Caiana Revista académica de investigación en Arte y cultura visual

Caiana Nro6

Juan Sebastián Malecki


De la Córdoba de las campanas a la Córdoba de las avenidas. Transformaciones urbanas y nuevos imaginarios urbanos en Córdoba, 1947-1975

Descargar Versión PDF

Presentación

 

Son bien conocidas las diversas imágenes de Córdoba que se construyeron entre los siglos XIX y XX, como la Córdoba “monacal” de Domingo Faustino Sarmiento, la “ciudad bifronte” de Raúl Orgaz o la “ciudad de fronteras” de José María Aricó. Como ha señalado Ana Clarisa Agüero,[1] esas imágenes no sólo respondían a los modos en que la ciudad se miraba a sí misma o cómo la veían desde afuera, sino que también reflejaban el peso relativo de la ciudad en una geografía cultural en el que las élites locales, conscientes de la paulatina pérdida de la centralidad lograda durante la colonia, buscaban disputar la hegemonía que Buenos Aires había obtenido en el proceso de consolidación del Estado nacional. Si en la construcción de esas imágenes Córdoba representaba el polo tradicional -como en Sarmiento- o el espacio de confrontación entre tradición y modernidad -como en la tradición reformista-, en el presente trabajo nos proponemos indagar sobre un conjunto de imágenes creadas entre los sesenta y setenta que, si bien dialogaban con esas representaciones, incorporaban nuevos sentidos a la tensión entre tradición y modernidad a la par que generaban una nueva imagen de una Córdoba moderna y dinámica. Pero además, mientras que aquellas imágenes eran formuladas por destacados intelectuales, las imágenes que nos proponemos analizar nos sitúan en un ámbito disciplinar muy específico: el de la arquitectura. Esto nos permitirá dar cuenta de las contribuciones de la cultura arquitectónica a procesos culturales más amplios que incidieron en las formas de ver y entender a la ciudad y sus procesos.

 

En tal sentido, el título de este trabajo remite a una nota aparecida en la revista Jerónimo en los tempranos setenta en la que se condensa, en buena medida, el recorrido que quisiéramos proponer. Así si, como señala Anahí Ballent,[2] el peronismo en Buenos Aires vino a completar y ampliar el ciclo de “modernización urbana” abierto en los treinta, en Córdoba, por el contrario, significó la apertura de un ciclo de transformaciones que se prolongó hasta mediados de los setenta. En su ensayo de reconfiguración estatal, el peronismo en la ciudad impulsó una serie de emprendimiento y proyectos que tuvieron un decidido impacto, siendo el más relevante el Plan Regulador, al que fue convocado en 1954 el italiano Ernesto La Padula, quien ya había logrado una rápida inserción en diversos ámbitos estatales desde su llegada en 1949. Para mediados de los cincuenta, las evidencias de un rápido crecimiento urbano eran palpables y la instalación de las automotrices IKA y Fiat no hicieron más que acentuar esa tendencia. La transformación de la ciudad no sólo se evidenciaba en la proliferación de barriadas obreras en la periferia, sino también en el surgimiento de numerosos edificios en el centro. De tal forma, en unos pocos años su panorama se vio fuertemente modificado. Allí donde anteriormente se observaba una ciudad en la que sobresalían cúpulas de iglesias y campanarios, ahora novedosos edificios “modernos” las ocultaban.

 

Justamente, ese pasaje de las “campanas” a las “avenidas” nos permitirá analizar los aportes de la cultura arquitectónica a las formas de entender y percibir los procesos de transformación urbana. En tal sentido, si la ciudad ha sido el imposible objeto de la arquitectura, según Mario Gandelsonas,[3] es porque en torno a ella se construyeron determinadas fantasías urbanas que, aunque no existieran en la realidad o no pudiesen realizarse literalmente, dieron forma a figuraciones urbanas que tuvieron una amplia repercusión. De tal forma, desde la cultura arquitectónica no sólo se intervino en la construcción material de la ciudad, sino que también se proveyó de algunos de los elementos con los que se conformaron los imaginarios que le dieron sentido. Imaginarios e imágenes que en un primer momento fueron realizadas en sede arquitectónica y tuvieron una circulación restringida a los ambientes disciplinares, pero que al poco tiempo encontraron públicos más amplios y menos específicos que las dotaron de sentidos más generales.[4] En tal sentido, ¿cómo fueron percibidas las transformaciones materiales de la ciudad? ¿Qué nuevas imágenes dieron a lugar? ¿Sobre qué tensiones se construyeron esas nuevas imágenes? ¿Cómo se articulaba en ellas la relación entre tradición y modernidad, entre lo nuevo y lo viejo?

 

La hipótesis que quisiéramos proponer es que en el ciclo propuesto, la ciudad, a la vez que evidenciaba una nueva dinámica de tensión entre el centro y la periferia, cambiaba rápidamente su fisonomía: en los diez años que fueron desde mediados de los cincuenta a mediados de los sesenta, la ciudad trastocó su imagen de iglesias y casas bajas por un conjunto cada vez más denso de edificios en altura, industrias y obreros. En este contexto, el aporte más original de La Padula a la creación de una nueva imagen de Córdoba fue el de haber acercado una mirada particular sobre el legado arquitectónico que permitió incorporarlo, en tanto “patrimonio”, como un elemento fundamental del proceso de modernización urbana que permitió generar una nueva sensibilidad respecto a la relación entre lo nuevo y lo viejo. A su vez, acusando parte de aquel impacto modernizador, en los tempranos sesenta la revista Gazetika -emprendimiento cultural de la automotriz IKA- ponía en circulación la imagen de una nueva Córdoba “moderna” en la que sobrevivían vestigios de lo “tradicional” junto al ímpetu de lo “nuevo”. Hacia principios de la década siguiente, al tiempo que la ciudad reducía su tasa de crecimiento y el ciclo de crecimiento industrial parecía llegar a su fin, la imagen de una Córdoba metropolitana encontraba su estabilización en la revista Jerónimo.

 

El proceso de metropolización en Córdoba

 

Entre 1947 y 1970, para tomar dos fechas censales, Córdoba vivió uno de sus ciclos de crecimiento y expansión urbana más importantes de su historia. En esos casi treinta años una misma generación pudo ver ante sus propios ojos como la ciudad pasaba de ser una “tranquila capital provinciana” a una “dinámica y moderna ciudad industrial”. Desde mediados de los cincuenta, la instalación de fábricas automotrices y metalmecánicas supuso un novedoso impulso a un crecimiento industrial que aceleró la transformación de la estructura económica y social de la ciudad y muy particularmente afectó a su estructura industrial: entre 1946 y 1961 la ocupación industrial creció un 168,1%,[5] periodo en el cual el sector de maquinarias y vehículos desplazó de la primera posición en la economía cordobesa al de alimentos, bebidas y tabaco que ocupaba desde 1914.[6] A su vez, si desglosamos el empleo por sectores, vemos que en ese lapso los trabajadores de las industrias mecánicas pasaron de representar el 25,8% en 1946 al 65,8% en 1964.[7]Como señala James Brennan, “las industrias mecánicas eran literalmente las locomotoras del crecimiento industrial de esos años, y transformaron una somnolienta ciudad provincial en una metrópolis industrial en menos de dos décadas”.[8]

 

A su vez, este crecimiento industrial vino a consolidar el proceso de incremento poblacional que había comenzado hacia fines de los cuarenta. Córdoba fue por entonces una de las ciudades argentinas con mayor crecimiento: su población se duplicó, pasando de 386.000 habitantes en 1947 a casi 800.000 en 1970. Este crecimiento demográfico significó, además, un cambio en la estructura social que, con ciertas reservas, podría catalogarse de “metropolización” y que afectó, también, al resto de la provincia: mientras en 1947 todavía el 70% de la población era rural, el crecimiento de la ciudad llevó a invertir las cifras para 1970.[9] Más aún, con un crecimiento anual del 31,5% en el periodo 1947-1960, Córdoba superaba al de Rosario (19,1%) y prácticamente equiparaba al del Gran Buenos Aires (35.4 %) y era mayor a ambos en el periodo 1960-1970 (30,9% contra 16,8% y 21,7%, respectivamente).[10] Ahora bien, este crecimiento fue el resultado de un importante flujo migratorio a la ciudad, que provino principalmente del interior provincial -que se mantuvo cercano al 50% del total, aunque con notables variaciones-, seguido por la Provincia y la Ciudad de Buenos Aires, el Litoral y el Noroeste.[11]

 

A las transformaciones operadas en el ámbito económico y social, debemos agregarle el propio proceso de urbanización. En tal sentido, desde los cincuenta Córdoba fue consolidando sus áreas intermedias y, a partir de los sesenta, vivió un crecimiento exponencial de sus áreas periféricas, donde se asentaron en forma mayoritaria, además, las nuevas industrias automotrices.

 

Un mapa elaborado por Ferrero nos permite apreciar que las industrias instaladas entre 1946 y 1955 se ubicaron preferentemente en el sector este, mientras que la mayoría de las industrias instaladas desde 1955 se realizaron en la zona sur, con una predominancia del tipo metales, vehículos y maquinarias. Se destacan dos corredores bien definidos: el de la Av. Sabattini, que atraviesa los barrios de Empalme, Ferreyra y Avellaneda, en donde se asentó Fiat, y el de Av. Vélez Sarsfield y Av. Armada Argentina, que llega hasta los barrios de Santa Isabel y Villa el Libertador, en donde se ubicó IKA.[12]

 

Además, una serie de números permiten dar cuenta de la magnitud y las características del proceso de urbanización. De las 126.385 viviendas existentes en 1960, el 43% se habían construido entre 1947 y 1960. Al desglosar los números, podemos ver que mientras en 1947 el “casco céntrico” y los “barrios tradicionales” albergaban el 48,4% de las viviendas, las zonas intermedias y periféricas (que incluyen la “expansión tradicional” y “barrios en formación” en la periferia) tenían el 36,7%. Para 1960, la proporción se había invertido: en la zona tradicional de la ciudad se encontraba el 35,5% de las viviendas, mientras que en los nuevos barrios se ubicaba el 47,9%. En términos absolutos el crecimiento es aún más significativo: si en 1947 se contaba con 40.525 viviendas en el área céntrica y 30.784 en las áreas en expansión, en 1960 éstas habían duplicado su número al contabilizar 60.604 viviendas, mientras que las primeras apenas habían llegado a 44.809 (Fig. 1). Es decir, prácticamente todas las nuevas casas se construyeron por fuera del núcleo tradicional de la ciudad. Además, si miramos los números sobre habitantes por vivienda y la calidad de éstas, podremos apreciar algunas cualidades de este proceso. Así, el número de habitantes por vivienda se mantuvo prácticamente estable, pasando de 4,62 en 1947 a 4,66 en 1960, siendo superior al promedio del país (4,29) pero inferior al de Capital Federal (5,13) o Salta (5,22). Sin embargo, la cantidad de habitantes por cuartos (“hacinamiento habitacional”) bajó considerablemente, pasando de 1,83 en 1947 a 1,36 en 1960, mientras el promedio del país y de Capital Federal era de 1,46. Respecto a la calidad de las viviendas, el 86% de los metros cuadrados construidos en el periodo correspondería a viviendas de una calidad “media”, que poseerían las dependencias y los servicios básicos para una familia tipo, mientras que un 10,9% sería de viviendas de lujo y tan sólo un 2,6% viviendas precarias.[13]

 

Según señalaba Colomé en 1967, fue en el centro de la ciudad donde los cambios parecieron más significativos y evidentes. Sin embargo, es difícil cuantificar, sin un estudio específico, la cantidad de edificios que fueron construidos por arquitectos e ingenieros, la mayoría de ellos anónimos profesionales. Es de suponer que al igual que en Buenos Aires, con la sanción de Ley 13.512 de Propiedad Horizontal en 1948, se produjo un importante impulso a la construcción de edificios de departamentos. A pesar de que los números disponibles no nos permiten hacer un análisis detallado, es posible señalar alguna tendencia. En tal sentido, el “casco céntrico” fue la única área de la ciudad que registró una disminución en la cantidad de viviendas, pero sufrió un proceso parcial de renovación urbana con un 17% de viviendas demolidas, lo que permitió que para 1960 el centro contara con un 46,4% de viviendas tipo departamento.[14] Las transformaciones en la zona céntrica no sólo incluyeron una renovación urbana parcial, sino también un ordenamiento vial que consistió, principalmente, en el ensanche de algunas avenidas, como la Av. Chacabuco-Maipú, implicando la demolición entre 1965 y 1970 de una franja de edificios en más de seis manzanas plenamente consolidadas, así como la eliminación de antiguos bulevares (24 de Septiembre) y la apertura y/o ensanche de algunos puentes sobre el río (Puente Sarmiento, Avellaneda).

 

Como indicamos al principio, en este ciclo de transformaciones que hemos desglosado esquemáticamente, el peronismo tuvo un papel central no sólo por las políticas nacionales que permitieron la llegada de las automotrices, sino también de una serie de emprendimientos urbano arquitectónicos de alto impacto en la ciudad. Si bien no podemos detenernos en ellos, habría que indicar que el más importante fue el Plan Regulador confeccionado por La Padula entre 1954 y 1958 en el marco dado por el segundo Plan Quinquenal de 1952, que sentó las bases sobre las que se pensaron las políticas urbanas en Córdoba hasta mediados de los setenta. La Padula era un reconocido arquitecto italiano -autor, entre otros edificios, del “Palazzo de la Civilità Italiana” de la Exposición Universal de Roma de 1942, una de las mayores apuestas arquitectónicas del régimen fascista- cuando fue contratado en 1948 por Ángel Lo Celso, por recomendación de Marcello Piacentini, para que se incorporara al proyecto de “Ciudad Universitaria Presidente Perón” impulsada por el Rector Miguel Urrutia.[15] Si bien el proyecto no prosperó, La Padula no tuvo problemas en integrarse a la entonces Escuela de Arquitectura y a diversos organismos públicos, como el Ministerio de Obras Públicas y la Municipalidad de Córdoba. Además del mencionado Plan Regulador, La Padula tuvo una importante participación en el concurso para el Palacio Municipal de 1953 -cuyo proyecto ganador del equipo SEPRA, con claras reminiscencias a la Unité d’ habitation de Le Corbusier, despertó la preocupación de algunos sectores conservadores que salieron en defensa del tradicional Paseo Sobremonte, contiguo al nuevo edificio-, confeccionando, además, los pliegos del concurso para el proyecto de “Sistematización Urbano Edilicia del Centro Administrativo de Córdoba” en 1955.

 

Si la actuación de La Padula en los distintos emprendimientos urbanos que indicamos implicó un decidido apoyo a propuestas que se encuadraban dentro de la arquitectura moderna, también hay que señalar que gracias a sus gestiones, en parte, se dio inicio a una importante recuperación del legado colonial arquitectónico en la ciudad. De esta forma, La Padula traía a Córdoba la particular articulación italiana entre modernismo arquitectónico y preservación arquitectónica, posicionando a la ciudad como una de las primeras del país en promulgar normativas edilicias específicas para la preservación del patrimonio arquitectónico y su entorno, mientras en Buenos Aires recién se aplicó una normativa similar en los años setenta. Con esta iniciativa, además, La Padula sustraía la problemática del patrimonio del ámbito de los debates historiográficos en los que se había movido hasta entonces, para colocarla en los desarrollos disciplinares de la arquitectura, que tuvieron desde la década del setenta un impulso importante.

 

Tradición y modernidad en clave arquitectónica

 

Con la sanción de la ley 12.665 en 1940, se creó la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos, a cuya cabeza quedó uno de los exponentes de la “nueva escuela histórica”, Ricardo Levene. Durante una primera etapa, en estrecha afinidad con la Academia Nacional de Historia, los criterios de la Comisión estuvieron ligados a los acontecimientos clasificados de excepcionales y se consideraba como monumento sólo al ámbito físico de valor histórico o arqueológico.[16] Las primeras declaraciones de monumento histórico por parte de la Comisión recayeron principalmente en Córdoba, Salta y Jujuy, incluyendo, en la ciudad mediterránea, a la Catedral, el Cabildo, la Iglesia y el Convento de Santa Teresa, la Casa del Marqués de Sobremonte, entre otros. Estas iniciativas deben enmarcarse, en el contexto específico de Córdoba, en la configuración de un área de estudios coloniales que venía consolidándose desde, por lo menos, la década del diez, en un intento de la élite local -como lo ha señalado Ana Clarisa Agüero- por reconfigurar el lugar de Córdoba dentro de una geografía cultural dominada por Buenos Aires. Dichos estudios fueron llevados adelante por un conjunto heterogéneo de historiadores, coleccionistas, editores y arquitectos que dieron lugar a un nutrido conjunto de iniciativas -desde los relevamientos de la arquitectura colonial de Johannes Kronfuss, el proyecto universitario de la Biblioteca del Tercer Centenario y los trabajos de Ramón Cárcano a la creación provincial del Taller de Tapices y Encajes Coloniales- que tuvieron como resultado una reconsideración del pasado colonial. “En efecto, lo decisivo de ese conjunto de ‘retornos coloniales’ fue el haber expuesto el pasado colonial menos como materia de juicio (el cual podía, eventualmente, ser aplazado) que como marca de una especificidad urbana recuperable y distintiva”.[17]

 

A pesar de lo expuesto, hasta las gestiones de La Padula dichos monumentos no habían tenido un cuidado especial, más allá de alguna obra de preservación, como en la Casa del Marqués de Sobremonte. En 1953 comenzaron una serie de disposiciones y trabajos que buscaron poner en valor el “centro histórico” de Córdoba, en los cuales La Padula tuvo un rol central. Si bien su concepción sobre el patrimonio todavía estaba atada a la idea del edificio como “monumento”, es importante notar la introducción novedosa de una mirada sobre el “entorno urbano” que era deudora de las enseñanzas del italiano Gustavo Giovannoni, con quien La Padula se había formado en la Universidad de Roma. Una de las voces más autorizadas en el campo de la historia de la arquitectura italiana, Giovannoni fue, además, una figura central en el complejo sistema de enseñanza de la arquitectura[18] y ocupó un rol destacado en los principales proyectos de intervención de los centros históricos de Italia durante los veinte y los treinta.[19] Según ha señalado Françoise Choay, Giovannoni fue el primero en usar el término “patrimonio urbano” para indicar el elemento específico de “una doctrina original de urbanización”, que otorgaba “simultáneamente a los conjuntos urbanos un valor de uso y un valor museal, integrándolos en una concepción general de la ordenación territorial”.[20] En Vecchie città ed edilizia nuova de 1931, sentó las bases de su aporte, en el que acuñó la metáfora con la que se conoció su teoría: el diridamento, que remite al despeje de bosques o de siembras densas para designar “la operación que sirve para eliminar todas las construcciones parásitas, agregadas o superfluas”.[21] Los trabajos emprendidos sobre la Catedral de Córdoba dan cuenta de una aplicación, aunque sea parcial, de la teoría de Giovannoni. Conviene recordar que hasta ese momento, la Catedral estaba rodeada de viejos edificios que habían cumplido diversas funciones pero que no eran parte del edificio original. De tal forma, la preocupación de La Padula fue “despejar” a la iglesia de aquello que no le correspondía, además de darle un adecuado “entorno urbano” que no sólo incluía sus alrededores inmediatos sino lo que era considerado el área histórica (Figs. 2 y 3).[22]

 

En noviembre de 1953 el Intendente Martín Federico (1951-1954) mandó a la Cámara de Diputados un proyecto de ordenanza en el que se declaraba de interés público y sujeto a expropiación a los inmuebles comprendidos entre las calles Independencia, 27 de Abril, Obispo Trejo y Cuzco, moción que fue apoyada por peronistas y radicales, en tanto ambos compartían la apreciación del diputado Fox: “el centro mismo de la ciudad, su propio corazón, sufrirá una transformación que le dará una hermosa fisonomía colonial, enmarcando, para destacar ese cuadro, el Cabildo y la Iglesia de Santa Catalina”.[23] Promulgada la Ordenanza, la Municipalidad quedaba encargada de realizar una reestructuración edilicia de la manzana, para que quede “como espacio libre, conteniendo, exclusivamente, el edificio de la catedral”.[24] En julio del año siguiente se creó una “Comisión Honoraria de Asesoramiento para la Sistematización y Restauración de la Manzana de la Catedral”, compuesta, entre otros, por La Padula.[25] Al mismo tiempo se aprobaba una primera reglamentación que regulaba la altura de los edificios que daban a la Plaza San Martín y sobre la Av. 27 de Abril, dejando librado a una aprobación municipal posterior el estilo arquitectónico.[26] La ordenanza más importante fue la que establecía las líneas de edificación en las calle Deán Funes, Av. Vélez Sarsfield, Plaza San Martín, 27 de Abril, Obispo Trejo e Independencia, así como las alturas máximas.[27] Finalmente, el convenio de expropiación entre el Arzobispado y la Municipalidad fue refrendado por la Cámara de Diputados el 31 de agosto de 1954.[28]

Este impulso inicial de La Padula fue completado durante los sesenta, particularmente bajo la gestión municipal de Rafael Rodríguez Brizuela (1967-1969), un profesor de historia de la arquitectura que había sido desplazado de su cargo durante la “Revolución Libertadora” por su afiliación peronista. Rodríguez Brizuela designó al italiano Enrico Tedeschi al frente de la Oficina de Planeamiento, desde donde propuso la sanción de la Ordenanza 5.294 que completaba y extendía a un área mayor del centro la reglamentación que había propuesto La Padula, pero no innovaba en su perspectiva. Tedeschi había sido hasta 1964, además, presidente del Instituto Interuniversitario de Historia de la Arquitectura,[29] una de cuyas actividades fue el relevamiento de la Iglesia y el Convento de las Carmelitas Descalzas.

 

Pero más allá del debate disciplinar, que aquí no hemos podido más que reseñar brevemente, nos interesa destacar el aporte que estas iniciativas realizaron en la conformación de un nuevo imaginario urbano en Córdoba, en un doble aspecto. Por un lado, gracias a estas propuestas se logró una intervención en la ciudad material, en la cual la “supervivencia” del pasado se concibió como parte complementaria, y necesaria, del proceso de modernización de la estructura urbana. Por otro lado, el “rescate” y la puesta en valor de ese pasado dieron forma a una serie de imágenes -que analizaremos más adelante- en las que podríamos reconocer una suerte de “dialéctica en suspenso” entre pasado y presente, entre “tradición” y “modernidad”.

 

“De la Córdoba de las campanas a la Córdoba de las avenidas”

 

En este apartado quisiéramos dar cuenta de algunas de las formas en que fueron percibidas las transformaciones urbanas que describimos anteriormente. Para ello recurriremos a un conjunto heterogéneo de fuentes que nos permitan mostrar el cambio en la fisonomía urbana que dio lugar, además, a una nueva imagen de la ciudad. La hipótesis que queremos sostener es que si en 1948 Córdoba era todavía mayoritariamente una ciudad de techos bajos y cúpulas de iglesias, en el decenio que fue de mediados de los cincuenta a mediados de los sesenta la ciudad, al tiempo que se expandía en su periferia, se “levantaba en altura” transformando su paisaje. Un nuevo panorama que, para mediados de los setenta, ya estaba consolidado.

 

Adelantándose en unos años a la difusión de la imagen de una ciudad “moderna” que iba a cobrar fuerza recién en los sesenta, en una fecha temprana como 1949, la revista filo-peronista de Buenos Aires Continente, en un número dedicado a Córdoba, podía decir de quien llegara a la ciudad mediterránea por el Ferrocarril Central Argentino que lo que “llama la atención del viajero, en primer término, es la multiplicidad de las cúpulas y de los edificios modernos. Córdoba era antes (…) la ciudad de las iglesias y los conventos. Los edificios religiosos -monasterios, templos- eran los que daban su fisonomía a la ciudad. Su perfil, sobre el cielo, se recortaba con el dibujo de los hermosos campanarios y las pesadas y sugestivas cúpulas (…). Pero hoy esas cúpulas y esos campanarios alternan con el acento de modernidad de los altos edificios de cemento armado”.[30] Si en esta descripción las iglesias todavía alternaban con los edificios que comenzaban a levantarse, lo cierto es que la imagen que evocaba cobraría toda su fuerza recién unos diez años después cuando las primeras quedaron prácticamente ocultas entre los segundos. La comparación de dos fotos aéreas, una tomada en 1927 y la otra en 1962, permiten observar la magnitud de los cambios ocurridos no sólo en la extensión de la ciudad, sino también en la proliferación de edificaciones en altura (Figs. 4 y 5).

 

Así, por ejemplo, Gacetika -la revista de divulgación interna que apadrinó IKA y que sirvió de vehículo de divulgación de las diversas políticas culturales de la empresa que iban desde la enseñanza técnica a la gestión de las Bienales Americanas de Arte-,[31] publicó en diciembre de 1962 un artículo en la que se realizaba una operación de alto valor simbólico: la mirada del lector se posaba sobre dos imágenes que llevaban el contraste entre la “vieja” y la “nueva” Córdoba al extremo (imagen 6). La primera era el famoso paisaje pintado en 1885 por el italiano Honorio Mossi Córdoba en el año 1895, que representaba una panorámica de la ciudad desde las barrancas norte, en la que se podía ver la hondonada en que se asentaba la ciudad y su extensión, dominada por campanarios, cúpulas de iglesias y algunas chimeneas de fábrica. La segunda era una fotografía tomada en el mismo lugar, en el que era difícil reconocer la fisonomía urbana anterior.[32] Aquí, el panorama está poblado de edificios que se levantan en altura, haciendo imposible ya identificar iglesias y campanarios. Cinco años después, Reinaldo Colomé podía afirmar que el “Casco Céntrico” es la zona “que hoy día ofrece la imagen moderna de Córdoba, es decir, aquella en la cual el cambio se nota en mayor medida y da a Córdoba la sensación de una gran ciudad”.[33]

 

Si hacemos una rápida lectura de las notas de Gacetika veremos que muestran un conjunto de temas que excedían ampliamente los referidos a la “comunidad IKA” que, sumado a la colaboración de diversas personas externas a la fábrica -entre ellos varios arquitectos-, permiten pensar a la revista como un buen exponente de cómo eran percibidos los cambios urbanos de Córdoba. Pero al mismo tiempo, por el papel central que IKA tenía como promotor cultural en la ciudad, es indicativo de cómo se operó en la construcción de una nueva imagen de una Córdoba moderna y dinámica. Sin embargo, dicha imagen se montó, asimismo, sobre el contraste con el pasado de la ciudad, como una forma de hacer evidente la aceleración de los tiempos históricos que la “modernización” traía consigo. Pero ese contraste tenía el sentido de otorgarle a ese pasado un valor presente. En “La arquitectura en Córdoba”, artículo escrito por Raúl Halac, Noemí Goytía, Nilda de Silvestre y Rodolfo Gallardo -jóvenes integrantes del Instituto Interuniversitario de Historia de la Arquitectura- para la revista Gacetika se sostenía que “la ciudad colonial, sus calles y su gente, su fisonomía y su silueta; todo esto ya no existe, ha sido transformado por el inevitable paso del tiempo y de la vida”.[34] Además de trazar una breve historia de la arquitectura de Córdoba -de hecho, la primera realizada sobre la ciudad-, terminaba con una potente imagen que evocaba la supervivencia de tiempos históricos -es decir de los tiempos que se sobreviven a sí mismos-,[35] en la que a un edificio “modernista” de líneas rectas de fondo se le superponía el balcón derruido de una esquina de arquitectura italianizante, apareciendo en primer plano unas rejas de estilo colonial (Figs. 7). El epígrafe que acompañaba esta fotografía indicaba: “y así, uno comprueba cómo la vieja ciudad se ha enriquecido y cómo pueden convivir, sin excluirse, sin anularse, todas las épocas de la arquitectura, conformando poco a poco el expresivo rostro de una ciudad”. En esta imagen, que con distintas modulaciones se encuentra en otras publicaciones, es posible reconocer una “dialéctica de la mirada” -para usar una expresión benjaminiana- en la que operaba un principio de “montaje” temporal donde el presente implicaba una suerte de “dialéctica en suspenso”, una oposición sin síntesis, entre pasado y futuro.

 

Si en la mirada de los arquitectos la “ruina” hacía emerger al pasado como valor de “patrimonio” -en donde podemos reconocer, además, la impronta de La Padula y Tedeschi-, la presencia del edificio del fondo como punto de fuga hacia un “tiempo nuevo” cifraba en la estética de la arquitectura moderna la expresión de su tiempo. Por supuesto que en esto no hay nada novedoso, en un momento en que la propia arquitectura moderna se convertía en la estética internacional indiscutida. Lo interesante, por el contrario, es la tensión irresuelta, el contrapunto que se establece para dar cuenta de una nueva situación histórica, que sus contemporáneos encontraban en los “edificios de hormigón armado” el registro preciso de esas transformaciones. Más aún, esta fotografía adquiere un sentido más preciso, al agregar una imagen visual a una imagen del pensamiento, si la inscribimos en la larga tradición que, desde los reformistas del 18 a José María Aricó, situaban en la disputa entre tradición y modernidad la clave de interpretación del devenir de la propia cultura urbana de Córdoba. Probablemente los autores de la imagen hayan sido ajenos a ese acervo cultural, pero dan cuenta de una mirada sobre la ciudad que se volvió, podríamos aventurar, común. Así, en la publicación por los diez años de IKA, vemos en una doble página, de nuevo, una contraposición de tiempos históricos, uno de cuyos epígrafes señalaba que “Córdoba se caracteriza por un conflicto entre la vieja ciudad de provincia y la moderna ciudad industrial”,[36] a lo que se agregaba, páginas adelante, la descripción sobre “El nuevo rostro de Córdoba”, en el que se enfatizaban los cambios ocurridos: “En apenas diez años se ha modificado esencialmente el rostro de la ciudad, se lo ha revestido de ese carácter singular y de ese dinamismo extraño que surge de la coexistencia entre lo muy viejo y lo moderno” (Fig.  8).[37]

 

La revista, además, no dejaba de reforzar la noción de novedad a través de la invocación de dos imaginarios urbanos que, formulados desde la cultura arquitectónica, alimentaban diversas tecno-utopías. Nos referimos, por un lado, a las cúpulas geodésicas que, desde los cincuenta, Richard Buckminster Fuller estaba difundiendo y que, durante los sesenta, en conjunción con diversos proyectos “megaestructurales”, daban la sensación de que un futuro altamente tecnologizado era inminente.[38] En tal sentido, las primeras cúpulas geodésicas instaladas en Córdoba fueron las que se construyeron para el Instituto IKA en 1962 (Fig. 9).[39] Por otro lado, el concurso para el “Monumento a la Industria” que promovió IKA para ser construido en la rotonda de entrada a su planta principal en Santa Isabel, que no llegó a realizarse. El premio ganador era una escultura de metal con un vórtice sostenido en el centro, con fuertes reminiscencias a la vanguardia constructivista soviética de los años veinte (Fig. 10).[40]

 

 “Mano única hacia el futuro”

 

Si hacia principios de los sesenta una nueva imagen de Córdoba fue cobrando forma en sintonía con los propios cambios de la ciudad, elaborada desde sectores específicos -disciplinares o empresariales- y manteniendo una circulación restringida, hacia principio de los setenta, por el contrario, al tiempo que el nuevo paisaje urbano aparecía consolidado, aquella imagen de una Córdoba moderna y dinámica alcanzó una circulación masiva, gracias, en parte, a la revista Jerónimo. Ésta había comenzado a editarse a finales de 1968, bajo la dirección de Miguel Ángel Piccato.[41] Con un formato similar a Primera Plana, la revista ofrecía artículos de actualidad, moda, diversión y noticias sobre política, universidad y sindicatos, manteniendo una orientación marcadamente de izquierda -abundaban las entrevistas a dirigentes sindicales, como Agustín Tosco, a representantes de grupos armados o de los sectores del peronismo de izquierda-. La revista alcanzó una circulación importante, llegando a una tirada quincenal de cinco mil ejemplares que, además, se distribuían en otras provincias. Buen exponente del clima de época de Córdoba, entre vanguardista y naïf, la temática de la vida en la ciudad ocupó un lugar central en Jerónimo, haciéndose eco de las líneas más progresistas de la cultura urbana del momento.

 

Diversas fotografías de la época, utilizadas para ilustrar de forma celebratoria la nueva vida “moderna” de la ciudad, daban cuenta de un paisaje de calles atestadas de autos y personas, plagado de carteles comerciales donde parecería desenvolverse una vida frenética de moda, juventud y diversión (Fig. 11). Estas imágenes contrastan con cierto rechazo en Buenos Aires, según ha indicado Ana Sánchez Troillet,[42] por los ritmos y los modos de vida moderna de la “sociedad de masas”, como muy bien lo atestigua Buenos Aires: vida cotidiana y alienación de Juan José Sebreli de 1964. Según el relato “Córdoba desde una esquina” -publicado en Gacetika por un tal Kalo- la esquina entre “San Martín y 9 de Julio surgió como centro de simetría de dos calles plagadas de negocios, en la época en que Córdoba empezaba a convertirse en gran ciudad”. En esos mismos años, el centro de la vida social pareció desplazarse de lugar, aunque sea tan sólo unos metros. Según Kalo algunas entradas de pasajes como el Muñoz y la Galería Central, pretendieron, por instantes nomás, la hegemonía de la ciudad. Luego, la esquina de General Paz y Colón, con el Correo nuevo, pareció que era la elegida. Al frente del Correo estaba desde mucho atrás el Montecarlo, uno de los últimos lugares de Córdoba donde se jugó el café a la generala. Pero todos fueron intentos frustrados, y aprovechando la indecisión, una nueva esquina se irguió poderosa, la de 9 de Julio y General Paz.

 

 Allí, “la ‘nueva generación’ es suplantada por otra, más nueva aún, la denominada ‘nueva ola’”.[43] A los comercios, bares y confiterías, el centro también sumaba los recorridos nocturnos, los lugares de baile, los “night-clubs”, las “boîtes” y los primeros grupos “beatnik” que intentaban emular a sus pares de Estados Unidos o de Buenos Aires.[44] Así, la revista Jerónimo podía ofrecer un breve relato de las transformaciones ocurridas en el centro entre 1960 y 1970: “el centro, en aquellos tiempos, era un área de élite. El progreso, tanto en la urbanización como en los medios de transporte, lo popularizaron bastante: por lo menos en lo que a diversión se refiere, dejó de ser refugio de la clase alta y se transformó en el de la clase media”.[45] Según la misma nota, “después vinieron, parece, Maxim’s, al lado de Intermezzo [la primera confitería bailable] en el primer piso de la Galería Libertad (…) y El Dorado, con la publicitada fantasía de su cúpula de oro. En esa época floreció el 88, en el 73 de la calle Rosario de Santa Fe que más tarde se transformó en Antoine’s” a los que se le sumaban “Seven-Seas” en la 9 de Julio y el “Laussanne” en la 27 de Abril.[46]

 

De tal forma, y más allá de su precisión o no, estos relatos daban cuenta de que el centro neurálgico de la ciudad se desenvolvía en el reducido espacio de seis manzanas por cinco -que además coincidían con el “centro histórico”-, comprendidas entre Bv. San Juan, Av. General Paz / Av. Vélez Sarsfield, Av. Colón y Bv. Chacabuco/Av. Maipú. Allí no sólo tenía su sede principal la universidad, la CGT local y los principales sindicatos, los poderes ejecutivos y legislativos provincial y municipal, sino que también se concentraban mayoritariamente las actividades comerciales y bancarias, constituyendo “el único centro multifuncional de servicios de la estructura urbana total”.[47] Además, estos relatos daban cuenta de un fenómeno que si bien había comenzado a finales de los cuarenta, se intensificó en los sesenta y le dio al centro de Córdoba cierto aire particular: el de las galerías comerciales,[48] en donde se exponían las novedades de la moda, donde se socializaba mediante el consumo, donde la ciudad parecía ponerse al día con el mundo. Como verdaderos escaparates donde la “fantasmagoría” de la mercancía se mostraba cual “templo original del capitalismo de las mercancías”,[49] según las palabras que usó Walter Benjamin para describir los “Pasajes” del París del Segundo Imperio pero que, salvando las distancias, podrían aplicarse a las galerías cordobesas, en donde la novedad de la “sociedad de masas” parecía cobrar vida en esos contingentes de consumidores que circulaban por las calles o en los trasnochados visitantes que recurrían a sus pistas de baile. Este fenómeno se complementó con la creación de peatonales en el centro (Fig. 12). Durante la breve pero intensa intendencia del arquitecto Hugo F. Taboada (1969-1970) se pensó, según sus propias palabras, en “crear una zona aislada peatonal, en el casco chico, que se una a la vez con el centro histórico y crear para el peatón una ‘isla’ de trabajo y de estar. Córdoba es una ciudad que tiene algo de living-room”.[50] La idea no era nueva en la cultura arquitectónica internacional que, en el contexto de la reconstrucción de las ciudades europeas de la posguerra, había planteado el problema de la revitalización “del centro de la ciudad”. Una de cuyas principales referencias fue el proyecto de Jacob Bakema y Johannes Van Den Broek para el centro de Rotterdam, que consistía en un conjunto de tiendas a lo largo de una calle peatonal, que se encuadraba en las propuestas realizadas por el Team X -del que Bakema y Van Den Broeck formaban parte- sobre la importancia de la calle en el entramado urbano.[51] Para 1971 las primeras peatonales ya se habían concretado sobre la 9 de Julio y la San Martín, convirtiendo a la propia calle en una suerte de paseo comercial a cielo abierto. Galerías comerciales y peatonales, entonces, venían a complementar las imágenes de una ciudad moderna, dinámica y bulliciosa que tuvieron una amplia difusión en los setenta (Figs. 13 y 14).

 

Entre finales de los sesenta y principios de los setenta, aquellos circuitos sociales de moda, juventud y diversión tendieron a extenderse a medida que el carácter metropolitano de la ciudad se acentuaba: “Córdoba extiende sus tentáculos luminosos por la ruta 9, por la avenida Rafael Núñez y los caminos que la prolongan hacia Villa Allende y Saldán”.[52]Así, el del Cerro de las Rosas -antigua zona residencial de la élite fundada en la década del treinta- se incorporó plenamente a la urbe, convirtiendo a la Av. Rafael Núñez en un espacio de sociabilización para sectores medios y altos, con una amplia oferta de bares y restaurantes que, en el relato de Jerónimo sobre los circuitos nocturnos de Córdoba, podía decir -con una fuerte carga de ironía- que era “casi un motivo de soponcio para revolucionarios”.[53] Pero fueron los poblados serranos cercanos a la ciudad los que se incorporaron a un circuito de ocio y diversión de las “multitudes” y ya no sólo de veraneo de las clases altas. En una tapa de Jerónimo se presentaba un collage en el que se superponía a la familia de Tarzán y la mona Chita -personajes de la televisión y el cine de gran popularidad en el momento- sobre un trasfondo en el que se ven dos adolescentes jugando entre las piedras de un arroyo de Río Ceballos, donde “todo el año es aventura”. Con este procedimiento, el “primitivismo” de la familia junto a la idea de la aventura veraniega parecerían sugerir la posibilidad de un escapismo de la sociedad de masas junto a un retorno a la naturaleza, tópicos recurrentes en la cultura bohemia -entre “rockera” y hippie- de los setenta (Fig. 15).[54]

 

Hacia principios de los setenta, y a pesar del convulsionado contexto que había dejado elCordobazo” en 1969, la ciudad parecía encaminada hacia un futuro promisorio. En tal sentido, las cifras sobre su crecimiento habían excedido los pronósticos más optimistas y las proyecciones para el año 2000 hablaban de entre 1.800.000 a 2.000.000 de habitantes,[55] mientras que el sector industrial, si bien ya daba señales de haber agotado un ciclo -con la pérdida de la hegemonía cordobesa en la producción automotriz-, todavía se mostraba lo suficientemente vigoroso. Tan es así que el Intendente Rodríguez Brizuela podía afirmar, con un optimismo desmedido, que “todo contribuirá sin duda a que Córdoba se afirme cada vez más en la gran capital, en la gran metrópolis que el destino le ha señalado desde el día de su fundación”.[56] En 1970 Jerónimo se hacía eco de un anuncio largamente esperado: Córdoba recuperaba el título de segunda ciudad del país, del que había sido desplazada por Rosario a finales del siglo XIX. “En la mañana del jueves 20, las oficinas del Registro Civil del Palacio Municipal registraron una inusitada actividad. Periodistas, fotógrafos y autoridades, esperaban se produjese la inscripción que confirmaría a Córdoba, como la segunda ciudad del país. A las 10.20 horas, el Intendente Lozada Echenique pudo refrendar el acta que convirtió a Justo Eladio González, nacido el día 15, en el ‘Habitante 800 mil’ de la ciudad”.[57]

 

Respecto al optimismo sobre el futuro, la imagen que mejor expresa esas expectativas, así como las referencias a las que apelaba y el sentido que se le buscaba imprimir, es una publicidad oficial presumiblemente encargada por la Intendencia de Taboada, un arquitecto con fuertes vínculos con las Fuerzas Aéreas, que apareció en Jerónimo en 1970 (Fig. 16).[58] La imagen es un fotomontaje de diversas partes de la ciudad que muestran los elementos más representativos de una “modernidad” vertiginosa -edificios en altura, avenidas llenas de autos, multitudes en la calle- intensificados por el principio estético del montaje al que se recurre. Así, la apelación al recurso de la “ciudad-collage” y del “montaje” remite al efecto de shock a través del cual las vanguardias artísticas de principios del siglo XX buscaron dar cuenta de la experiencia que había implicado la gran metrópolis.[59] Posiblemente la formación de arquitecto de Taboada haya influido en el diseño de la imagen, en la que podemos atisbar la actitud vanguardista de unir arte y vida, arte y política, aunque su sentido fuera radicalmente otro. Aquí el diseño no se ponía a disposición de un movimiento revolucionario que daría forma a un nuevo hombre, sino que era utilizado por el propio Estado para proponer una voluntad de ciudad, que hacía de la propia urbe el sentido de su política (Fig. 17). Esto no sólo exponía las contradicciones a las que se habían enfrentado las vanguardias en su devenir histórico, en las que habían sido asimiladas por el sistema capitalista,[60] sino que también mostraba que un gobierno “reaccionario”[61] podía recurrir a una estética vanguardista despojándola de sus contenidos políticos previos, para acentuar, de alguna manera, la idea de una “revolución conservadora”, incluso aun cuando Taboada pueda ser ubicado dentro de los sectores desarrollistas que no estaban tan identificados con la política reaccionaria de Onganía. Por otro lado, el lema que adoptaba, “mano única hacia el futuro”, infería un optimismo sobre el porvenir y su dirección que entraba en claro contraste con el contexto de alta inestabilidad política que se vivía en Córdoba desde la “Revolución Argentina”[62] y la creciente radicalización social y política, pero que, al mismo tiempo, hacía sistema con una serie de propuestas destinadas a resolver los problemas que esa “urbe del futuro” estaba haciendo ya evidentes. Por último, arquitectura, vanguardias y ciudad se condensaban en esta imagen, dando cuenta de los aportes específicos que la cultura arquitectónica realizó a procesos culturales más amplios, en un contexto en el que las transformaciones urbanas ocuparon un papel destacado.

 

De las propuestas lanzadas por la Municipalidad en los tempranos setenta, la que mayor repercusión tuvo fue la remodelación de las tradicionales plazas Vélez Sarsfield y General Paz que, hacia principios de siglo, se habían constituido como los dos extremos de uno de los ejes monumentales de la ciudad, sobre el cual se pensaron alguno de los principales edificios públicos y sobre las que, finalmente, se erigieron estatuas conmemorativas a dos figuras centrales de la tradición liberal cordobesa: el autor del código civil y comercial argentino, Dalmasio Vélez Sarsfield, y el caudillo de la guerra de independencia, José María Paz. Siguiendo en parte la propuesta vial de La Padula, del que Taboada había sido alumno, el Intendente se proponía “coordinar la nueva avenida Chacabuco-Maipú con la Vélez Sarsfield-General Paz, de manera de crear un cinturón de circulación rápida”,[63] que se complementaba con la implementación de avenidas de mano única y el cambio de circulación en algunas calles. Completaba este plan la refuncionalización de las mencionadas plazas, así como la relocalización de sus estatuas, para agilizar el tráfico, que en ese momento se estimaba cercano a los cincuenta mil vehículos vehículos (Fig. 18).[64] Según señalaba Jéronimo, “hace un año aproximadamente la opinión pública cordobesa tuvo motivos para inquietarse. En el sector céntrico de la ciudad, a las corridas estudiantiles y los gases policiales provocados por los non sanctos exámenes de ingreso, se sumaron piquetes obreros que se dedicaban con especial cuidado a desmontar la figura del ilustre Vélez Sarsfield. Pero no se trataba de un ataque revisionista contra el Codificador. Sí, en cambio, de la puesta en marcha del operativo ‘mano única’ con que el entonces intendente, arquitecto Hugo Taboada, tratada de solucionar el problema de una ciudad con calles estrechas y rugientes automóviles”.[65] Justamente, estas modificaciones en dos hitos urbanos tan visibles, contribuyeron a esa imagen de una ciudad en grandes transformaciones, en donde la apertura de nuevas y anchas avenidas daba lugar al despliegue de todo un imaginario urbano-arquitectónico modernista. Así, por ejemplo, a una tapa con el título de “Córdoba, de hoy a mañana” en la que se exponía el nuevo cruce de avenidas sobre la ahora ex plaza Vélez Sarsfield,[66] se le agregaba una fotografía -aunque por la poca calidad de la imagen, también podría ser un dibujo- de la ex Plaza General Paz que mostraba la perspectiva de una gran avenida rodeada de aparentes edificios -poco importa que la escala real de estos elementos diste bastante de su representación-, que parecería acercarse a algunas de las imágenes de la ciudad del futuro que idearon las vanguardias arquitectónicas de los años veinte (Fig. 19). Sobre esa imagen, Jerónimo trazaba la parábola iba de la “Córdoba de las campanas a la Córdoba de las avenidas”. Así, el artículo señalaba que, “en consecuencia, si tales cosas [crecimiento industrial, electrificación, aumento demográfico, de consumo y del producto bruto, organización de complejos fabriles, etc.] suceden en las vértebras profundas de la urbe, no es de extrañar la necesidad -a veces imperiosa- de adecuar su imagen física a tales fenómenos. Ello fabrica una suerte de pugna entre una Córdoba tradicional, sólidamente asentada en sus símbolos y monumentos y otra Córdoba que necesita traslaciones implacables de esos símbolos, de la creación y perfeccionamiento de otras vías urbanas que desaten los nudos que el progreso mismo ha contribuido a formar”.[67]

 

La exaltación de esta “modernidad cinética”[68] que venía aparejada al automóvil -en una ciudad que, además, en los años sesenta se había convertido en equivalente de industria automotriz y que llegó a ser pensada como la “Detroit” o la “Turín” Latinoamericana-, tenía su correlato en el aumento del propio parque automotor que había pasado de 27.460 autos en 1965 a más de 53.000 en 1970 y se proyectaba en más de 100.000 para 1975, sumado a un tránsito metropolitano cada vez más importante. Ante ello, la Dirección Provincial de Vialidad junto a la Asesoría de Planeamiento Urbano llevaron adelante en 1968 el “Censo Origen y Destino” que permitió determinar la incidencia del problema del tráfico y sus posibles soluciones.[69] Con un tráfico promedio de 28.000 autos por día en el casco céntrico, hacía indispensable la instalación de un sistema de semaforización que, para 1969, ya incluía treinta semáforos y que proyectaba llegar a 5.300.[70] El volumen vehicular hacia el oeste y el noroeste  reafirmaba la importancia de parte del área metropolitana como zona recreativo-turística. En base a este informe, además, se pensaron posibles alternativas metropolitanas para el problema del transporte masivo de pasajeros, como un sistema de subterráneos o un monorriel colgado. La idea ya había sido lanzada por Rodríguez Brizuela en 1969, proponiendo utilizar la topografía del río.[71] A mediados de 1970, la Municipalidad convocó a empresas argentinas y extranjeras para realizar un estudio de factibilidad para un servicio de transporte masivo rápido. El gráfico que acompañaba la nota de Jerónimo mostraba una sección del monorriel pasando arriba de La Cañada al frente del Palacio Municipal (Fig. 20).[72] Nuevamente, la imagen evocaba la idea de una suerte de “tren volador” que, en el imaginario de la época, era pensado como el transporte masivo del futuro y como un sinónimo de avance tecnológico.

 

A modo de cierre, podemos decir que en el itinerario recorrido intentamos mostrar la emergencia de una serie de imágenes en las que Córdoba aparecía como una ciudad moderna y dinámica. Sin dudas estas imágenes convivieron con otras representaciones que seguían identificando a Córdoba con el pasado y la tradición. Pero las intensas transformaciones urbanas por las que atravesó la ciudad posibilitaron que se acentuaran los elementos de cambio y novedad. Así, si estas imágenes dan cuenta de esas transformaciones, también expresan la forma en que fueron percibidas. A su vez, como intentamos mostrar, parte de esa nueva sensibilidad fue provista por la cultura arquitectónica, la que también contribuyó a mirar de una forma diferente el pasado material de la ciudad que, con la inclusión de la noción de patrimonio, permitió entenderla como parte necesaria del proceso de modernización urbana. Asimismo, la cultura arquitectónica también proveyó un variado repertorio -de circulación internacional- que tendía a acentuar la sensación de “modernidad” que se vivía en la ciudad, formuladas primeramente en sede disciplinar en los setenta, gracias a la revista Jerónimo, llegaron a un público más amplio y menos especializado.

 

Por último, habría que hacer referencia al fin de ciclo propuesto en el que, si bien no podemos detenernos por cuestiones de espacios, confluyeron -a grandes rasgos- una creciente violencia política, una crisis económica y la crisis política luego del golpe policial conocido como “el Navarrazo” en 1974. Asimismo, el golpe de Estado de 1976 terminó de clausurar cualquier intento de transformación social u urbana. Hacia finales de los setenta, con la recepción de la llamada “arquitectura posmoderna” -uno de cuyos referentes fue Miguel Ángel Roca, secretario de Obras Públicas de la Municipalidad desde 1978- las formas de ver y entender a la ciudad y la arquitectura cambiaron radicalmente, en donde una visión “culturalista” adquirió un papel central.

 

Recibido: 24 de diciembre de 2014

Aceptado: 3 de marzo de 2015

 

Cómo citar correctamente el presente artículo?

Notas

[1] Ana Clarisa Agüero, “Comunidades, circuitos y lugares relativos en la cultura nacional. Caída y reparación de Córdoba entre dos generaciones (1880-1920)”, en Paula Laguarda y Flavia Fiorucci, Intelectuales, cultura y política en espacios regionales de Argentina (siglo XX), Rosario, Prohistoria, 2012.

[2] Anahí Ballent, “Perón en ‘la ciudad sin esperanzas’. La Política y las políticas urbanas en Buenos Aires”, en Patricia Berrotarán, Anibal Jáuregui y Marcelo Rougier, Sueños de bienestar en la nueva argentina, Buenos Aires, Imago Mundi, 2004, p. 316.

[3] Mario Gandelsonas, “La ciudad como objeto de la arquitectura”, en eXurbanismo: la arquitectura y la ciudad norteamericana, Buenos Aires, Ediciones Infinito, 2007, p. 59.

[4] En este punto, tal vez, convendría hacer una aclaración para evitar posible confusiones. Con los términos “imagen urbana” e “imaginarios” no se procura hacer referencia a una categoría nativa utilizada por los agentes sobre los que trabajamos, como La Padula o Tedeschi, sino que son utilizadas como categorías analíticas para entender las formas y los medios por los que se volvían inteligibles los procesos que daban en la ciudad. Pero si, como señala Adrián Gorelik, la introducción de estas nociones en los estudios culturales en los ochenta se dio en el contexto en el que la “imaginación urbana” perdía su capacidad proyectiva de intervención en la ciudad, en nuestro caso de estudio, por el contrario, abordamos un momento en el que diferentes proyectos urbanos tenían un papel central en las agendas públicas de discusión, que no sólo se vieron reflejados en intervenciones materiales sobre la ciudad, sino que también, y esto es lo que nos interesa destacar, contribuyeron de forma decidida a generar una nueva sensibilidad sobre la ciudad y sus procesos. Véase: Adrián Gorelik, “Imaginarios urbanos e imaginación urbana. Para un recorrido por los lugares comunes de los estudios culturales urbanos”, Bifurcaciones, n° 1, 2004.

[5] Horacio Palmieri y Rinaldo Colomé, “La industria manufacturera en la ciudad de Córdoba”, Serie de investigaciones, N 2, separata de la Revista de Economía y Estadística, año VIII, n°3-4, Córdoba, 1964, p. 15.

[6] Aldo Dadone, “Cien años de industria en Córdoba: 1873-1973”, Revista de economía, n°24, Córdoba, 1973/74, pp. 180-181.

[7] Aldo Arnaudo, “El crecimiento de la ciudad de Córdoba en el último cuarto de siglo”, Economía de Córdoba, año 8, n°2, Córdoba, 1970, p. 8.

[8] James Brennan, El cordobazo. Las guerras obreras en córdoba, 1955-1976, Buenos Aires, Sudamericana, 1996, p. 60.

[9] Cesar Tcach, Sabattinismo y peronismo. Partidos políticos en Córdoba (1943-1955), Editorial Biblos, Buenos Aires, 2006, p. 91.

[10] Aldo Arnaudo, “El crecimiento de… op. cit., pp. 4 y 5.

[11] Carlos Sánchez y Walter Schulthess, “Inmigración y población en la ciudad de Córdoba. 1947-1966”, Serie material de trabajo, IEF-UNC, n°2, Córdoba, 1969, p. 4.

[12] Fernando Ferrero, F., “Localización industrial en la provincia de Córdoba”, Serie de investigaciones N1, Separata de la Revista de economía y estadísticas, año VIII, n°2, Córdoba, 1964, p. 32.

[13] Rinaldo Colomé, “Construcciones y vivienda de la ciudad de Córdoba, 1947-1965”, Separata de la Revista de economía y estadística, n°3 y 4, Córdoba, 1967.

[14] Ibídem.

[15] Sobre La Padula y los proyectos en torno a la Ciudad Universitaria de Córdoba, véase Sebastián Malecki, “Espacio de mediación: la ciudad universitaria de Córdoba, 1949-1962”, Registros, n°11, 2014.

[16] Fernando Gandolfi y Graciela Silvestri, “Patrimonio”, en Jorge Liernur y Fernando Aliata (Comps), Diccionario de arquitectura en la Argentina: estilos, obras, biografías, instituciones, ciudades, Buenos Aires, Clarín Arquitectura, 2004.

[17]Ana Clarisa Agüero, “Comunidades, circuitos… op. cit., p. 66. Ver, además, Ana Clarisa Agüero, Local/Nacional. Córdoba: cultura urbana, contacto con Buenos Aires y lugares relativos en el mapa cultural argentina (1880-1918), Tesis de Doctorado en Historia, UNC, mimeo, 2010, p. 299.

[18] Maristella Casciato, “The Italian Mosaic: The Architect as Historian”, Journal of the Society of Architectural Historian, Vol 62, n°1, 2003.

[19] Paolo Sica, Historia del urbanismo. El siglo XX, Madrid, Instituto de Estudios de Administración Local, 1981, p. 344.

[20] Françoise Choay, Alegoría del patrimonio, Barcelona, Gustavo Gili, 2006, p. 175.

[21] Ibídem, p. 179.

[22] En la imagen 3, elaborada por una alumna de La Padula presumiblemente en 1955, podemos observar las principales áreas en las que intervino La Padula: la zona de la catedral (centro histórico); el Palacio Municipal; el proyecto (no construido) del Centro Administrativo Provincial. El plano muestra, asimismo, la idea de La Padula de conectar estos tres centros con un recorrido verde, el cual no llegó a materializarse.

[23] DSHCD, actuando como Consejo Deliberante, sesión del 25 de noviembre de 1953, asunto 3, p. 335.

[24] Ordenanza 4238, Boletín Municipal, nº3287, 20 a 24 de diciembre de 1953.

[25] Decreto 2643, serie A, Boletín Municipal, nº3334, 30 y 31 de julio de 1954. El resto de la Comisión estaba compuesto por el Arzobispo de Córdoba Juan D. Demarchi, Arq. Arístides Saavedra Coria, Arq. Jaime Roca, Arq. Rafael Rodríguez Brizuela, Arq. Carlos Luque Colombres, Arq. Hugo Pelliza y Arq. Raúl Carranza.

[26] Ordenanza 4273, aprobada el 13 de julio de 1954.

[27] Ordenanza nº4328, Boletín Municipal, N 3361, 18 al 20 de octubre de 1954.

[28] DSHCD, actuando como Consejo Deliberante, sesión del 31 de agosto de 1954, asunto 5.

[29] Para un análisis sobre la figura y trayectoria de Tedeschi así como sobre el papel del Instituto Interuniversitaria de Historia, véase Sebastián Malecki, “Historia y crítica. Enrico Tedeschi en la renovación de la cultura arquitectónica argentina, 1950-1970” en Aedeme Utraque Europa, n°14, 2014.

[30] “Córdoba: cúpulas y rascacielos”, Continente, n°28-29, Buenos Aires, julio-agosto de 1949, p. 4.

[31] La revista comenzó en 1957 y llegó, hasta donde sabemos, hasta 1965.

[32] Gacetika, s/n, Córdoba, diciembre de 1972, pp. 20-21.

[33] R. Colomé, “Construcciones”, op. cit., p. 15. Subrayado nuestro.

[34] H. Halac, N. Goytía, N. de Silvestre y R. Gallardo, “La Arquitectura de Córdoba”, Gacetika, año VII, n°71, Córdoba, julio-agosto de 1964.

[35] Sobre la noción de supervivencia y el anacronismo en las imágenes, véase Georges Didi-Huberman, La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, Madrid, Abada, 2009.

[36] Libro IKA 10 años, 1955-1965, Córdoba, IKA-Departamento de Publicaciones, 1965.

[37] Ibídem., p. 22.

[38] Sobre el impacto que tuvieron las propuestas de Buckminster Fuller en los sesenta, véase F. Scott, Technoutopias. Politics After Modernismo, Cambridge, MIT Press, 2010. Sobre el desarrollo de las Megaestructuras en la cultura arquitectónica, R. Banham, Megaestructuras. Futuro urbano del pasado reciente, Barcelona, Gustavo Gili, 2001.

[39] Gacetika, n°51, Córdoba, abril de 1962.

[40] Gacetika, n°52, Córdoba, mayo de 1962.

[41] La revista se editó entre 1968 y 1973. En 1971 Alfredo J. Paiva asumió como nuevo director de la revista.

[42] Ana Sánchez Trolliet, “Te devora la ciudad”. Cultura rock y cultura urbana en Buenos Aires (1965-1970), Tesis de Maestría de Historia y la Cultura de la Ciudad y la Arquitectura, Universidad Torcuato Di Tella, Buenos Aires, mimeo, 2014, p. 101 y ss.

[43] Kalo, “Córdoba desde una esquina”, Gacetika, n°71, Córdoba, julio-agosto de 1964.

[44] “Córdoba tiene sus beatniks”, Siete Días, n°911, Buenos Aires, julio de 1967.

[45] “Nocturno. Las luces del centro”, Jerónimo, año III, n°33, Córdoba, primera quincena de diciembre de 1970, p. 78.

[46] Ibídem, p. 79.

[47] María Elena Foglia y José Eguiguren, “Las galerías cordobesas: un ejemplo de centralidad conectiva”, Summa, n°122, Buenos Aires, 1978, p. 43.

[48] Foglia y Eguiguren cuentan veinte galerías de paso y más de una docena sin salida. Los autores no ofrecen cifras exactas de los años de su realización, pero parece que dos fueron realizadas en los cuarenta, tres en los cincuenta y el resto en los sesenta y setenta.

[49] Citado en Susan Buck-Morss, Dialéctica de la mirada. Walter Benjamin y el proyecto de los Pasajes, Madrid, Visor, 1995, p. 99.

[50] “Reportaje: la ciudad cambió de mano”, Jerónimo, año I, n°15, Córdoba, septiembre de 1969. Subrayado nuestro.

[51] Manfredo Tafuri y Francesco Dal Co, Arquitectura contemporánea, Madrid, Aguilar, 1978, pp. 376 y ss.

[52] “Nocturno. Las luces del centro”, Jerónimo, año III, n°33, Córdoba, primera quincena de diciembre de 1970, p. 78.

[53] “Tú no has visto la ciudad”, Jerónimo, año II, n° 19, Córdoba, enero de 1970, p. 36

[54] Sobre la “cultura rock” en los sesenta, véase Ana Sánchez Trolliet, “Te devora la… op. cit.

[55] En la actualización que La Padula hizo de las proyecciones del Plan Regulador en 1962 se estipulan dos millones de habitantes para el año 2000, mientras que en el Diagnóstico tentativo de 1973 se hablaba de 1.800.000.

[56] “¿Cómo anda la ciudad?”, Jerónimo, año I, n°8, Córdoba, 10 de abril de 1969, p. 18.

[57] “800.000 cordobeses ley”, Jerónimo, año II, n°32, Córdoba, segunda quincena de 1970.

[58] Jerónimo, año II, n°22, Córdoba, segunda quincena de junio de 1970.

[59] Sobre la importancia del shock y la metrópolis para las vanguardias históricas, véase Manfredo Tafuri, “Para una crítica de la ideología política” en Manfredo Tafuri, Massimo Cacciari y Francesco Dal Co, De la vanguardia a la metrópolis, Gustavo Gili, Barcelona, 1972.

[60] Manfredo Tafuri, “Para una crítica...”, op. cit.

[61] G. O’Donnell, 1966-1973, el estado burocrático autoritario: triunfos, derrotas y crisis, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1982.

[62] Prácticamente ningún gobernador ni intendente llegó a cumplir el año de gestión en el periodo, a excepción de los gobiernos de Carlos Caballero en la provincia y de Rodríguez Brizuela en la municipalidad, situación que se vio agravada luego del Cordobazo en mayo de 1969.

[63] “La ciudad cambio de mano”, op. cit., p. 22.

[64] “¿Cómo anda la ciudad?”, op. cit., p. 15.

[65] “Monumentos. Otra vez La Tablada”, Jerónimo, año III, n°35, Córdoba, primera quincena de febrero de 1971, p. 40.

[66] Jerónimo, año II, n°21, Córdoba, segunda quincena de mayo de 1970.

[67] “Nueva geografía para la Córdoba de las campanas. Córdoba de las Avenidas”, Jerónimo, año III, n°39, Córdoba, 4 de mayo de 1971, p. 11.

[68] Guillermo Giucci, La vida cultural del automóvil. Rutas de la modernidad cinética, Buenos Aires, UNQ, 2007.

[69] Diagnóstico tentativo y alternativas de desarrollo físico para la ciudad de Córdoba, Córdoba, Municipalidad de Córdoba y Asesoría de Planeamiento Urbano, 1973.

[70] “¿Cómo anda la ciudad?”, Jerónimo, año I, n°8, Córdoba, 10 de abril de 1969, p. 17.

[71] Ibídem, p. 17.

[72] “Monorriel. El municipio tras él”, Jerónimo, año II, n°30, Córdoba, segunda quincena de octubre de 1970, p. 42.

 


Descargar Versión PDF

El autor

Doctor en Historia y Licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba, Magister en Estudios Iberoamicanos por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica), actualmente es becario posdoctoral de CONICET y Profesor Asistente de Historia de la Arquitectura en la UNC. Sus áreas de trabajo son la historia intelectual y la historia de la arquitectura y la ciudad.



///

Galería


Juan Sebastián Malecki; «

De la Córdoba de las campanas a la Córdoba de las avenidas. Transformaciones urbanas y nuevos imaginarios urbanos en Córdoba, 1947-1975

» .
En Caiana. Revista de Historia del Arte y Cultura Visual del Centro Argentino de Investigadores de Arte (CAIA).
N° 6 | Año 2015 en línea desde el 4 julio 2012.

URL: http://caiana.caia.org.ar/template/caiana.php?pag=articles/article_2.php&obj=196&vol=6

ver número