Caiana Revista académica de investigación en Arte y cultura visual

Caiana Nro4

Libros / detalle

Deborah Dorotinsky Alperstein

Viaje de sombras. Fotografías del Desierto de la Soledad y los indios lacandones en los años cuarenta


México, Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, 2013, 165 pag.

Alberto del Castillo Troncoso

La enigmática figura de los lacandones, uno de los grupos indígenas que habitan el territorio de Chiapas en el sureste de México, ha dado lugar a todo tipo de teorías y especulaciones de viajeros y antropólogos que a lo largo del siglo XIX y de manera particular en la primera mitad del siglo XX llegaron a considerarlos como los últimos descendientes de la gran cultura maya creadora de ciudades míticas y deslumbrantes como Palenque, Bonampak, Tikal y Chichén Itzá y como el último eslabón perdido entre el hombre primitivo y la civilización actual. Este proceso se configuró bajo el prisma del evolucionismo y como parte de las prácticas colonialistas que permearon el quehacer antropológico occidental durante cerca de 150 años.

Este es el contexto y caldo de cultivo en el que se desarrolla esta sugerente investigación, en el que la autora continúa con sus pesquisas anteriores en torno a los indios yaquis en el norte de México y ahora analiza con todo rigor la publicación, en plena segunda guerra mundial, de una serie de reportajes fotográficos sobre los lacandones en la revista Mañana, un espacio de divulgación que representaba una referencia emblemática para el periodismo mexicano de aquellos años, emparentada con las grandes revistas ilustradas de la época. El análisis lo hace con un enfoque de historia cultural que la lleva a leer dichos reportajes no sólo en el contexto científico de aquellos años, sino también a través de su diálogo con toda clase de pistas literarias. Entre ellas se destacan títulos como El corazón de las tinieblas, la gran novela de Joseph Conrad que estableció un esquema fundador para leer la selva como un sitio del deseo o la también influyente Canaima, de Rómulo Gallegos, toda una fábrica de metáforas en torno a la naturaleza salvaje de la selva, así como otras referencias cinematográficas. Una es la popular Doña Bárbara, dirigida por Fernando de Fuentes, basada en la novela del autor venezolano e interpretada magistralmente por la actriz María Félix en su papel icónico de devoradora de hombres. Todo ello inserto en la cultura mexicana y latinoamericana de aquellos años y como parte del repertorio simbólico accesible a sectores sociales cada vez más amplios.

En este sentido, este no es un libro más sobre la zaga etnocéntrica trazada por académicos y especialistas en torno a los lacandones, las ruinas arqueológicas y la selva, sino una reflexión aguda que va historizando de manera muy convincente en torno a la construcción simbólica del paisaje y que indaga en las distintas maneras como ha sido percibido y representado este importante grupo étnico hasta construir uno de los imaginarios visuales más poderosos de la cultura visual mexicana del siglo XX, de Claudio Linati, Desiré Charnay y Teobert Maler a Raúl Anguiano, Manuel Álvarez Bravo y Armando Salas Portugal.

El hilo conductor de este trabajo está construido alrededor de cinco reportajes periodísticos divulgados en los meses de mayo y junio de 1944, los cuales se presentaron a los lectores con una previsible dosis de aventura y exotismo y fueron el resultado de una importante expedición científica patrocinada por el gobierno mexicano en busca de yacimientos petrolíferos en el sur del país. Aparecieron publicados bajo la firma de los periodistas Ricardo López Toraya y Francisco de Paula Olivera, mejor conocido como José Antonio Rodríguez, el gran crítico de arte lusitano de izquierda, rescatado de una cárcel en Lisboa por el gobierno del general revolucionario Lázaro Cárdenas y exiliado en México.

La narración de López y Rodríguez describe las peripecias y las vicisitudes del grupo de científicos comandados por el geólogo Frederick Mullerried, el cual transitó desde la zona montañosa a la selva a través de parajes muy poco explorados hasta ese momento y cruzó los ríos Jataté, Lacantún y Usumacinta, hasta llegar a las ruinas mayas de Yaxchilán, en la frontera con Guatemala. Allí se produjo un afortunado encuentro con un grupo de lacandones que le permitió a los reporteros conversar de manera amplia con ellos y reflexionar sobre sus costumbres y su visión del mundo.

En la reflexión de la autora se analizan los relatos colonialistas en los que los propios exploradores se convertían en grandes protagonistas magnificados como héroes, como corresponde a la tradición occidental, pero al mismo tiempo cuestionaban importantes teorías de la época, como la del antropólogo Carlos Basauri, que discriminaba y denigraba a este grupo indígena y lo consideraba bárbaro e inmoral, o las distintas teorías eugenésicas que con un trasfondo racista seguían permeando los trabajos de la ciencia en Europa, Norteamérica y la América Latina.

De esta manera, con un bagaje contestatario adquirido a lo largo de muchos años de lucha contra el poder autoritario del estado, Rodríguez se cuestionaba acerca de la paradoja de algunos científicos que escribían en forma tan tajante sobre los lacandones sin haber entrado nunca en contacto con ellos y así fue desarrollando una versión distinta que recuperó el perfil humano del grupo, con un acercamiento empático, que iba más allá de los prejuicios y satanizaciones eugenésicas de la ciencia de la época.

A la par de su lectura entre líneas de los distintos textos periodísticos, la autora va a fijar su atención en las estrategias visuales del vanguardismo fotográfico representado por estos reportajes que desembocan en complejos ensayos visuales y en la incorporación de secuencias de imágenes de la reconocida fotógrafa Gertrude Duby, quién también intervino en la famosa expedición y poseía un amplio y profundo conocimiento de la realidad local.

De esta manera, Dorotinsky explica cómo se construyeron en este tipo de espacios algunos de los repertorios simbólicos indigenistas que cruzaron la identidad mexicana del siglo pasado. En efecto, en la puesta en página de estos trabajos puede advertirse toda una sintaxis visual, con el uso creativo del montaje que construyó imaginarios como referentes visuales para sectores muy amplios de la población. En un momento histórico en el que una parte importante de la fotografía antropológica estaba atrapada en los criterios taxonómicos, la fotografía documental tenía una gran influencia como parte descriptiva de la narración de la realidad aunque carecía del prestigio museográfico que solo obtendría en el último cuarto del siglo pasado, cuando las fronteras convencionales entre el arte y las distintas versiones documentales se matizaron y diluyeron.

Por todo ello, una parte de la educación visual de públicos muy amplios pasó a mediados del siglo pasado por las páginas divulgadoras de las revistas y en ellas se expresó toda una retórica que dio visibilidad pública a un grupo humano acotado por lo general a la mirada especializada de los científicos, al tiempo que discutía con las teorías académicas en boga, con lo que no solo se hizo circular estas ideas en espacios más amplios, sino que incluso se les cuestionó y refutó, como es el caso particular de estos reportajes revisados en el contexto político y cultural de la época en esta interesante investigación.

Al final, pero no al último, cabe destacar la bella edición lograda por el Instituto de Investigaciones Estéticas, que muestra hasta qué punto las imágenes no son el complemento de las investigaciones sino una parte fundamental de la propuesta de este tipo de libros académicos, que analizan y reivindican una nueva lectura e interpretación de la historia de la fotografía en América Latina.

 

 

 

 

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En Caiana. Revista de Historia del Arte y Cultura Visual del Centro Argentino de Investigadores de Arte (CAIA).
N° 4 | Año 2014 en línea desde el 4 julio 2012.

URL: http://caiana.caia.org.ar/template/caiana.php?pag=books/book.php&obj=155&vol=4

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