciones del mapa internacional de posguerra al del mapa político nacional con el surgimiento del peronismo, entre 1940 y 1954, se ocupa el capítulo siguiente. Entran en escena las vertientes del arte abstracto y concreto y sus secuelas para el diseño. Luego es el turno para el estudio del programa cultural desarrollista donde se instalan las figuras de Jorge Romero Brest, los artistas del Instituto Di Tella y la convivencia de las variadas poéticas de los años 60, acerca de las cuales Herrera es especialista. Las manifestaciones del conceptualismo expanden el arte entre los años 1969-1976 y son complementadas con las vertientes del realismo para esclarecer sus fundamentos críticos y acercarse a la producción de ciertos artistas en momentos de puesta en crisis de las vanguardias y la definición de lo regional. El capítulo siguiente estudia, entre 1976  y 1982, el arte durante la última dictadura y el despliegue de recursos retóricos para resistirla. “1983-1990. La postdictdura: el arte entre la reconstrucción o las ruinas del futuro” se adentra en los tiempos de la vuelta a la democracia y las reconfiguraciones que se suscitan en todos los órdenes sociales. La elaboración de las representaciones de la memoria de la dictadura, las apropiaciones éticas y estéticas del arte precolombino, contrastan con el estudio de las anunciadas derivas estilísticas propias de la posmodernidad. El último apartado lleva por título “El arte argentino en la escena global” y resume una red de iniciativas institucionales que han dinamizado el arte contemporáneo a pesar de las crisis y esboza de manera elocuente algunos matices para la mentada dicotomía entre estética y política que ha gravitado en muchos momentos de la historia del arte argentino.  

 

En este libro María José Herrera ha conjugado su probada experiencia no solo en las arenas de la investigación en historia del arte, sino como curadora, gestora, crítica y docente. Su prosa contribuye a saldar el hiato entre la investigación académica y la sociedad, entre el abordaje de temas complejos –que con frecuencia se los expone de manera críptica– y el posible interés en el arte por parte de un público ampliado, al que en ningún momento subestima. Esta suerte de manual, en los mejores sentidos del término, allana todos los caminos a los interesados en el arte para la confección de los estados de la cuestión para futuras investigaciones. Instruye a quienes, concentrados en sus estudios focalizados tal vez hayan perdido perspectiva de los procesos de mayor duración en los que se inscriben sus propios objetos de estudio. En síntesis, da una verdadera lección de claridad de exposición y generosidad intelectual.

 

La publicación es un material de referencia insoslayable para alcanzar una idea comprensiva de las producciones artísticas de Argentina. Sin duda, ocupará un lugar en la constelación de publicaciones formadoras para la historiografía del arte argentino.

 

Si algo se le puede reprochar al libro –no ya a su autora– es el desacierto en el diseño de la tapa que pareciera querer emular las huellas de la manipulación del ejemplar dándole un aspecto tiznado. Un artificio de representación innecesario dado que con el tiempo las obligadas visitas a esta obra y su recurrente uso como material de consulta y relectura imprimirán en forma inevitable la huella del paso insistente del lector por sus portadas y páginas.

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Cien Años de Arte Argentino, Buenos Aires, Editorial Biblos-Fundación Osde, 2014, 377 páginas.

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En Caiana. Revista de Historia del Arte y Cultura Visual del Centro Argentino de Investigadores de Arte (CAIA).
N° 6 | Año 2015 en línea desde el 4 julio 2012.

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