Caiana Revista académica de investigación en Arte y cultura visual

Caiana Nro11

José Antonio Vigara Zafra


Los Fastos de los III duques de Fernán Núñez: nuevas políticas de construcción de la imagen nobiliaria en el siglo XIX.*

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"La situación del cronista de salones repito que es delicadísima, sobre todo en estos tiempos de igualdad, no ante la ley, sino ante las pretensiones y los vanistorios. Todo aquel que pone a la lumbre un puchero, hace hervir agua para el té y se corre con medio kilo de pastas, querría que se hablase de su raout como se habló antaño de las célebres y memorables fiestas de Fernán-Núñez."[1]

 

Con estas palabras, Emilia Pardo Bazán personificaba, no sin cierta añoranza, el culmen del high life madrileño a través de los III duques de Fernán Núñez. Además de mostrar la relevancia que había adquirido esta familia a finales del siglo XIX, tomada como modelo de sociabilidad para el resto de élites nobiliarias españolas, estas frases manifiestan que los fastos seguían constituyendo uno de los principales mecanismos de la nobleza para construir una imagen pública favorable a sus intereses sociales y políticos.[2] En efecto, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, los III duques de Fernán Núñez, María del Pilar Osorio y Gutiérrez de los Ríos (1829-1921) y Manuel Falcó d’Adda Valcárcel (1828-1892), obtuvieron gran reconocimiento social entre la aristocracia de su tiempo. No en vano, se trataba de una de las familias más ricas e influyentes de las élites nobiliarias europeas, gozando de la amistad de personajes coetáneos tan relevantes como la reina Isabel II en España o el emperador Napoleón III en Francia.

 

Desde la Edad Media, los Fernán Núñez habían sido una destacada familia de oligarcas en la provincia de Córdoba, pero adquirirían gran notoriedad social a finales del siglo XVIII con el VI conde, Carlos José Gutiérrez de los Ríos y Rohan Chabot (1742-1795), que inauguró el establecimiento de los titulares del clan familiar en empleos diplomáticos de primer nivel con su labor como embajador de España en Lisboa y París, estableciendo al linaje definitivamente en la Corte de Madrid.[3] Junto a esta importante actividad política, los Fernán Núñez tuvieron un acusado protagonismo en el mundo artístico y cultural madrileño durante los siglos XVIII y XIX. Así, fueron mecenas de artistas tan relevantes como Goya, figuraron entre los miembros de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando o poseyeron en su colección pinturas de Tiziano, Tintoretto, Teniers, Velázquez y Murillo.[4]

 

Este estudio se inserta en el contexto de la segunda mitad del siglo XIX que, como es bien sabido, supuso para la vieja nobleza europea un sustancial cambio en sus estrategias de distinción social. Frente a los siglos precedentes de dominio aristocrático en el ámbito cultural y artístico, las élites burguesas y la nueva nobleza del dinero gestionaron el cambio de sistema artístico al mundo contemporáneo polarizado por el proceso de institucionalización de las Bellas Artes, dando lugar así a fenómenos claves para entender las transformaciones en las pautas culturales y artísticas en esta centuria. De este modo, la creación de museos estatales, la proliferación de exposiciones de arte, el nacimiento de nuevas prácticas artísticas como la fotografía o el creciente sentido público del arte a través de la prensa, motivaron una reorganización de las colecciones artísticas por parte de la nobleza que implicó un acusado cambio en la forma de exhibición e interpretación de las mismas. Y esto provocó que las políticas de legitimación de la nobleza estuvieron dirigidas a la creación de una imagen pública frente a la anterior búsqueda predominante de cohesión interna propia del Antiguo Régimen.

 

Con este artículo y a través del uso de documentación inédita, pretendemos señalar algunas de estas transformaciones en las pautas de comportamiento cultural y promoción social de la nobleza española mediante el estudio de caso de las fiestasorganizadas por los Fernán Núñez. Para ello, examinaremos las nuevas prácticas artísticas generadas en el segundo tercio del siglo XIX que provocaron nuevos usos de la imagen de la nobleza, apoyándonos en la relevante función que cumplió la prensa y, en concreto, la crónica de sociedad, para la difusión de las transformaciones de la identidad nobiliaria, cuyo fin último fue publicitar a los miembros del linaje dentro de la sociedad española de la época.

 

Un espacio para la sociabilidad nobiliaria: El palacio de los III duques de Fernán Núñez.

 

Durante la segunda mitad del siglo XIX, los Fernán Núñez estuvieron íntimamente vinculados a la posesión de la vivienda familiar de la calle Santa Isabel, también conocido como Palacio de Cervellón por haber estado bajo la titularidad de aquella Casa.[5]

 

El proceso constructivo de este palacio es de sobra conocido, resultando especialmente interesante para nuestro estudio la reforma del mismo efectuada por los II duques entre 1847 y 1849, bajo la dirección del arquitecto Martín López Aguado, que supuso la configuración definitiva de los espacios representativos del palacio, principalmente el salón de bailes y el salón isabelino. Este proceso de remodelación del palacio finalizó con la construcción de la famosa estufa de hierro y cristal o serre hacia 1870.[6]

 

Los nuevos espacios representativos del palacio de Fernán Núñez constituyeron uno de los principales ejes de la sociabilidad nobiliaria de la capital, basada en la organización de actos sociales de la más diversa índole. Paralelamente, la decoración del edificio evidenció el progresivo viraje hacia el sistema artístico contemporáneo por parte de los integrantes de la familia, de tal manera que la lectura en clave genealógica de las colecciones alojadas en el palacio coexistió con la apreciación propiamente artística de las mismas, terminando por imponerse estos valores de legitimación estética durante el último tercio del siglo XIX.[7]

 

En ese sentido, desde la década de 1850, podemos constatar a través de las crónicas de sociedad la reorganización del capital simbólico de la colección de los Fernán Núñez. Los salones de la planta representativa del palacio constituyeron auténticos museos para la exhibición de las obras adquiridas en las exposiciones de bellas artes, al tiempo que mostraron la mutación simbólica de las antiguas piezas que atesoraban,[8] tanto es así que el palacio fue definido por los cronistas como una conjunción entre un rico museo de las Bellas Artes y un archivo de gloriosas é imperecederas memorias históricas.[9] Pero, entre estos dos atributos, centraron su atención fundamentalmente en la capacidad de mecenazgo artístico de los titulares de la casa ducal, subrayando por encima de otras iniciativas las adquisiciones efectuadas por el III duque en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes a artistas como Vicente Palmaroli o Eduardo Zamacois,[10] compras que obtuvieron gran publicitación entre la opinión pública a través de la prensa por insertarse dentro de las buenas prácticas atribuidas a los mecenas en el nuevo contexto del sistema artístico.[11]

 

En las mismas fechas, esta incipiente musealización de las colecciones del palacio fue atestiguada por los nuevos marcos colocados en los lienzos que destacaban mediante una cartela el nombre de los artistas más reconocidos. Al respecto, la terminología también constituyó un signo evidente del cambio de mentalidad con respecto a las colecciones y de la nueva consideración artística de las mismas, integradas dentro del discurso de la historia del arte. Buen ejemplo de ello fueron las fotografías del francés Jean Laurent con títulos tan explícitos como Galería de las estatuas o Sala de los retratos (Figs. 1 y 2).[12]

 

En esta misma línea, las referencias al patrimonio de carácter genealógico fueron cada vez más reducidas y, en la mayoría de los casos, aludieron solamente a los valores estéticos de las mismas. Ejemplo de ello, los retratos familiares del VI conde y del I duque de Fernán Núñez aparecen elogiados atendiendo exclusivamente a su carácter artístico por ser obras de Goya, olvidando la personalidad de tan destacados miembros de este linaje.[13] Y, por tanto, el carácter museológico de las colecciones del palacio constituyó el valor diferencial con respecto a otros edificios coetáneos:

 

"Espléndido museo es el instalado en el Palacio de Cervellón, donde el Arte y la Historia encontraron lugar preferente y reverente. La familia que lo habita figura con justísimos títulos a la cabeza de la aristocracia española. Modelo en su género, mantiene la loable tradición de amor a lo artístico, y ello, contra el ejemplo demoledor de aquella otra nobleza que malbarata el legado de sus mayores, constituye una ejecutoria de las más dignas."[14]

 

La ostentación social y festiva de los III duques de Fernán Núñez a través de la prensa.

 

Durante la segunda mitad del siglo XIX las élites nobiliarias españolas intensificaron sus estrategias propagandísticas en la prensa afín con el objetivo de seguir manteniendo el mismo estatus social y político, paliando de ese modo el progresivo desplazamiento de las esferas de poder político que sufrieron en favor de la burguesía adinerada y el descrédito que tuvieron entre la opinión pública.[15] No resulta extraño, pues, que en febrero de 1872 en La Discusión se criticara con dureza la concesión del Toisón de Oro al III duque de Fernán Núñez por el mero hecho de pertenecer a la aristocracia, careciendo de los méritos profesionales suficientes que acreditaran tal distinción.[16]

 

Frente a este tipo de opiniones, la vieja nobleza respondió con campañas de prensa favorables, utilizando este medio informativo, a sus cronistas y dibujantes para construir una imagen de prestigio basada en la pervivencia de la tradición y en el apego con la cultura y el arte como signos propios de este grupo social, constituyendo los Fernán Núñez un claro ejemplo de estas prácticas.

 

En ese sentido, en 1884 los escritores Vicente Sancho del Castillo y Emilio Bravo y Moltó, previo encargo del III duque de Fernán Núñez, ensalzaron la magnificencia que había alcanzado por aquellas fechas el antiguo linaje cordobés en virtud a la distinción social obtenida gracias a la organización de festejos en su palacio de la calle Santa Isabel en Madrid:

 

"Hay nombres que en sí llevan entera su historia, y sólo pronunciar el de Fernan-Nuñez es traer á la memoria de todos, la nobleza, la dignidad, la grandeza, la afabilidad, la cortesía y la inagotable caridad de los que hoy lo llevan. No son ciertamente las piedras preciosas que hermosean las nobles coronas que ciñen sus frentes las que más destellos lanzan; las bendiciones que por doquier y á todas horas brotan de labios de infinidad de desgraciados cuya miseria ha sido socorrida por los Duques, llevan más alta su fama que las gloriosísimas hazañas de sus preclaros ascendientes, y las lágrimas que sus bondadosas manos han enjugado pudieran formar por sí una diadema cuyo fulgor eclipsara el de las que tan dignamente saben ostentar [...]. Cuando una fiesta se dispone en el palacio de la calle de Santa Isabel, en todos los semblantes se retrata la alegría; los amigos están ciertos de que allí han de disfrutar de encantos como saben sólo ofrecerles sus dueños, y los desgraciados tienen la evidencia de no ser olvidados en aquellos dias. Por eso los ecos de la alegre orquesta regocijan los corazones de los que giran por los magníficos salones de la casa y de los que sólo los escuchan desde el umbral de la puerta; aquellos laten de contento; estos, de gratitud."[17]

 

Como evidencia esta crónica, a finales del siglo XIX, la reputación de los Fernán Núñez se fundamentó en la organización de fiestas y bailes. No es de extrañar, entonces, que para aludir al gran éxito del baile de trajes históricos organizado por la embajada española en Roma en 1887 se parangonara con los celebrados por los III duques de Fernán Núñez.[18] E incluso, dicha fama llegó al continente americano como muestra la crónica de la fiesta organizada por Pablo Escandón en Ciudad de México en 1897, ensalzando su fastuosidadya que parecía que estemos en la casa de los duques de Fernán Núñez de inmortal fama por sus bailes y esplendidez.[19]

 

Pero, hasta alcanzar esta prominente posición social, los III duques de Fernán Núñez establecieron una serie de pautas de sociabilidad lúdica muy específicas en las décadas de 1850 y 1860, cuyo objetivo principal fue la promoción familiar.[20] Así, tras finalizar las obras del palacio, mientras la condesa de Montijo acogía los domingos a lo más selecto de la sociedad en sus salones o el duque de Rivas organizaba los lunes sus conocidas tertulias literarias, los Fernán Núñez se especializaron en la organización de bailes y chocolates, fijando los miércoles como el día de la semana en que celebraron dichos actos.[21]

 

Como ha apuntado Cristina del Prado Higuera, durante el reinado de Isabel II, el estilo de vida nobiliario siguió constituyendo la cúspide de los comportamientos sociales,[22] y frente a la proliferación de sociedades de recreo propias de la burguesía como los casinos y ateneos,[23] la vieja nobleza continuó reproduciendo los antiguos códigos de sociabilidad nobiliarios porque éstos aún representaban eficientes herramientas de legitimación, encarnando los valores tradicionales y el carácter conservador de gran parte de las élites nobiliarias. Pero junto a la pervivencia de la tradición, no podemos obviar la importancia que tuvo la nobleza a la hora de fijar los usos culturales propios del nuevo sistema artístico.[24]

 

Las casas nobiliarias rivalizaron por obtener el mayor éxito en sus fiestas que, en gran medida, se basó en la asistencia de la reina Isabel II y su séquito cortesano, puesto que la mayor cercanía a la realeza implicó mejores cuotas de reconocimiento social. Así pues, en estos fastos, tal como relataba Juan Valera en referencia a la fiesta de la IX condesa de Montijo, era posible desde bailar una contradanza con la III duquesa de Fernán Núñez, que si bien es bastante fea, es la más rica e ilustre heredera de Madrid, hasta entablar conversación con los militares y políticos más influyentes del momento como Serrano o Narváez.[25] El propio Valera nos ilustra sobre otros aspectos comunes de este ocio nobiliario, tales como el gusto por la representación teatral o la incipiente musealización de las estancias palaciegas propia del cambio del sistema artístico: [26]

 

"Pasemos ahora á la que dieron el Domingo los Duques de Medinaceli, y bien podemos decir, aunque los latines no vengan bien tratándose de estos asuntos, paulo majora canamus. Bueno estuvo el baile del Sr. Calderon, pero la representación de que vamos á hablar hubo de vencerle, porque se honró con la presencia de dos hermosas Majestades, la de nuestra Reina, y la Poesía, á quienes fuimos todos á rendir culto y admiración en aquella casa. Sólo sentimos que siendo tan buenas artistas las señoras Duquesa de Medinaceli y Marquesa de Villaseca y las señoritas de Torrejón, Paz y Alvarez de Toledo, y teniendo además estas artistas apellidos tan castizos, tan españoles y tan ilustres, no desechen los vaudevilles traducidos del francés y no se empeñen en representar siempre obras originales de nuestros poetas contemporáneos ó de los antiguos. ¿Quién mejor que la Duquesa de Medinaceli haría el papel de la Condesa Aurora en El castigo del pensé qué, de Diana, en El desdén con el desdén, óde la heroína de El perro del hortelano, de Lope? [...] Todos los aposentos del extensísimo palacio estaban abiertos y radiosamente iluminados, la concurrencia pudo discurrir y discurrió por ellos, después de terminada la representación, admirando los bellísimos cuadros y los objetos de arte que atesoran. [...] Repetimos que es difícil por demás este género de literatura. Para escribir en él se necesita quintas esencias de elegancia, de que carecemos; para elogiar con delicadeza y sin cansar, pero como ella se lo merece, á la hermosa señora que recibió en su casa y agasajó anteanoche tan elegantemente á su Reina, sería menester una inspiración que no nos acude. Quédese, pues, esto aquí, y tratemos de estar mejor apercibidos pasado mañana, día en que tendremos que pintar el magnífico baile de trajes que se prepara en casa de los Duques de Fernán-Núñez."[27]

 

Los Fernán Núñez comenzaron a labrar su reputación como los grandes anfitriones del Madrid decimonónico desde el baile organizado por el II duque en febrero de 1854. Para ello, como recogieron las crónicas de sociedad, establecieron un protocolo festivo en palacio y fijaron un recorrido y unas actividades estándares que desarrollarían en la mayoría de sus fiestas, con la clara pretensión de exhibir la riqueza y pompa familiar. Así, previo al baile, distribuían las tarjetas de invitación cuyo tamaño y riqueza tipográfica variaba según la importancia de la celebración prevista (Fig. 3).[28]

 

A continuación, en el acto festivo en sí, habilitaron una ceremonia de recibimiento de los invitados que accedían al palacio por la entrada principal flanqueada por una doble hilera de lacayos que cuando había visita real portaban las cifras de la monarquía, luego entraban al vestíbulo en cuya escalera principal recibían los duques para, posteriormente, tras atravesar las estancias de las estatuas y de los retratos, llegar al salón de baile donde la orquesta daba el concierto. Finalmente, tenía lugar el buffet, siempre de carácter francés, en el conocido jardín de invierno o estufa a partir de las dos de la madrugada.[29] Con el transcurrir de los años la estructura general de este ceremonial apenas tuvo cambios significativos, si bien cada vez se fue haciendo más suntuoso y costoso. Hasta el punto de constatar que con los salones de los Fernán Núñez se llegó al cénit de la sociabilidad festejante madrileña de la segunda mitad de siglo.[30] lncluso, llevaron este mismo modelo cultural a Francia, de modo que en junio de 1881 el III duque trasladó la embajada española a su recién adquirido hotel del Quai d'Orsay, ya que la antigua sede no ofrecía el espacio y decoro suficiente:

 

"No es la casa de la Embajada de España digno albergue de los Duques de Fernán-Núñez; los salones de recepción son estrechos; los muebles son dignos de un notario retirado; no hay en la Embajada ni elegancia, ni grandeza, ni esplendor; el hotel apenas si es decoroso, y es de todo punto insuficiente si el Embajador de S. M. desea representar a España y al Rey como compete. Hubiérase dicho que los Duques de Fernán-Núñez, acostumbrados a su palacio de la calle Santa Isabel y a su castillo de Dave, hacian la otra noche los honores de una casa que no era suya. El nombre de Fernán-Núñez es hoy sinónimo de gusto, y en la Embajada nada hay que recuerde las aficiones artísticas del actual representante de España en Paris y de su digna esposa (Figs. 4-6)."[31]

 

Carnaval en palacio: los bailes de trajes históricos y las nuevas conductas culturales de la nobleza.

 

En la época isabelina, dentro del contexto lúdico de la capital destacó la modalidad de los bailes de trajes históricos, desarrollados con mayor frecuencia durante el carnaval. Los Fernán Núñez estuvieron entre los más prolíficos organizadores de este tipo de bailes durante dicha festividad y, en gran medida, buena parte de su fama a finales del XIX se debió a éstos.[32] Pero nuestro interés en el estudio de las citadas reuniones aristocráticas radica, fundamentalmente, en que permitieron la creación de una novedosa iconografía de las élites nobiliarias que, más allá de su función recreativa, habilitó estrategias de visibilidad de la imagen del poder muy alejadas de los mecanismos tradicionales, basadas en la fuerte influencia de la pintura de temática histórica presentada en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y en el fenómeno cultural de los cuadros vivos, inmortalizados por un novedoso mecanismo de reproductibilidad técnica de la imagen: la fotografía.

 

A partir de la década de 1860, los III duques de Fernán Núñez comenzaron a fijar las bases formales de sus bailes de trajes históricos, estableciendo nuevas fórmulas para la identificación y publicitación del poder nobiliario. La crónica de Faustina Sáez de Melgar al describir el famoso baile de 26 de abril de 1863 ofrece la posibilidad de apreciar algunos de los aspectos fundamentales de estas fiestas:

 

"Abandonemos los comedores para presenciar la entrada de la Reina, que se presentó vestida con un riquísimo traje de reina Esther, que llevaba con admirable propiedad, y en el que lucían artísticamente dispuestas innumerables Joyas de un valor inmenso, sobre todas la corona y un colosal broche de esmeraldas que llevaba en el pecho. SS. MM. fueron recibidas al pié de la escalera por los duques, que rodeados de toda su servidumbre, bajaron á rendir á su augusta Soberana un homenaje de amor y respeto.?Sentimos que la poca estension de nuestras columnas nos impida hacer una reseña de todos los trajes que lucieron, la Real familia, como las principales damas de nuestra aristocracia. Cuando los Reyes subieron y tomaron asiento en el salón, empezó á desfilar por delante de ellos una brillante comparsa que representaba la antigua corte de Castilla en tiempo de Isabel la Católica, fielmente reproducida por los importantes personajes que vestían los trajes de aquella época con una exactitud admirable."[33]

 

Por un lado, la vinculación de estos festejos con el nuevo sistema artístico fue muy destacada. En la mayoría de las ocasiones, los temas históricos tratados en dichos bailes remitieron a los asuntos más populares entre los representados en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Como es sabido, la creación de este sistema de exposiciones proporcionó carta de naturaleza al nacimiento del sistema artístico contemporáneo en España, dotando a los artistas y a sus mecenas de una mayor dimensión pública.[34] Así pues, dichas exposiciones comenzaron a celebrarse a partir de 1856 y aunque existieron diversas categorías temáticas, lo cierto es que los cuadros de historia polarizaron el protagonismo de las mismas, remitiendo a hechos y personajes destacados del pasado hispánico, iconografías que a la postre fueron utilizadas como instrumentos para afianzar el carácter nacionalista de la sociedad isabelina, contando entre sus mecenas más destacados a los miembros de las élites aristocráticas.[35] Por este motivo, no resulta extraño que durante la década de 1860, temas protagonistas en las mencionadas exposiciones como los Reyes Católicos, Juana la Loca, Carlos V o El Quijote constituyeran también los asuntos escogidos para los bailes de disfraces de los Fernán Núñez. Estas transferencias temáticas evidencian hasta qué punto el nuevo sistema artístico influyó en los aspectos culturales de los nobles. De este modo, los asistentes compitieron por vestir los trajes de época más fidedignos y lujosos inspirados en las pinturas de Eduardo Rosales o Francisco Pradilla,[36] y bajo los diseños de reconocidos modistos nacionales y extranjeros como Fernando Cambrils o Charles Frederick Worth (Fig. 7).[37]

 

Por otro lado, la práctica cultural de las representaciones de cuadros vivos y la distribución de estas imágenes mediante la fotografía permitió difundir la imagen festejante de la nobleza a un público más amplio. Estos tableaux vivants fueron muy populares en la segunda mitad del siglo XIX, representando acontecimientos de carácter histórico e interpretados por grupos de personas en un escenario acondicionado para tal representación.[38] Se trataba de un espectáculo donde tenían cabida la pintura como base iconográfica, pero también la historia, la literatura y la música, escenificándose principalmente en los salones reales y aristocráticos. En España, como ha señalado Ángeles Ezama Gil, este divertimento lo introdujo en la década de 1840 la VIII condesa consorte de Montijo, María Manuela KirkPatrick, a instancias de su amigo Prosper Mérimée, aunque sería Trinidad Scholtz Hermensdorff, marquesa de Belvis de las Navas y mujer del embajador de México, quien los popularizó a finales de la centuria.[39]

 

Los III duques de Fernán Núñez se encargaron de difundir esta práctica cultural en las fiestas organizadas en su palacio, dotándola de un protagonismo central dentro del ritual festivo.[40] Las distintas comparsas[41] posaban para los asistentes durante el baile y, posteriormente, ubicados en escenarios que con el paso de los años fueron más sofisticados gracias a los diseños de artistas académicos, inmortalizaban la escena mediante la fotografía (Fig. 8).[42]

 

Como es sabido, la fotografía interesó a los círculos aristocráticos desde su nacimiento en 1839, aunque fue la innovación de la carte de visite por parte del fotógrafo francés André Adolphe Disdéri en 1854, gracias a su reducido formato y al abaratamiento de sus costes, la que generó una nueva concepción del retrato aristocrático y un auge en su distribución, propiciando el coleccionismo de los retratos de celebridades y el nacimiento del álbum fotográfico.[43]

 

Entre las décadas de 1860 y 1880, los III duques de Fernán Núñez contrataron a los principales fotógrafos de la época tales como Ángel Alonso Martínez o Pedro Martínez de Hebert, sirviéndose de las tarjetas de visita confeccionadas por éstos para difundir los retratos de disfraces de sus fiestas, tanto individuales como de grupo.[44] Unos retratos pensados para ser distribuidos no sólo entre los círculos nobiliarios sino para llegar al máximo público posible, como lo demuestra su exhibición pública en los escaparates de la popular tienda de Schropp en abril de 1863:

 

"Los escaparates del comercio de Schropp llaman estos dias la atencion de los transeuntes por la calle de la Montera, por haberse colocado en ellos diversos retratos de las personas que concurrieron al baile de disfraces de los duques de Fernan-Nuñez. Entre estos retratos, que han de formar el album cuya publicacion se ha anunciado ya, figuran tambien algunos grupos de las distintas comparsas que asistieron á aquella fiesta, entre ellos el de los calabreses. Inútil será decir que los desocupados tienen con este motivo un pretesto para invadir la acera impidiendo el tránsito."[45]

 

Por tanto, estos retratos cumplían así con una de las funciones que ha establecido Carmen Cabrejas Almena para este género fotográfico: la construcción de una apariencia que visibilizara los valores identitarios del grupo nobiliario, exhibiendo su estatus gracias, fundamentalmente, a los personajes históricos que representaron y a la riqueza de los disfraces y joyas que portaron.[46] Pero, sobre todo, permitieron sustituir las identidades de sus portadores por otras que evocaban los valores de la tradición absolutista, tan ligada a las élites aristocráticas. Ejemplo de ello, en las fiestas de los Fernán Núñez, la reina Isabel II estableció paralelismos entre su persona y otras grandes reinas de la historia como Esther o Isabel la Católica, iconografías que perseguían el afianzamiento de la imagen del poder de Isabel II como heredera de tan destacados mitos, pese a su cada vez más debilitada influencia política.[47]

 

Sin embargo, a pesar de la innovación que supuso el retrato fotográfico y su influencia en la pintura coetánea, éste no fue considerado un género artístico en la España del siglo XIX. Por ello, la nobleza con el objetivo de legitimar la memoria de este tipo de festejos, siguió recurriendo los medios artísticos tradicionales, sobre todo, la pintura. Esta concepción se inserta dentro del debate generado en los círculos académicos españoles durante las décadas de 1860 y 1870 en torno a la función, estética y perdurabilidad de la fotografía. Así pues, en oposición al efecto democratizador que supuso la fotografía, surgieron muchas opiniones contrarias que juzgaron este medio como una burda mímesis de lo real, sin cualidades propiamente estéticas, siendo considerado desde sus inicios un instrumento de carácter científico, que gracias a una serie de procesos químicos permitía registrar y documentar la realidad.[48] Asimismo, como ha señalado Jesusa Vega, el motivo fundamental para negar la artisticidad de la fotografía en España, al contrario que en otros países europeos, fue que no contó ni con el apoyo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando ni con el patrocinio directo de la Corona, que prefirió recurrir a la pintura y a la miniatura para distribuir sus iconografías.[49]

 

Sin duda, estos argumentos estuvieron patentes en el entorno nobiliario. Muestra de ello, hacia 1860, la escritora Cecilia Böhl de Faber en carta al duque de Montpensier, Antonio María Felipe de Orleans,[50] le escribía sobre la imposibilidad de la fotografía para retratar convenientemente, ya que a su juicio “la fotografía es el palacio de la verdad, de la democracia; es decir, en el que por decir verdades se dicen desvergüenzas, pues, no solamente la semejanza (que ciertamente existe) no es exacta, sino que desfavorece el modelo”.[51] De este modo, lo que se cuestionaba no era la capacidad de la fotografía para registrar fielmente la realidad, hecho que ya estaba asumido, sino su imposibilidad para interpretar e idealizar al retratado, cualidad que se adscribía sólo a las artes tradicionales donde intervenía directamente la mano del artista.

 

Resulta especialmente interesante que este debate tuviera su reflejo práctico en la evocación artística de las fiestas de los III duques de Fernán Núñez. En ese sentido, al tiempo que se efectuaron las fotografías de los mencionados cuadros vivos, también encargaron retratos pictóricos de los citados tableaux vivants a artistas de la academia, siendo agregados éstos junto al resto de pinturas atesoradas por los nobles para la decoración de sus viviendas, al contrario de lo que sucedió con las tarjetas de visitas que no aparecen citadas entre los inventarios de bienes familiares porque, a nuestro juicio, no fueron considerados objetos artísticos. Así, lo ejemplifica la serie de retratos al óleo encargados por el duque de Montpensier al pintor Leopoldo Sánchez Díaz,[52] como recuerdo del baile de trajes organizado por los duques de Fernán Núñez en 1863, que exhibió en el gabinete árabe del Palacio de San Telmo en Sevilla.[53] Paradójicamente, Leopoldo Sánchez Díaz tomó como modelo las fotografías efectuadas por Ángel Alonso Martínez para confeccionar sus retratos, dotándolos de las cualidades artísticas que exigía la concepción estética de la época.[54] La serie se compuso de cuatro retratos individuales, el duque de Montpensier con traje de moro argelino, su esposa disfrazada de judía de Tánger y sus sobrinos, el conde de Eu y el duque de Alençon con trajes de albanés y griego, respectivamente. Por último, completaba este conjunto pictórico, un retrato de grupo donde los duques de Montpensier eran recibidos por los III duques de Fernán Núñez en su palacio madrileño, disfrazados estos últimos como el Gran Capitán y la última sultana de Granada, Moraima (Figs. 9-14).[55]

 

En esta misma línea, cabe destacar el encargo del III duque de Fernán Núñez al pintor sevillano Enrique Rumoroso Valdés. Lo singular de esta obra radicó en que se trató de miniar un repertorio de fotografías del famoso baile de trajes históricos organizado en abril de 1863, elaborando dos ejemplares de álbumes de piel con las iniciales de la casa ducal en la portada, uno dedicado a Isabel II y otro que sería guardado en el palacio, constituyendo así la interpretación pictórica del artista el instrumento que legitimaba dichas fotografías como obras de arte dignas de ser exhibidas en palacio:

 

"Todo aquello vivirá más, mucho más que nosotros, gracias al pincel de Rumoroso Valdés que por encargo del ilustre duque ha coleccionado tantas maravillas en un magnífico álbum dedicado á S. M, la Reina. Dos ejemplares se han hecho de esta obra: uno ha sido entregado á nuestra augusta soberana por el galante y poderoso magnate, autor de la idea; el otro ha ido á aumentar el número de preciosidades que figuran en las suntuosas estancias del palacio de Cervellon. Y allí quedará para que dentro de cincuenta ó cien años lo hojeen los curiosos que busquen en él una muestra de la hermosura y gracia de sus abuelas. Allí quedará como una colección de signos inanimados de glorias que murieron, de amores que pasaron; como el cadáver de una fiesta disecado por la vanidad de los dichosos". (Figs. 15 y 16) [56]

 

En conclusión, los fastos organizados por los Fernán Núñez constituyeron un buen ejemplo de las nuevas narrativas de memoria nobiliaria en la esfera pública que promovió la nobleza española en la segunda mitad del siglo XIX. Para ello, utilizaron la prensa como el principal instrumento de legitimación social, modelando así una imagen favorable a los intereses del grupo, donde nuevas prácticas culturales y artísticas como los bailes de trajes históricos, los tableaux vivants y la fotografía constituyeron también elementos fundamentales del nuevo capital simbólico construido por la nobleza en un momento de crisis de su relato legitimador tradicional ante el cambio de sistema ideológico, social y económico que se experimentó en la transición de modelo cultural al mundo contemporáneo.

 

 

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Notas

* Este estudio se ha realizado en el marco del proyecto Políticas en tránsito para la legitimación nobiliaria: memoria e historia en el coleccionismo y las escenografías domésticas de la nobleza española (1788-1931), HAR2015-66311-P del Ministerio de Economía y Competitividad, España.

[1] Los Salones de Madrid por Monte-Cristo con láminas fotográficas de Franzen y prólogo de Emilia Pardo Bazán, Madrid, El Álbum Nacional, 1898, p. 14.

[2] La bibliografía sobre la nobleza española de la segunda mitad del siglo XIX es abundante. Véase, entre otros, Ángel Bahamonde Magro, “Crisis de la nobleza de cuna y consolidación burguesa (1840-1880)”, en Ángel Bahamonde Magro y Luis Enrique Otero Carvajal (eds.), Madrid en la sociedad del siglo XIX. vol. 1, La ciudad y su entorno; Madrid centro de poder político; poder económico y elites locales, Madrid, Consejería de Cultura, 1986, pp. 325-375; Guillermo Gortázar, "La nobleza en Madrid en la época de la restauración", en Bahamonde Magro y Otero Carvajal (eds.), op. cit.,pp. 557-566; Ignacio Atienza Hernández y Rafael Mata Olmo, "La quiebra de la Casa de Osuna", Moneda y crédito, n° 176, 1986, pp. 71-95; Rafael Mata Olmo, "Ruina nobiliaria y enriquecimiento burgués. Nuevos datos sobre la quiebra de la Casa de Osuna", Revista Internacional de Sociología, n° 1, 1987, pp. 149-187; Gary Wray McDonogh, Las buenas familias de Barcelona. Historia social de poder en la era industrial, Barcelona, Ediciones Omega, 1989; Juan Carmona Pidal, Aristocracia terrateniente y cambio agrario en la España del siglo XIX. La Casa de Alcañices (1790-1910), Ávila, Junta de Castilla y León, 2001; Germán Rueda Hernanz, España, 1790-1900. Sociedad y condiciones económicas, Madrid, Istmo, 2006; Germán Rueda Hernanz (ed.), La nobleza española 1780-1930, Madrid, Ediciones 19, 2014; Fernando Sánchez Marroyo, Riqueza y familia en la nobleza española del siglo XIX, Madrid, Ediciones 19, 2014.

[3] José Antonio Vigara Zafra, "La embajada del VI conde de Fernán Núñez en Lisboa (1778-1787): un ejemplo de promoción social a través de la diplomacia", en Diana Carrió-Invernizzi (dir.), Embajadores culturales. Transferencias y lealtades de la diplomacia española de la edad moderna, Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2016, pp. 237-260.

[4] Para saber más sobre la colección artística de los Fernán Núñez, véase: José Antonio Vigara Zafra, Arte y cultura nobiliaria en la Casa de Fernán Núñez (1700-1850), Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 2015.

[5] El palacio de Cervellón entró a formar parte de las posesiones de los Fernán Núñez tras el enlace del VII conde de Cervellón, Felipe María Osorio de la Cueva con la II duquesa de Fernán Núñez, María Francisca de Asís Gutiérrez de los Ríos en 1821, trasladándose allí en agosto de 1823, véase: Archivo Histórico Nacional, Sección Nobleza (en adelante, AHN-SN), Fernán Núñez, C. 16, D. 7.

[6] María Águeda Castellano Huerta, "La casa palacio de Fernán Núñez", Castillos de España, n° 99, 1992, pp. 32-41; Luz Buelga Lastra, "Casa-mansión de los Duques de Alburquerque y de los Duques de Fernán-Núñez: Historia y evolución", Espacio, Tiempo y Forma, Serie VII, Historia del Arte, t. V, 1992; pp. 395-424; Luz Buelga Lastra, "Casa-mansión de los Duques de Alburquerque y de los Duques de Fernán-Núñez: Planta Noble", Espacio, Tiempo y Forma, Serie VII, Historia del Arte, t. VI, 1993, pp. 491-532; Martín Jos, Palacio de Fernán Núñez: retrato vivo, Madrid, Fundación de los Ferrocarriles Españoles, 1999; Paulino Martín Blanco, "El jardín central del Palacio de Fernán-Núñez", Anales de Historia del Arte, n° 13, 2003, pp. 235-256.

[7] Antonio Urquízar Herrera y José Antonio Vigara Zafra, "La nobleza española y Francia en el cambio de sistema artístico, 1700-1850", en Frédéric Jiméno Solé y Luis Sazatornil Ruiz (coords.), España entre París y Roma. Miradas cruzadas en una Europa de las Artes (1700-1900), París, Casa de Velázquez, 2014, pp. 257-274.

[8] Sobre los inicios del proceso de musealización de los entornos nobiliarios desde finales del XVIII, véase: Pierre Géal, La naissance des musées d’art en Espagne (XVIIIe-XIXe siècles), Madrid, Casa de Velázquez, 2005, pp. 83-93.

[9] La ilustración Española y Americana, n° VI, 15 de febrero de 1885, p. 83.

[10] Carlos Reyero Hermosilla, "El valor del precio. Tasación y compraventa de pinturas en el Madrid isabelino (1850-1868)", E-arts documents. Revista sobre col·leccions & col·leccionistes, 2009, p. 9.

[11] Oscar Vázquez, Inventing the Art Collection. Patrons, Market, and the State in Nineteenth-Century Spain, University Park, The Pennsylvania State University Press, 2001, pp. 159-185.

[12] Fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España (en adelante, FIPCE), Archivo Ruiz Vernacci, VN-01002 y VN-01004.

[13] El Salón de la Moda, n° 30, 1884, p. 29.

[14] Ángel Vegue y Goldoni, “La Sociedad Española de Excursiones visita el Palacio de Cervellón”, Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, vol. 27, n° 3, 1919, p. 172.

[15] Para una redefinición del grupo nobiliario en el contexto social y político de la segunda mitad del siglo XIX, véase: Juan Pro Ruiz, "Las élites de la España liberal: clases y redes en la definición del espacio social (1808-1931)", Historia Social, n° 21, 1995, pp. 47-60.

[16] La Discusión, n° 1017, 7 de febrero de 1872, p. 1.

[17] Emilio Bravo y Moltó y Vicente Sancho del Castillo, Recuerdo de un baile de trajes. Reseña del verificado la noche del 25 de febrero de 1884 en el palacio de los Excelentísimos Señores Duques de Fernán Núñez, Madrid, Imprenta y Estereotipia El Liberal, 1884, pp. 5-6.

[18] La ilustración Española y Americana, n° XXI, 8 de junio de 1887, p. 366.

[19] Clementina Díaz y de Ovando, Invitación al baile. Arte, espectáculo y rito en la sociedad mexicana (1825-1910), México, UNAM, 2006, vol. II, pp. 589-592.

[20] Cristina del Prado Higuera, “Madrid se divierte: los salones del siglo XIX”, Revista del Museo Roma?ntico, n° 2, 1999, pp. 13-22; María Aurelia Díez Huerga, "Salones, bailes y cafés: costumbres socio-musicales en el Madrid de la reina castiza (1833-1868)", Anuario Musical, n° 61, 2006, pp. 189-210.

[21] La España, 20 de enero de 1857, n° 2379. Véase también: Cristina del Prado Higuera, El Todo Madrid: La corte, la nobleza y sus espacios de sociabilidad en el siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria Española, 2013, pp. 112-113.

[22] Cristina del Prado Higuera, op. cit., pp. 31 y ss.; Cristina del Prado Higuera, "Los Salones de la nobleza española durante el reinado de Amadeo I", Aportes, n° 91, 2, 2016, pp. 27-56.

[23] Jean Louis Guereña, "La sociabilidad en la España contemporánea", en Isidro Sánchez Sánchez y Rafael Villena Espinosa (eds.), Sociabilidad fin de siglo: espacios asociativos en torno a 1898, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 1999, pp. 25-36.

[24] Antonio Urquízar Herrera y José Antonio Vigara Zafra, op. cit., pp. 268-274.

[25] Juan Valera, Correspondencia, Barcelona, Linkgua ediciones, 2007, p. 29.

[26] Ana María Freire López, Literatura y sociedad: Los teatros en casas particulares en el siglo XIX, Ciclo de conferencias Revolución y Restauración en Madrid (1868-1902), Madrid, Ayuntamiento de Madrid, 1996, pp. 5-31.

[27] El Contemporáneo, 14 Abril 1863, pp. 158-163.

[28] El Archivo Histórico Nacional de Toledo conserva una importante colección de las tarjetas de invitación de las fiestas de los duques de Fernán Núñez entre 1867 y 1885, véase: AHN-SN, Fernán Núñez, C. 1355, D. 12. Asimismo, hemos constatado que en determinadas fiestas llegaron a distribuirse más de dos mil tarjetas de invitación, así ocurrió en el baile benéfico organizado en febrero de 1864 para el auxilio de los pobres de la parroquia de San Lorenzo, véase: AHN-SN, Fernán Núñez, C. 517, D. 4.

[29] La España, n° 1809, 21 febrero de 1854.

[30] Sobre los presupuestos de las fiestas organizadas por los duques de Fernán Núñez durante la segunda mitad del siglo XIX, véase: AHN-SN, Fernán Núñez, C. 1635, D. 3; AHN-SN, Fernán Núñez, C. 2323, D. 4; AHN-SN, Fernán Núñez, C. 1732, D. 22 y 48.

[31] La ilustración Española y Americana, 15 de junio de 1882, n° XXII, p. 379.

[32] Juan Jiménez Mancha, "Carnaval: el baile de Fernán Núñez", La Aventura de la Historia, n° 76, febrero 2005, pp. 74-77.

[33] La Violeta, n° 31, 26 de abril de 1863, pp. 4-5.

[34] Jesús Gutiérrez Burón, "Exposiciones nacionales de Bellas Artes", Cuadernos de Arte español, n° 45, Madrid, Historia 16, 1992, p. 10.

[35] Bernardino Pantorba, Historia y crítica de las exposiciones nacionales de Bellas Artes celebradas en España, Madrid, Jesús Ramón García Rama, 1980, pp. 47-52; Carlos Reyero Hermosilla, La pintura de historia en España: esplendor de un género en el siglo XIX, Madrid, Cátedra, 1989; Carlos Reyero Hermosilla, "Los temas históricos en la pintura española del siglo XIX", en José Luis Díez García (ed.), La pintura de historia del siglo XIX en España, Madrid, Ministerio de Cultura-Museo del Prado, 1992, pp. 37-67; Jo Labanyi, "Horror, spectacle and nation-formation: Historical painting in late-nineteenth-century Spain", en Susan Larson y Eva Woods (eds.), Visualizing Spanish modernity, New York, Berg, 2005, pp. 64-80.

[36] En el baile de trajes organizado por los duques de Fernán Núñez en 1884, la marquesa de Molins imitó la vestimenta de Juana la Loca en el cuadro de Francisco Pradilla presentado en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1878, véase: Blanco y Negro, 27 de febrero de 1897, p. 9.

[37] El Salón de la Moda, n° 33, 1885, p. 53.

[38] Quentin Bajac, Tableaux vivants: fantaisies photographiques victoriennes (1840-1880), Paris, Éditions de la Réunion des Musées Nationaux, 1999.

[39] Ángeles Ezama Gil, "Arte y literatura en los salones femeninos del siglo XIX: El salón de Trinidad Scholtz. La moda de los cuadros vivos", en AA. VV., La Literatura Española del Siglo XIX y las artes, Barcelona, PPU2008, p. 115.

[40] La práctica cultural de los cuadros vivos gozó de gran éxito entre la nobleza, tanto es así que a comienzos del siglo XX tenemos constancia de la distribución de tarjetas en las fiestas de los Fernán Núñez donde se especificaba los temas a representar y los integrantes de los mismos, véase: AHN-SN, Fernán Núñez, C. 1732, D. 48-7.

[41] El Diccionario de Autoridades alude al término comparsa como acompañamiento de gente o familia para alguna función pública y solemne. Esta misma acepción fue utilizada en la prensa decimonónica para referirse a estos grupos de personas que posaban en los cuadros vivos, véase: La Ilustración Española y Americana, n° 10, 15 de marzo de 1884, p. 238.

[42] Fueron muchos los artistas que participaron en la organización de las fiestas aristocrática, quizás el caso más significativo fue el de José Moreno Carbonero que diseñó los atrezos y trajes para los cuadros vivos, véase: Virginia Tovar Martín y Cristóbal Martín Tovar, El Palacio Parcent, Madrid, Ministerio de Justicia, 2009, pp. 173-181.

[43] En la década de 1860 ya se había establecido el desarrollo de los retratos de celebridades como un género totalmente asentado, véase: Publio López Mondéjar, Historia de la fotografía en España, Madrid, Lunwerg, 1997, p. 37.

[44] En la actualidad, se conserva un amplio repertorio de retratos fotográficos de las fiestas de los III duques de Fernán Núñez en el álbum de los condes de Sobradiel, véase: José Antonio Hernández Latas, Primeros tiempos de la fotografía en Zaragoza. Formatos de Carte de Visite y Cabinet Card, Zaragoza, Cajalón, 2010, pp. 108-116.

[45] La Iberia, n° 2670, 22 de abril de 1863.

[46] María Carmen Cabrejas Almena, "El disfraz y la máscara en el retrato fotográfico del siglo XIX", en Congreso Internacional Imagen Apariencia, noviembre 19-21 de 2008, Murcia, Editum, 2009. Al respecto, véase también: Ana Llorente Villasevil, "El tejido histórico de la moda en tiempos de Isabel II", en XVII Congreso Español de Historia del Arte, Barcelona, 22-25 de septiembre 2008.

[47] Bernardo Riego, "Imágenes Fotográficas y estrategias de opinión pública: Los viajes de la Reina Isabel II por España (1858-1866)", Reales Sitios, n° 139, 1999, pp. 2-13; Carlos Reyero Hermosilla, "Pintar a Isabel II: en busca de una imagen para la reina", en Juan Sisinio Pérez Garzón (ed.), Isabel II: los espejos de la reina, Madrid, Marcial Pons, 2004, pp. 231-246; Carlos Reyero Hermosilla, Monarquía y Romanticismo. El hechizo de la imagen regia, 1829-1873, Madrid, Siglo XXI, 2015.

[48] Paul Louis Roubert, "1859, exposer la photographie", Études photographiques, n° 8, 2000; Bernardo Riego, La construcción social de la realidad a través de la fotografía y el grabado informativo en la España del siglo XIX, Santander, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cantabria, 2001, pp. 287-328; Jesusa Vega, "Ver, registrar, interpretar: técnicas gráficas para la reproducción de fotografía (1840-1880)", Imatge i Recerca. Jornades Antoni Varés. Girona, CRDI, 2006 Imatge i Recerca. 9es Jornades Antoni Varés. CRDI, Girona, 2006; Nuria Rius y Nuria Peist, "Lo fotográfico y el sistema mediador. Valores artísticos, técnicos y comerciales en los inicios de la fotografía", Espacio, Tiempo y Forma. Serie VII. Historia del Arte, Nueva Época, n° 1, 2013.

[49] Jesusa Vega, "Del espectáculo de la ciencia a la práctica artística cortesana: apuntes sobre la fortuna de la fotografía en España", Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, vol. LXVIII, julio-diciembre 2013, pp. 377-382.

[50] El duque de Montpensier fue uno de los más entusiastas defensores de la fotografía y mecenas de gran parte de los fotógrafos establecidos en Sevilla en las décadas de 1850 y 1860. Asimismo, participó del debate estético generado en torno a este novedoso medio de reproductibilidad técnica, véase: Antonio Ferraz Martínez, "Fernán Caballero y el daguerrotipo (De historia de la fotografía y de estética)", en José Carlos Torre Martínez y Cecilia García Antón (coords.), Estudios de literatura de los siglos XIX y XX. Homenaje a Juan María Díez Taboada, pp. 226-235; Luis Méndez Rodríguez, La imagen de Andalucía en el arte del siglo XIX, Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2008, pp. 140-152.

[51] Obras Completas de Fernán Caballero. Epistolario, XIV, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1912, pp. 210-211.

[52] Manuel Ossorio Bernard, Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX, Madrid, Giner, 1975, pp. 622-623; Silvia Arbaiza Blanco-Soler y Ascensión Ciruelos Gonzalo, "El legado Sánchez del Bierzo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando", Academia, n° 71, 1990, pp. 297-342; Fermín López Costero, "El pintor Leopoldo Sánchez Díaz (1830-1901). Profesor de la Academia Provincial de Bellas Artes de La Coruña", Abrente, n° 42-43, 2010-2011, pp. 303-332.

[53] Catálogo de los cuadros y esculturas pertenecientes a la galería de S. S. A. A. R. R. los Serenísimos Infantes de España, Duques de Montpensier, Sevilla, Francisco Álvarez, 1866, pp. 92-93; María de las Nieves Concepción Álvarez Moro, "La formación de las colecciones textiles del Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla", en AA. VV., La moda en el XIX. Catálogo de la Exposición del Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla, Sevilla, Junta de Andalucía, 2008, pp. 58-61.

[54] La Universidad de Navarra conserva los ejemplares de las tarjetas de visita hechas por Ángel Alonso Martínez en 1863 como recuerdo del baile de trajes históricos de los duques de Fernán Núñez, véase: Fondo Fotográfico de la Universidad de Navarra, UNAV20090011564, UNAV20090010758 y UNAV20090010680.

[55] En la actualidad, la serie de retratos individuales de los duques de Montpensier y sus sobrinos que pertenecieron a la colección del Marqués de la Parada, junto a la indumentaria que llevaron al baile de los Fernán Núñez en 1863, se conserva en el Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla: retrato del duque de Montpensier DE01361, retrato de la duquesa de Montpensier DE01361, retrato del conde de Eu DE01359 y retrato del duque de Alençon DE01358.

[56] El Salón de la Moda, n° 33, 1885, p. 53.

 

 

Recibido: 5 de abril de 2017

Aceptado: 9 de octubre de 2017

 

 


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El autor

Doctor en Historia del Arte y profesor del Departamento de Historia del Arte de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), Madrid. Ha realizado estancias de investigación en el Centre de Recherches Historiques de l'École des Hautes Études en Sciences Sociales de París en 2009 y 2010 bajo la supervisión de Bernard Vincent.

 

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