Caiana Revista académica de investigación en Arte y cultura visual

Caiana Nro3

Natalia Majluf


Rastros de un paisaje ausente: fotografía y cultura visual en el área andina*

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Uno de los hechos singulares de la historia cultural andina es la virtual ausencia de representaciones locales del entorno natural hasta por lo menos el último cuarto del siglo XIX. El paisaje como una forma de representación visual y literaria solo llega a la región a fines de siglo, desarrollándose, incluso desde entonces, como una tradición frágil y marginal.[1] Pero el creciente interés por la fotografía, surgido desde fines de la década de 1970, ha puesto al descubierto una serie de imágenes tempranas relacionadas al desarrollo de la industria ferroviaria y a la exploración científica del territorio que parecerían negar esta afirmación.[2] Efectivamente, a primera vista, este repertorio visual ampliado podría permitirnos nombrar a la fotografía como el medio más importante para la representación del escenario natural de los Andes. Un análisis más detenido, sin embargo, sugiere que el paisaje como tal es rara vez el asunto principal en estas imágenes, y aparece solo como un elemento subsidiario, que enmarca y contiene otras narrativas. 

 

La marginalidad del paisaje en la región cobra particular interés como problema historiográfico si se toma en cuenta que, en la tradición occidental, el género ha sido determinante para la visualización del espacio y un elemento fundamental para la formación de la idea de nación. Enfocarse en su ausencia nos permite por ello diferenciar la forma en que se construyen las narrativas nacionales en los países andinos. Es necesario precisar que por paisaje no nos referimos aquí únicamente a un género artístico o a un escenario natural específico, sino más bien a un complejo conjunto de prácticas sociales y convenciones culturales.[3] Bajo esta definición, se intenta explorar aquí la inserción de la fotografía en campos discursivos más amplios, para analizar la relevancia de las imágenes del paisaje en la historia regional.

 

El paisaje ausente

 

Cuando la fotografía llegó al área andina a inicios de la década de 1840, se insertó en un contexto socio-cultural drásticamente distinto al que determinaba la producción de imágenes en el ámbito europeo y norteamericano. Bolivia, Ecuador y Perú empezaban a salir de la crisis de la Independencia, que había desmantelado de forma efectiva las estructuras políticas virreinales pero que no había alcanzado a reemplazarlas con una burocracia propia de similar eficacia.[4] El legado colonial y sus tradiciones visuales continuaron dominando la vida intelectual y cultural décadas después de haberse concretado la emancipación política. En lo que respecta al paisaje el legado colonial fue decisivo. El género no existió como una categoría estética autónoma durante el periodo virreinal, y los Andes casi no fueron sometidos a una descripción naturalista en la literatura o en las artes visuales. Los pintores coloniales, vinculados al patrocinio de la Iglesia y condicionados en general por una mentalidad escolástica, no se interesaron por formas de representación naturalista. Los paisajes idealizados que aparecían a modo de fondo de las narrativas religiosas formaban parte de un mundo espectral, habitado por figuras sagradas, sin referencia alguna al entorno inmediato. Su lenguaje formal derivaba de las convenciones igualmente imaginarias de los modelos flamencos que sirvieron como su principal fuente pictórica. (Fig. 1) Los orígenes de esta indiferencia hacia la naturaleza, y la consecuente ausencia de representaciones paisajistas, es un tema complejo, que requiere de un análisis detallado de los precedentes culturales hispánicos así como de la gradual y dispareja asimilación de tradiciones pictóricas europeas y norteamericanas en los países andinos.

 

Tras la Independencia las élites locales en efecto se integraron a un mercado de consumo internacional que inundó la región con pinturas, estampas, revistas y libros en los que el paisaje tenía una presencia dominante. Los panoramas mostraban regularmente vistas de ciudades y de escenarios naturales de Asia, África y Europa y las tiendas mantenían una oferta permanente de cuadros y grabados de lugares distantes.[5] Pero si bien la burguesía local adquirió ávidamente por esta vía las formas culturales extranjeras, noadoptó la tradición paisajista europea o norteamericana ni sus concepciones con respecto a la naturaleza. En efecto, las elites andinas no alcanzaron a desarrollar un interés por el entorno natural, ni a sostener la noción de un “paisaje puro”, como tampoco concedieron cualidades estéticas al entorno geográfico. El desarrollo tardío del turismo contribuyó además a limitar el interés por la naturaleza, los viajes y las representaciones del territorio.

 

Así, aun cuando son nombrados en la poesía romántica de mediados del XIX, los Andes aparecen solo como figura retórica, una alegoría alusiva al tópico criollo acerca de la grandeza y riqueza de la geografía americana.[6] Descrita como una única montaña esquematizada en medallas conmemorativas, monedas y sellos, los Andes permanecían como una representación emblemática sin valor narrativo más allá de su estatuto como símbolo de abundancia de los recursos naturales. Esta perspectiva utilitaria definió la mayor parte de los escudos nacionales de América del Sur y, en particular, el peruano, compuesto por emblemas como el árbol de la quina, una vicuña, y una cornucopia desbordando monedas, que representan la riqueza natural de la nación.[7]

 

La idea moderna de una naturaleza trascendente no se aplicó tampoco a la geografía andina. Por ello, el reconocimiento de Alexander von Humboldt en las Américas no implicó automáticamente una adopción de sus perspectivas acerca del mundo natural y su representación. Más bien fueron artistas extranjeros como Frederic Edwin Church y Johann Moritz Rugendas, entre otros, quienes interpretaron el paisaje sudamericano bajo las pautas establecidas por Humboldt. La publicidad que enmarcó la presentación de la gran obra de Church, El corazón de los Andes, en Inglaterra y Nueva York en 1859, y la subsiguiente gira de casi un año por los Estados Unidos, confirma el enorme atractivo público y la relevancia social que el paisaje había alcanzado en la sociedad norteamericana. Pero la obra de pintores quienes, como Church, contribuyeron a construir la idea de la grandeza del paisaje sudamericano, no fue generalmente conocida en la región. Tampoco es posible encontrar en la historia de la pintura andina obras comparables en el género que hayan tenido similar repercusión pública.[8] La indiferencia al paisaje es tan clara, que el asunto permite dividir nítidamente en dos al continente americano, entre un ámbito anglosajón que desarrolló intensa y productivamente el género, y los países hispanoamericanos que sólo alcanzaron a formar un cuerpo consistente de imágenes de paisaje en el último tercio del siglo, como parte del proceso más amplio de globalización de ciertas convenciones estéticas.[9] El paisaje se formuló en realidad  a partir de otros espacios y discursos, en especial desde una tradición de exploración geográfica iniciada en el siglo XVIII que prestó impulso al estudio científico del territorio, dando pie a algunas representaciones cartográficas y visuales del paisaje local.[10] Ese sería en adelante el principal marco para el desarrollo de imágenes del entorno inmediato, incluyendo las escasas vistas pictóricas que se produjeron en el siglo XIX.[11] Efectivamente, el gobierno peruano, así como los empresarios y exploradores internacionales, continuaron activamente el reconocimiento científico de la región, bajo una mirada basada en cierta concepción utilitaria de las ciencias humanas, nuevas tecnologías, y la aplicación de tales conocimientos a la industria y el comercio.[12] La aprehensión del paisaje estuvo determinada así por el discurso de las ciencias naturales y por la práctica de la prospección capitalista. Fue precisamente este enfoque científico y pragmático el que llegó a definir también las primeras aproximaciones fotográficas a la geografía de la región andina.

 

A fines de la década de 1850 el paso del daguerreotipo al proceso de colodión húmedo permitió por primera vez a los fotógrafos viajar fuera de los grandes centros urbanos. El británico William Glaskell Helsby exploró el sur andino en 1856, fotografiando los puertos de la costa del Pacifico, así como también varios parajes alrededor del Lago Titicaca.[13] Algunos años después, en 1859, el estudio limeño del francés Felix Carbillet anunció una colección de imágenes estereoscópicas del Perú. John Adams, fotógrafo norteamericano activo en Lima entre 1851 y 1866, y posteriormente en Chile, también parece haber registrado diversos puntos del país.[14] Aunque podrían citarse otras referencias, son escasas las fotografías de este primer periodo que se conservan y menos aun las que han podido ser atribuidas, quizás porque ninguna de estas empresas independientes parece haber alcanzado éxito comercial. Viajar por el interior del territorio peruano era una tarea difícil, costosa, y de gran riesgo económico, dado que el reducido mercado limeño no podía sostener la inversión de los estudios fotográficos. Mientras en Europa y Norteamérica la fotografía coexistía con una abundante y diversa tradición de discursos literarios y pictóricos referidos al paisaje, y donde las vistas tenían un lugar de privilegio en los panoramas, las revistas y la industria editorial, en la región andina el consumo de imágenes paisajistas no contaba con un sustento discursivo o comercial parecido. Por ello, una vez que la novedad por representar lugares distantes se había agotado, los fotógrafos locales abandonaron estos proyectos ambiciosos y se dedicaron al negocio más rentable de las tarjetas de visita.

 

Se explica así que el verdadero surgimiento del paisaje fotográfico en la región andina se haya dado principalmente a través de comisiones relacionadas con los proyectos de exploración científica y de expansión capitalista. La manera en que el entorno natural fue representado se enmarcó y concibió a partir del carácter de los proyectos que demandaron su representación y de la particular relación entre nación y territorio que esos emprendimientos fueron forjando a lo largo del siglo. El empresario y el explorador aparecen por ello aquí como las figuras centrales en la fotografía del interior, los primeros y casi los únicos responsables de la mayor parte de las representaciones tempranas de la geografía andina.

 

Los Andes y el reto del progreso

 

El Perú era todavía una sociedad mayormente rural aunque integrada al momento de su Independencia en 1821. Pero la gradual centralización del poder en la capital, junto con la debilidad burocrática del Estado republicano, contribuyó a crear una brecha amplia entre los centros urbanos y el interior. Las rutas comerciales que habían activado un dinámico intercambio regional en la época colonial se vieron súbitamente interrumpidas. Las grandes ciudades andinas, como Cuzco y Huamanga, entraron en un largo periodo de decadencia económica, una situación que sólo se profundizó durante el auge económico del Perú en la era del guano, que permitió la consolidación del Estado criollo a mediados del siglo. La actividad económica se siguió centralizando en la capital, extendiéndose principalmente a lo largo de la costa. Esta distribución geográfica del poder político y de los recursos económicos contribuyó a escindir al país, creando una división social, cultural y económica entre la costa y la sierra.[15] Se definió así un nuevo orden nacional, cuyas implicancias sociales y culturales dejarían una profunda huella en el desarrollo del Perú moderno.

 

La centralización de una sociedad cosmopolita y burguesa fundada sobre el intenso intercambio comercial limeño, generó una imagen de la capital como fuente de “civilización”, el punto de origen para la difusión del conocimiento y de los recursos. La modernidad y el progreso, irradiando desde la capital, debían superar la olvidada región andina para llegar a la Amazonía, percibida como un territorio inexplorado pero potencialmente abundante. Este itinerario del progreso llegó a delinear un mapa territorial imaginario y altamente simplificado, creando el concepto de las “tres regiones naturales”, una división tripartita de la nación que ha dominado el pensamiento geográfico hasta la actualidad. Benjamin Orlove ha demostrado que esta construcción ideológica puede ser trasladada a una representación gráfica altamente convencionalizada, que divide el territorio nacional en tres bandas paralelas; la delgada franja costera al oeste, la cordillera andina al medio y la Amazonía hacia el este. “Mientras que los geógrafos coloniales describieron montañas intercaladas con tierras bajas”, señala Orlove, “los geógrafos republicanos las presentaron como una barrera inmensa y única, un obstáculo invencible que literalmente impedía la conexión entre distintas regiones”.[16] Esta es la imagen del territorio que las élites costeñas habían internalizado de forma efectiva para 1850, y que tendría un impacto decisivo sobre diversos programas nacionales de infraestructura y de integración nacional.

 

Los estudios geográficos auspiciados por el Estado, vinculados estrechamente a la promesa de la expansión capitalista, forjaron el marco para la creación y difusión de los primeros registros sistemáticos del territorio. Desde mediados de siglo, el Estado peruano brindó un importante apoyo a científicos y exploradores locales y extranjeros para la producción de documentos que permitieran trazar el perfil territorial de la nación. El gobierno, por ejemplo, publicó y distribuyó la obra del italiano Antonio Raimondi, quien dedicó sus estudios a los recursos botánicos y minerales del Perú, enfatizando especialmente la promesa económica y social de la exploración de la Amazonía. Como precedente, había financiado también la publicación del mapa nacional de Mariano Felipe Paz Soldán y su Geografía del Perú (1862), el primer intento totalizador por trazar las divisiones geográficas y políticas del Perú moderno, un esfuerzo que se vería complementado poco después por su Atlas geográfico del Perú (1865), la primera gran compilación de mapas e imágenes de la nación.[17]

 

Paz Soldán no parece haber comisionado imágenes fotográficas especialmente para su obra, sino que se basó en las vistas producidas por William Helsby hacia 1856, y en los registros hechos por Emilio Garreaud durante su viaje al interior del Perú en 1862.[18] Muy pocos grabados describen escenas del paisaje natural; la mayoría muestran monumentos arquitectónicos, vistas de ciudades y paisajes costeros, todos indicadores de “civilización”, comercio e industria. Las vistas de la costa, en particular, revelan un énfasis pragmático que subyace incluso a las escenas más pictóricas y compuestas. El grabado del puerto sureño de Islay, basado en una fotografía de Helsby (Fig. 2), parecería prestar gran atención al paisaje natural, creando una composición dramática que se enfoca sobre un promontorio rocoso en primer plano. La imagen de la bahía, sin embargo, solo sirve de marco para mostrar las instalaciones portuarias en el fondo. La inclusión de este grabado fue cuidadosamente calculada por Paz Soldán en el contexto de su propuesta para promover una línea ferroviaria entre Islay y Arequipa –cuyo trazo incluyó también en un grabado en el Atlas–, lo que convertiría al puerto en uno de los principales ejes del desarrollo comercial del sur andino.[19] La mayoría de las vistas de la costa disponibles en el mercado peruano durante las décadas de 1860 y 1870 se enfocaban también en la dinámica comercial de los puertos o de las islas guaneras, proveedoras del fertilizante natural que se había convertido en la principal fuente de recursos para la economía peruana.

 

Si bien la empresa de Paz Soldán buscaba usar la documentación geográfica como base para el progreso más amplio de la industria y el fortalecimiento del Estado, esos desarrollos eran aún parte del sueño del progreso y no una realidad tangible. El paisaje andino, enmarcado por las visiones instrumentales de la burguesía urbana, no podía ser entonces aprehendido como paraje bucólico o retiro rústico, ni como un horizonte alternativo a la vida en la sociedad industrial. Más bien, los intelectuales como Paz Soldán dieron forma a la geografía del país mediante su anhelo de transformar el mundo rural en una extensión de la ciudad moderna.

 

En 1859, el futuro presidente peruano Manuel Pardo, quien por entonces era ya una figura política en pleno surgimiento, formuló el primer discurso a favor del desarrollo de la industria ferroviaria en el Perú. Con previsión, Pardo visualizó el agotamiento de las reservas del guano y la consecuente necesidad de diversificar la industria y promover las exportaciones. El desarrollo de los ferrocarriles se ubicaba al centro de su programa. Las mejoras en el transporte servirían no sólo de soporte para el crecimiento económico, sino también para la integración de las provincias a la misión civilizadora del Estado. El ferrocarril se convirtió así, rápidamente, en la panacea para la desarticulación económica y social del país. Tras realizar algunas primeras obras cortas, en 1869 el Estado peruano firmó un contrato para llevar a cabo el proyecto de ingeniería más ambicioso de su época: la construcción del Ferrocarril Central, que uniría a Lima con la región minera de La Oroya. Más que cualquier otro proyecto contemporáneo, la Línea Central apostaba por la promesa de la integración nacional. Desde La Oroya llegaría a los prósperos centros agrícolas de Tarma y Jauja, a la colindante ciudad minera de Cerro de Pasco –que experimentaba un grave declive desde hacía más de medio siglo– y, finalmente, a los ríos que convergían en el Amazonas.

 

Enrique Meiggs, empresario norteamericano que había logrado reconocimiento a través de sus exitosos proyectos ferroviarios en Chile, fue el personaje más importante detrás del desarrollo de los ferrocarriles peruanos. En 1868 obtuvo su primer contrato en el país: la construcción de una línea que uniría el puerto de Mollendo con la ciudad de Arequipa. Para fines de 1871 Meiggs había obtenido seis contratos adicionales para la construcción de ferrocarriles en el Perú. Este logro se sustentó en su reputación, basada en el éxito de sus obras anteriores, pero sobre todo en su habilidad para manipular y convencer a políticos e inversionistas. Mediante eventos públicos de gran envergadura, como la inauguración de la línea Mollendo-Arequipa, la acuñación de medallas conmemorativas y diversas presentaciones públicas, Meiggs se convirtió en un personaje público, un héroe moderno de la tecnología y del progreso, que encarnó las aspiraciones de la burguesía peruana en el momento de su mayor expansión.[20]

 

Meiggs entendió la importancia que podía tener la producción de imágenes de sus proyectos. Pero la ausencia de una tradición paisajista local en pintura, así como la falta de espacios de exhibición, limitó cualquier posibilidad de difusión de representaciones pictóricas de los ferrocarriles. No debería sorprender entonces que cuando Meiggs decide comisionar una serie de pinturas de la Línea Central, sin duda alguna su proyecto más importante, contratara a Norton Bush (1834-1894), un artista norteamericano cuyas idealizadas escenas tropicales no parecen haberse exhibido nunca en el Perú.[21] Es posible especular, sin embargo, que incluso si Meiggs hubiera encontrado una comunidad activa de pintores paisajistas, habría recurrido de todas formas a la fotografía, un medio que, al igual que los ferrocarriles, era aún percibido como un logro de la tecnología moderna y un símbolo del progreso.[22] Ya en 1863 había encomendado a algunos fotógrafos chilenos una serie de vistas para ilustrar una publicación que promocionaría el ferrocarril de Valparaíso a Santiago.[23] Siguió un modelo similar en 1870, cuando contrató a Benjamin Franklin Pease para fotografiar la línea de Mollendo a Arequipa en el sur del Perú.[24] Aunque ninguna de las imágenes de Pease se conocen en la actualidad, estas fueron exhibidas con éxito en la Exhibición Nacional de Lima de 1872.[25] La fotografía se convirtió así en uno de los principales medios para la promoción de los proyectos de Meiggs.

 

La mayoría de imágenes existentes están relacionadas al proceso de construcción del Ferrocarril Central, iniciado en 1870. Una de las grandes hazañas de ingeniería del siglo, la línea central, fue también uno de los proyectos ferroviarios más costosos de la historia. Aunque no fue concluido en vida de Meiggs, para 1875 se había completado la fase más difícil. Más de seis mil trabajadores habían terminado de tender las vías férreas que comenzaban en Lima el difícil ascenso a través de pendientes escarpadas e innumerables zigzags, cavando decenas de túneles a través de la roca maciza y construyendo puentes sobre quebradas y barrancos empinados hasta llegar al pueblo de Chicla, a unos 3,745 metros sobre el nivel del mar. Para mediados de 1870, el agotamiento de las reservas de guano, sumado a la crisis económica internacional, habían puesto en riesgo la culminación del proyecto. La muerte de Meiggs en 1877 y el inicio de la Guerra del Pacífico en 1879 desaceleraron aún más el avance del ferrocarril. El tramo que unía a Chicla con el centro minero de La Oroya sólo quedaría concluido en 1893.

 

La colección más importante de estas fotografías, contenida en un álbum que perteneció a la Empresa Nacional de Ferrocarriles del Perú (ENAFER), fue producida alrededor de 1875, cuando el segmento a Chicla ya había sido concluido.[26] Aunque el álbum fue probablemente organizado por el estudio limeño de Eugenio Courret –cuyo nombre se encuentra en la portada–, existen también motivos válidos para atribuir varias de las imágenes al norteamericano Villroy L. Richardson, quien trabajó en Lima entre 1859 y alrededor de 1875.[27] Como señala Keith McElroy, copias sin recortar de las mismas fotografías en otras colecciones revelan un sistema de numeración de negativos que permitiría atribuirle las imágenes a Richardson. Es posible que ambos fotógrafos hayan colaborado en el proyecto, o incluso que Courret haya adquirido los negativos al norteamericano tras de su salida del mercado limeño en el momento mismo en que se terminaba de compilar el álbum.[28] Es significativo que las fotografías fueran tomadas antes de que el ferrocarril llegara a su destino final, lo que podría sugerir que su comisión tenía como propósito asegurar apoyo para el proyecto en un momento en el cual su exorbitante costo, sumado a la crisis económica que afectaba al país, generaban dudas acerca de su futuro. Por ello, las imágenes que Courret promocionó cuentan solo una parte de la historia del ferrocarril, dejando fuera otras narrativas, incluyendo el arduo proceso de construcción, que cobró la vida de cientos de trabajadores chilenos, chinos y peruanos.

 

Las vistas de Courret narran las dificultades tecnológicas del ascenso hacia los Andes Centrales, los obstáculos a los que se enfrentó el trazado de la vía y los medios que se idearon para superarlos. Son imágenes austeras, que rara vez se apartan de los rieles para registrar los pueblos o paisajes a lo largo de la ruta. Es muy raro que aparezcan personas, y cuando lo hacen, sirven como indicadores de la inmensa escala del proyecto. La locomotora tampoco tiene una presencia dominante; aparece ocasionalmente a la entrada de un túnel o sobre un puente, pero siempre siguiendo las vías del ferrocarril, sin imponerse sobre la infraestructura que la sostiene o el paisaje que recorre. Por el contrario, son los túneles, los puentes y los zigzags los que representan al Ferrocarril Central como la gran hazaña de ingeniería que fue.

 

La primacía de las estructuras del ferrocarril sobre el paisaje es una constante en las imágenes de Courret. En la vista del Viaducto de Chaupichaca (Fig. 3), el fotógrafo se ubica en un lugar que nos permite ver la estructura del puente, que se sostiene dramáticamente sobre un barranco profundo. La figura de un hombre que posa a la mitad, aparece como un punto diminuto contra la imponente superficie rocosa que se eleva detrás. Aunque apenas perceptible, su presencia, aislada en ese entorno árido y hostil, se convierte en el punto focal de la imagen, generando una poderosa impresión acerca de la escala y de las dimensiones del puente y del paisaje circundante.

 

La imagen del Viaducto de Infiernillo, uno de los puntos más escarpados y peligrosos del ascenso, define claramente la geografía de los Andes como un obstáculo a ser conquistado. (Fig.4) Suspendido sobre el río, el puente impone su presencia sobre las montañas que surgen detrás. Las faldas de los cerros se desvanecen en dramática compresión hacia el fondo, obstruyendo nuestra visión, como si no hubiera salida más allá de este punto. La única tregua a la abrumadora presencia de esta naturaleza restrictiva es el pequeño trozo de cielo, apenas visible sobre las cimas, a lo largo del borde superior de la imagen. El túnel perforado en la parte horizontal de la roca, así como la simplicidad de la estructura de hierro del puente, señalan los logros de la ingeniería moderna. Esta imagen, por encima de todas las demás de la línea central, encarna la narrativa del progreso ferroviario y su capacidad para superar la masiva solidez de los Andes.

 

El paisaje en sí mismo nunca constituye el asunto central de las imágenes de Courret. Ocasionalmente, como en la escena de Río Blanco (Fig. 5), donde las montañas son claramente una presencia dominante, uno encuentra elementos que sugieren un cierto interés por el entorno natural. Pero incluso en una imagen como esta, el ferrocarril sigue siendo el elemento central. La densa textura de la montaña, que corta una marcada diagonal al centro de la composición, no sostiene nuestro interés por mucho tiempo, forzándonos rápidamente hacia el valle en la parte inferior, donde inmediatamente aparecen las vías del ferrocarril. Siguiendo el cauce del río, los rieles nos guían visualmente a través de un pequeño puente y una estación, hasta perderse en la sucesión aparentemente interminable de las faldas de los cerros. La imagen adquiere relevancia solo mediante la presencia de la ruta del ferrocarril que, siguiendo los contornos naturales del valle, nos permite penetrar el paisaje.

 

El tono de las imágenes de Courret es el de una descripción directa, sin mediaciones, que suprime cualquier sugerencia de una visión personal.[29] La precisión mecánica que parece determinar la producción de estas vistas permite establecer una cierta equivalencia entre el ferrocarril como hazaña técnica y el estatuto de la fotografía como un medio moderno de representación. Por ello, la figura del fotógrafo no se encuentra ausente de la narrativa de la Línea Central. San Juan, túnel n° 8 (Fig. 6), no solamente registra los rieles penetrando el túnel, sino también al asistente del estudio posando junto a su aparatoso equipo, como si se quisiera mostrar las dificultades que enfrenta el fotógrafo, e identificar al estudio encargado de las imágenes con la narrativa heroica del ferrocarril.[30]

 

Las imágenes de Ricardo Villalba del Ferrocarril del Sur, que unía al puerto de Mollendo con la ciudad de Puno, ofrecen un contraste significativo con la visión de Courret. Villalba, quien trabajó en La Paz y Oruro, así como también en Arequipa y el Sur del Perú en la década de 1870, es probablemente el más interesante de los fotógrafos activos en la región andina en el siglo XIX.[31] Sus fotografías del ferrocarril se conocen principalmente a través de un álbum con cien imágenes que perteneció a la colección de ENAFER.[32] El tramo que unía al puerto de Mollendo con Arequipa (que había sido previamente registrado por Pease) se terminó en 1871, pero la línea a Puno sólo quedó concluida tres años después. El hecho de que el álbum haya pertenecido originalmente a la empresa contratista sugiere que las vistas fueron comisionadas por los empresarios del ferrocarril al terminarse la línea en 1874.[33]

 

Mientras que Courret había omitido la imagen de la locomotora de la mayoría de sus vistas, el tren adquiere una presencia dominante en las fotografías de Villalba. Mundo Nuevo muestra al tren acercándose, apareciendo por detrás de la pendiente de un cerro a la derecha. En el fondo, Villalba utiliza el contorno natural de las montañas y la línea de un zigzag (cuya diagonal es enfatizada por una hilera de trabajadores ubicados al costado de las vías) para dar la impresión de planos en receso. (Fig. 7) El encuadre ubica al espectador en el trayecto mismo del tren, lo que permite recrear su tránsito a través del paisaje y producir cierta sugerencia de movimiento. Mientras que las imágenes de la Línea Central de Courret se enfocaban en la infraestructura de las vías, abordando las dificultades del proceso de construcción de la línea ferroviaria, las imágenes de Villalba permiten al espectador una comprensión más completa del itinerario del ferrocarril y su difícil ascenso. El fotógrafo, con destreza, establece una relación significativa entre el tren y su entorno. (Fig. 8)

 

Por contraste con la austeridad de las fotografías de la Línea Central, las de Villalba intentan ir más allá del simple registro de la infraestructura ferroviaria. Sus imágenes presentan aquello que estaba ausente en la narrativa visual de Courret, al incorporar vistas sólo indirectamente relacionadas con los aspectos operativos del ferrocarril, incluyendo sitios de relevancia histórica y arqueológica a lo largo de la ruta. Los jardines de los incas (Fig. 9), por ejemplo, retrata un paisaje a orillas del Lago Titicaca, cerca de la ciudad de Puno, en ese entonces el destino final de la línea del sur. El paisaje parece adquirir aquí una relevancia propia. La curva de la playa dirige la mirada del espectador hacia las pendientes a la derecha y al vasto cuerpo de agua que aparece en simultáneo a la izquierda. La composición está cuidadosamente y simétricamente recortada en diagonal por la playa y las pendientes. El pequeño bote varado abajo en la orilla, así como las bandas horizontales formadas en las laderas por los remanentes de los andenes precolombinos, ayudan a crear una sensación de profundidad y otorgan cierta cualidad pintoresca a la escena.

 

Pero estas fotografías no pueden ser analizadas sin tomar en cuenta el contexto mayor de los álbumes que las contienen o los proyectos que dieron pie a su producción. Consideradas en la secuencia establecida por el fotógrafo, las imágenes del Lago Titicaca de Villalba contribuyen a afirmar la idea de la capacidad de la tecnología moderna para sobreponerse a los obstáculos naturales y transformar la relación que la sociedad establece con su entorno. Así, nuestra lectura de una escena pintoresca mostrando los tradicionales botes de esteras en el Lago Titicaca se ve radicalmente transformada cuando volteamos la página y vemos la escueta imagen del “Yapuri”, una embarcación moderna especialmente construida para navegar el lago. (Figs. 10 y 11) Esta oposición entre tradición y modernidad constituye un tema recurrente en el álbum de Villalba.

 

Ese contraste adquiere una inflexión particular en las fotografías que registran sitios arqueológicos. En el contexto de un álbum dedicado al Ferrocarril del Sur, esas imágenes parecen sugerir un paralelo entre los logros de las sociedades precolombinas y aquellos de la tecnología moderna. Es sintomático que aparezcan justo en este contexto personajes indígenas, quienes tienen una presencia en extremo reducida en la mayor parte de vistas de los ferrocarriles peruanos, como también, en términos más generales, en la fotografía regional. Esta presencia menor es particularmente significativa en las imágenes relacionadas con la Línea del Sur, que fue construida a lo largo de una ruta tradicional que había servido por siglos a la región surandina. El ferrocarril de hecho irrumpía sobre un paisaje que era transitado por comerciantes y arrieros indígenas, quienes transportaban bienes del interior del Perú hacia las ciudades mineras de Bolivia.

 

Resulta interesante que Villalba solo incluya a personajes indígenas en el contexto de los sitios arqueológicos, como en Ruinas del templo de las vírgenes (Fig. 12) donde hace posar a un indígena en vestimenta tradicional frente a una de las portadas de un sitio precolombino. En la fotografía andina del XIX los indígenas son retratados usualmente como tipos etnográficos en las tarjetas de visita producidas en los estudios urbanos, en donde aparecen tan aislados del paisaje como de todo otro contexto.[34] Es revelador que Villalba, cuyas tarjetas de tipos constituyen sin duda uno de los grandes logros de la fotografía andina de estudio, generalmente excluya a personajes indígenas de sus imágenes de ferrocarriles, una omisión que sin duda facilitaba la apropiación ideológica de esos parajes serranos. Pero a diferencia de Norteamérica, donde la expansión hacia el oeste requería que el territorio se representase como un espacio inhabitado, para así encubrir el desplazamiento de los pueblos indígenas, la región andina, como un territorio integrado a las estructuras administrativas del Estado, no podía concebirse como una tabula rasa. Los intelectuales y legisladores peruanos del XIX vieron al indígena como un impedimento al progreso, como la causa del fracaso industrial y capitalista del Perú.[35] La incursión de la tecnología moderna era vista entonces como un medio para incorporar al indígena al seno de la nación, parte de una misión “civilizadora” que rescataría a esas comunidades de su supuesto atraso y estancamiento. Al ubicar al indígena en sitios arqueológicos, fotógrafos como Villalba parecen enfatizar ese contraste entre la degradación del indígena contemporáneo y su pasado glorioso.[36]

 

Tanto la Línea Central como la del Sur partían desde la costa y penetraban los Andes. Su trayectoria, entonces, parecía materializar las aspiraciones de las élites de “civilizar” la sierra, un espacio que, como Benjamin Orlove ha señalado, fue consistentemente identificado como tierra “indígena”.[37] El discurso criollo demostraba cierto grado de incomodidad con respecto a la población indígena, frecuentemente caracterizada como los “peruanos originarios” o como “los propietarios originales”, lo que suscitaba preguntas relacionadas con la legitimidad del dominio económico y político de los criollos sobre la nación.[38] Desde la perspectiva criolla del XIX, los Andes resultaban siendo tierras ajenas. Quizás por ello, el paisaje andino no fue percibido como un espacio con profundidad, como un escenario que pudiera ser examinado o asimilado fácilmente. A diferencia de la “mirada magistral” que dio forma a la fotografía y a la pintura norteamericana del periodo, el paisaje de la región andina solo podía ser abordado mediante imágenes parciales y fraccionarias.[39] Los proyectos ferroviarios e industriales, así como el registro fotográfico que se produjo en ese marco, parecían albergar la promesa de reconciliar a las élites costeñas de su enajenamiento del territorio.

 

Hasta la década de 1870, esas élites mantuvieron todavía una sólida convicción acerca de su habilidad para imponer el progreso y la “civilización” sobre la vasta geografía de los Andes. Incluso en vida de Meiggs, el nevado de Ticlio en la Línea Central fue nombrado en su honor como “Pico Meiggs”, un gesto que refleja el deseo de imponer una nueva nomenclatura sobre el paisaje, de apropiarlo e incorporarlo al avance de la modernización. Las fotografías discutidas aquí parecían afirmar también la capacidad del Perú moderno para sobreponerse a los Andes, aquel masivo obstáculo natural para la comunicación y el progreso. La mayoría de las imágenes fueron tomadas antes de que la desastrosa Guerra del Pacífico (1879-1883) acabara con la “falacia” económica de la era del guano. Pueden ser interpretadas entonces como registros de un proceso de prospección, o como testimonios acerca de la realización parcial de los proyectos modernizadores y su posibilidad de expansión futura.

 

Esta confianza asertiva se revela en fotografías como La caza del cóndor, de Rafael Castillo, también hecha a mediados de la década de 1870.[40] (Fig. 13) En esta imagen cuidadosamente compuesta, el cazador se ubica contra el fondo de una pendiente, sobre la que yace exhibido cual trofeo un cóndor, sus alas extendidas para mostrar su enorme tamaño. Apoyado casual y cómodamente sobre su rifle y contra la pendiente, el cazador se yergue orgulloso frente a su presa; junto al cuerpo inerte del cóndor, su pose relajada y confiada afirma una clara sensación de dominio sobre la naturaleza. Esta fotografía, parte de una serie dedicada a la actividad minera en los Andes Centrales, adquiere una relevancia particular al ubicarse en el contexto más amplio del Álbum Gildemeister Prado, de donde proviene.[41] Las empresas de la familia formada por el inmigrante alemán Johann Gildemeister Evers y Manuela Prado estaban basadas en el comercio de Lima y en la ciudad sureña de Iquique, pero la familia poseía también importantes intereses mineros en Yauli, ciudad que se convirtió posteriormente en una estación de la Línea Central.[42] Es probable que el cazador retratado en la fotografía, quien también aparece en otras imágenes inspeccionando distintos aspectos del proceso minero, haya sido el empresario Federico Gildemeister o quizás otro miembro de su familia. Aislado por el marco del visor, la imagen del empresario como cazador sugiere la idea de una confrontación directa entre el hombre y el mundo natural, y niega por ende el contexto más amplio de la actividad minera que hace posible su presencia en esas alturas agrestes. Una fotografía de la misma serie muestra efectivamente al cazador en su papel de empresario, supervisando cómodamente la ardua labor de los trabajadores a su alrededor. Es necesario tomar en cuenta que el álbum Gildemeister contiene también varias vistas de Courret de la Línea Central, un ferrocarril que había sido diseñado específicamente para promocionar la industria minera y la expansión capitalista en los Andes Centrales.

 

Al igual que las fotografías de los ferrocarriles, las imágenes de la minería construyen argumentos similares acerca de las dificultades impuestas por la naturaleza sobre los esfuerzos de modernización. Una imagen de la serie de Castillo sobre la minería en la Sierra Central (Fig. 14) muestra una impresionante hilera de ganado que parece extenderse infinitamente sobre el horizonte, arrastrando a través del paisaje una enorme piedra para moler metales. El grupo ha paralizado sus actividades y posa para el fotógrafo, quien en el intento de llenar el marco con la recua, deja fuera a una parte del grupo, acentuando aún más la impresión de que la fila se extiende más allá de los márgenes. Aquí, como en otras imágenes, el paisaje sirve solamente como contexto y fondo para la representación de las hazañas empresariales que las fotografías registran.

 

Estos son, en efecto, poco más que paisajes residuales, lo que queda una vez que el tema ostensible ha sido eliminado de la composición. Sin embargo, el paisaje sigue siendo una presencia paradójicamente potente. Está siempre al fondo de la imagen y, al mismo tiempo, constituye un elemento indispensable para su aprehensión. Su función significante es mucho más importante de lo que su posición subsidiaria permitiría sugerir. El paisaje no es, sin embargo, una categoría válida en sí misma; permanece inevitablemente solo como el contexto que enmarca las narrativas del progreso. Los parajes retratados en la fotografía del siglo XIX eran espacios que habían sido asimilados al discurso dominante mediante intervenciones reales sobre una geografía particular; las imágenes fotográficas fueron generadas directamente por estas intervenciones y no hubieran existido sin ellas.

 

 

El paisaje como fondo

 

Aunque de forma marginal y subsidiaria, la fotografía se convirtió así en uno de los escasos medios desde donde era posible articular en imágenes el escenario natural para convertirlo en producto de consumo. En efecto, la primera generación de pintores académicos –que en el Perú incluye a figuras como Francisco Laso, Ignacio Merino y Luis Montero–, rara vez exploró el paisaje, aunque su formación europea podría haber favorecido cierto interés por el género. Incluso en la década de 1880, cuando la pintura naturalista alcanzaba su más amplia difusión internacional, los artistas de la región andina permanecían indiferentes a la representación de su entorno inmediato. En 1883, el poeta y ensayista Juan de Arona denunció la ausencia de un programa pictórico coherente para la representación del paisaje local:

 

Nuestros pintores nacionales lo son como nuestros escritores, en el nombre; y llegándoles asimismo un momento en que la razón y la conveniencia les aconsejan serlo de hecho, proceden esforzándose y resulta una obra en que la expresión indígena está en pugna con la convicción extranjera, o, mejor dicho, en que aquélla no cabe dentro de los lineamentos impropios que la contienen.

[…]

Aun nuestros pintores de paredes no sabrían concebir una inspiración propia, bien sentida al menos. Llámese a cualquiera de ellos para que pinte la divisa de un tambo, (mesón o parador de arrieros y trashumantes de la Sierra); de uno de esos tambos de los suburbios o arrabales de Lima, y trazará un bonito paisaje…europeo. El forastero que llega de la Sierra o regresa a ella, tiene que aceptar forzosamente que ese panorama es el emblema de su camino; y el huésped de procedencia ultramarina que va a internarse, cree que le esperan paisajes alpestres, con poblaciones y gentes que parecen animadas y llenas de inteligencia. Es pintar como querer… Hay tanta verdad en este fresco, como en el amor de la lumbre, las largas veladas de invierno, la campana de la aldea y el humo de la pobre chimenea de nuestra literatura![43]

 

Los tópicos literarios citados por Arona, todos derivados de la retórica sentimental de los escritores románticos europeos, revelan su exasperación ante el absurdo de invocar imágenes ajenas a la realidad del país. Los pintores de la región andina de hecho se resistieron al paisaje local, incluso cuando sus temas parecían requerir su presencia. El origen del retrato de un terrateniente anónimo a caballo, pintado durante el último cuarto del siglo XIX, por ejemplo, puede ser identificado solo por la presencia de los adornos de plata típicos del apero peruano. (Fig. 15) No hay ningún otro indicio en la escena del fondo que haga referencia al paisaje local: las propiedades del terrateniente no están representadas, y las cabañas con chimeneas, que más parecen europeas (tal como Arona probablemente hubiera anotado), solo evocan convenciones pictóricas extranjeras, modelos prefabricados de un estandarizado “paisaje” ideal.

 

Una similar indiferencia hacia la representación del paisaje local es evidente en los telones pintados de la fotografía de estudio del siglo XIX, que jugaron un papel central como soporte para el siempre complejo diálogo entre pintura y fotografía. Vagos e indefinidos, los paisajes genéricos que sirvieron como fondo para los retratos de la clase media urbana rara vez ofrecían alguna referencia local reconocible. Carentes de cualquier particularidad que pudiera permitir una identificación regional, estos paisajes inubicables aludían tan solo a la elegancia del ambiente, como una insinuación de refinamiento que evocaba las expectativas burguesas del fotógrafo y del retratado. Como fondo, el paisaje se convierte en parte de la utilería del estudio, al mismo nivel que las mesas de caoba o los pedestales ricamente tallados que los fotógrafos utilizaban para ambientar sus retratos. El espacio auto-suficiente del estudio y su confinamiento social privilegiado permiten la presencia del paisaje de fondo sólo como un indicador de cierta idea burguesa de cultura, forjada en la circulación internacional de modelos y formatos fotográficos.[44] El paisaje se convierte así en una suerte de fetiche, un objeto que invoca las contradictorias aspiraciones culturales de una modernización incipiente.

 

Como fantasía exótica de otros tiempos y lugares, o como seña de aspiraciones burguesas, el telón con paisajes extranjeros se convirtió en el sello de los fotógrafos itinerantes andinos. Es el caso del retrato de un terrateniente de nombre Villarán, que posa solemnemente sobre su caballo frente a un fondo pintoresco ingenuamente pintado con la vista de una veranda. (Fig. 17) Los elementos ornamentales que aparecen en ese escenario idealizado, como la columna y el pedestal con flores, son señales claras de un deseo de transmitir cierta idea de cultura. Pero la distancia requerida para encuadrar la figura completa del caballo traiciona las intenciones de la fotografía. Al no poder recortar la imagen, el fotógrafo se ve forzado a revelar el piso de tierra del estudio y los bordes gastados del telón, elementos que hubieran permanecido escondidos en un retrato de busto o de tres cuartos. Resulta difícil imaginar las razones que llevaron a forzar la toma frente al telón cuando podía más fácilmente hacerse frente al escenario natural. Lo cierto es que el fondo pintado niega –de forma literal y metafórica– el paisaje, al ocultar cualquier seña que pudiera permitirnos imaginar algo acerca del lugar donde fue hecha la fotografía. Fuera del sello que reza “López Hns. Internacional”, estampado en la parte posterior del grueso cartón sobre el que está montada, prácticamente no se sabe nada acerca del autor o de las circunstancias en que se hizo la imagen. En relación a la estructura precaria de su estudio itinerante, sin embargo, el ostentoso título revela algo acerca de las aspiraciones del fotógrafo y del aura cosmopolita que buscaba otorgar a sus retratos.

 

Si bien los fotógrafos urbanos mantuvieron las convenciones de los telones de estudio solamente hasta las primeras décadas del siglo veinte, su uso se prolongaría en las provincias. En el Cuzco, el pintor y fotógrafo Juan Manuel Figueroa Aznar (1878-1951), escenificaba personajes indígenas o complejas narrativas teatrales frente a fondos pintados que evocaban paisajes fantásticos, ornados con estructuras y elementos arquitectónicos europeos. Tal como ocurría con las escenas flamencas que sirvieron de fondo a las figuras bíblicas en la pintura colonial, la naturaleza artificial de los paisajes de Figueroa traicionaba un deseo de vincularse, mediante la fotografía, a las cualidades “civilizadoras” asociadas a la pintura en tanto categoría artística.[45] Un gesto similar aparece en el trabajo de Sebastián Rodríguez (1896-1968), fotógrafo activo en Morococha, pueblo minero en los Andes Centrales sometido a la Cerro de Pasco Copper Corporation. Ya sea trabajando para la compañía minera, o de manera independiente para sus empleados, Rodríguez creó algunos de los retratos más memorables en la historia fotográfica andina. Al igual que Figueroa, antes de emigrar a la sierra Rodríguez había sido aprendiz en el estudio limeño de Luis Ugarte, donde probablemente entró en contacto con los fondos paisajistas que aún estaban de moda en la capital. Con la ayuda de Braulio, su hermano, asistente y también pintor, Rodríguez creó un fondo pintado representando un paisaje suizo, que había sido copiado de una caja de galletas importadas.[46] Sería difícil encontrar una imagen más incongruente que la de los mineros de Morococha y sus familias posando en sus vestimentas tradicionales ante el idealizado paisaje de los Alpes –esos paisajes “alpestres” que Arona había evocado en sus escritos. (Fig. 16) Y, sin embargo, es al mismo tiempo comprensible que esos escenarios ideales se impongan frente al duro y árido entorno natural de un pueblo ubicado a cerca de 4.800 metros sobre el nivel del mar.

 

Javier Silva Meinel reflexiona sobre esta tradición fotográfica y su relación con el artificio a través de un extenso trabajo dedicado a las fiestas tradicionales peruanas. El fotógrafo no usa como fondo el paisaje de los lugares en que hace las tomas, sino que recurre más bien a un telón pintado que imita los fondos de los estudios fotográficos provincianos de principios de siglo XX. El telón, una construcción social evidente, enfatiza la naturaleza teatral de las festividades y su función como forma de auto-representación colectiva. (Fig. 18) El atuendo de los actores que posan para el fotógrafo corresponde estrictamente a la función significadora del telón de fondo que, incluso más que el sustituto artificial de un paisaje real, termina operando como una suerte de disfraz.

 

Sea como señal de alta cultura en el siglo XIX, o “cultura” como kitsch en la fotografía andina, o tal vez como una reflexión histórica (y además consciente de sí misma) en torno al artificio, como ocurre en el trabajo de Silva, el paisaje como fondo es otra faceta de una tradición cultural más amplia, que no concibe el paisaje como cuadro de la naturaleza, sino que lo entiende más bien como signo de cultura, como artificio. Al negar la posibilidad de una descripción naturalista del contexto, rechaza también el concepto de la imagen como ventana hacia el mundo y, al hacerlo, cuestiona ideas recibidas acerca de la representación visual y del paisaje como categoría universal de la modernidad. Se va perfilando así una forma de paisajismo que se forja desde premisas distintas, definida por los discursos más amplios de una sociedad que, como hemos visto, construyó una relación particular con su entorno.

Cómo citar correctamente el presente artículo?

Notas

* Este texto es una versión traducida, editada y actualizada de un ensayo publicado originalmente en inglés: “Traces of an Absent Landscape: Photographers in Andean Visual Culture”, History of Photography 24, number 2, Summer 2000, pp. 91-100. Reitero aquí mi agradecimiento a Jorge Villacorta por sus generosos comentarios y a Daniel Buck por compartir conmigo sus conocimientos acerca de la fotografía boliviana. En su momento Jaime Blanco facilitó el registro de las fotografías que entonces eran de la Empresa Nacional de Ferrocarriles y que luego fueron lamentablemente dispersadas.

[1] Pocos textos exploran en profundidad la ausencia del paisaje local. Véase Ángel Guido, “El paisaje en el arte de América”, en Redescubrimiento de América en el arte, Buenos Aires, El Ateneo, 1944  [2ª ed.], pp. 413-437. Sobre la literatura véase Raúl Porras Barrenechea, “Estudio preliminar”, en José de la Riva-Agüero, Paisajes peruanos, Lima, Instituto Riva-Agüero, PUCP, 1995, pp. 30-33. Mirko Lauer es quien más ha insistido en este tema, sobre todo en referencia a la pintura indigenista. Véase Román del Carpio (pseud. Mirko Lauer), “¿Por qué no nos vimos?”, La Imagen, suplemento de La Prensa, Lima, 13 de marzo de 1977, pp. 20-21. Estas ideas son retomadas en Andes imaginarios. Discursos del indigenismo 2, Cuzco/Lima, Centro de Estudios Regionales Andinos “Bartolomé de Las Casas”/SUR, 1997, pp. 59-85.

[2] Keith Douglas McElroy, “The History of Photography in Peru in the Nineteenth-Century, 1839-1879”, Tesis doctoral, University of New Mexico, 1977; Natalia Majluf (ed.), Registros del territorio. Las primeras décadas de la fotografía, 1860-1880, Lima, Museo de Arte de Lima, 1997; Natalia Majluf y Luis Eduardo Wuffarden, La recuperación de la memoria. El primer siglo de la fotografía. Perú, 1842-1942, Lima, Museo de Arte de Lima y Fundación Telefónica, 2001.

[3] Véase el notable estudio de Nicholas Green sobre las imágenes francesas de paisaje, The Spectacle of Nature. Landscape and Bourgeois Culture in Nineteenth-Century France, Manchester & New York, Manchester University Press, 1990. Véase también W. J. T. Mitchell, “Introduction”, en W. J. T. Mitchell (ed.), Landscape and Power, Chicago & London, The University of Chicago Press, 1994.

[4] Si bien este trabajo se enfoca esencialmente en el caso peruano, muchas de sus conclusiones son aplicables por igual al desarrollo de la cultura visual en Bolivia y Ecuador. Algo distinto sucede en Chile, uno de los pocos países del área andina que alcanza a forjar una tradición de pintura de paisaje antes de 1880. Véase, entre otros, Juan Manuel Martínez, El paisaje chileno. Itinerario de una mirada. Colección de dibujos y estampas del Museo Histórico Nacional, Santiago, Museo Histórico Nacional, 2012 y Catalina Valdés, “Comienzo y deriva de un paisaje. Alessandro Ciccarelli, Antonio Smith y los historiadores del arte chileno”, Dossier ‘Image de la nation: art et nature au Chili’, Artelogie nº 3 septembre 2012. http://www.artelogie.fr/, acceso 9 de octubre de 2013.

[5] Citamos entre muchos otros ejemplos posibles las vistas de la isla Huaheisen el mar del sur, las montañas de Belleville o los nevados de Moscú, además de las numerosas vistas urbanas y escenas bélicas europeas que se presentaban regularmente en el Cosmorama de Lima y en otros espectáculos ópticos a lo largo del siglo: “Cosmorama”, Mercurio Peruano, Lima, 26 de noviembre de 1831; “Aviso al público”, Mercurio Peruano, Lima, 3 de abril de 1832.

[6] Como señala José Antonio Mazzotti, incluso piezas como “La agricultura en la zona tórrida” de Andrés Bello remiten más bien a la visión utilitaria de la naturaleza que dominó el pensamiento criollo colonial. Véase “Nacionalismo criollo y poesía: el caso de Andrés Bello”, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana 71, primer semestre de 2010, pp. 255-268.

[7] Natalia Majluf, “Los fabricantes de emblemas. Los símbolos nacionales en la transición republicana. Perú, 1820-1825”, en Ramón Mujica (ed.), Visión y símbolos. Del virreinato criollo a la república peruana, Lima, Banco de Crédito del Perú, 2006, pp. 203-241.

[8] Matthías Leonhardt Abram, “Los Andes en el corazón. Intérpretes del paisaje” en Alexandra Kennedy Troya (ed.), Escenarios para una patria: paisajismo ecuatoriano, 1850-1950, Quito, Museo de la Ciudad, 2008, pp. 26-51. Sobre la pintura norteamericana véase Katherine Emma Manthorne, Tropical Renaissance. North American Artists Exploring Latin America, 1839-1879, Washington & London, Smithsonian Institution Press, 1989. Manthorne argumenta a favor de lecturas comparadas en “A Transamerican Reading of the ‘Machine in the Garden’: Nature vs. Technology in 19th Century Landscape Art”, en Arte, historia e identidad en América: Visiones comparativas, Gustavo Curiel et. al., 3 vols., México, IIE, Universidad Nacional Autónoma de México, 1994, pp. 234-251.

[9] En el área andina, las convenciones del pictorialismo internacional facilitan el surgimiento de la fotografía de paisaje a inicios de la década de 1910. Véase Andrés Garay y Jorge Villacorta, Max T. Vargas y Emilio Díaz: dos figuras fundacionales de la fotografía del sur andino peruano (1896-1926), Lima, ICPNA, 2005. Sobre la comparación con el paisajismo norteamericano véase la interesante reflexión de Laura Malosetti Costa, “¿Un paisaje abstracto? Transformaciones en la percepción y representación visual del desierto argentino”, en Graciela Batticuore, Klaus Gallo y Jorge Myers (eds.), Resonancias románticas. Ensayos sobre historia de la cultura argentina (1820-1890), Buenos Aires, Eudeba, 2005, pp. 291-303. Véase también de la misma autora, “Politics, desire and memory in the construction of landscape in the Argentine pampas”, Journal of Visual Art Practice 5, number 1, 2006, pp. 113-125. Verónica Tell me ha sugerido con razón que el caso de Brasil puede considerarse una excepción. Efectivamente, la Misión Artística Francesa y la temprana formación de una academia permitieron la aparición de una tradición paisajista que Elaine C. Dias ha estudiado en “A pintura de paisagem de Félix-Émile Taunay”, Rotunda 1, CEPAB-IA UNICAMP, abril de 2003, pp. 5-18, http://www.iar.unicamp.br/rotunda/rotunda01.pdf, acceso 9 de octubre de 2013, así como en el trabajo que se incluye en este dossier. Pero incluso esta producción, relativamente reducida y fijada mayormente en vistas urbanas, no puede compararse con la enorme producción europea o norteamericana en este género.

[10] Daniela Bleichmar, Visible Empire: Botanical Expeditions and Visual Culture in the Hispanic Enlightenment, Chicago, University of Chicago Press, 2012.

[11] Manuel Ugalde es el caso paradigmático del pintor como empresario y explorador. Véase Natalia Majluf, “De la pintura y de otras técnicas del progreso. Manuel Ugalde, pintor y explorador del sur andino”, en Félix Denegri Luna. Homenaje, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2000, pp. 393-416.

[12] Véase Mary Louise Pratt, Imperial Eyes. Travel Writing and Transculturation, London & New York, Routledge, 1992, cap. 6.

[13] Existe escasa información acerca de los viajes de Helsby por el sur del Perú. Daniel Buck publica algunas vistas de Tiahuanaco procedentes de Tulane University en “Ayer, imágenes modernas… hoy, tesoros de archivo”, Americas 46, número 5, 1994, 20-27. Sobre la actividad de Helsby véase Hernán Rodríguez Villegas, “Historia de la fotografía en Chile. Registro de Daguerrotipistas, fotógrafos, reporteros gráficos y camarógrafos, 1840-1940”, Boletín de la Academia Chilena de la Historia 96, 1985, pp. 253-254.

[14] “Avisos diversos. Carbillet”, El Comercio, Lima, 26 de febrero de 1859; “Crónica local. John Adams”, El Nacional, Lima, 29 de octubre de 1866.

[15] Paul Gootenberg, “Population and Ethnicity in Early Republican Peru: Some Revisions”, Latin American Research Review 26, number 3, Summer 1991, pp. 109-157.

[16] Benjamin S. Orlove, “Putting Race in its Place: Order in Colonial and Postcolonial Peruvian Geography”, Social Research 60, number 2, Summer 1993, pp. 316-321.

[17] Mariano Felipe Paz Soldán, Atlas geográfico del Perú, Paris, Fermin Didot Frères, 1865, pp. 5-66.

[18] En 1862 un aviso anunciaba que Garreaud había regresado de un viaje al interior: “Retratos”, El Comercio, 22 de octubre de 1862. No existen más referencias a este viaje.

[19] Mariano Felipe y Mateo Paz Soldán, Geografía del Perú, Paris, Fermin Didot Frères, 1862, p. 490f.

[20] Watt Stewart, Henry Meiggs, Yankee Pizarro, Durham, N.C., Duke University Press, 1946, pp. 85. Véase el completo recuento de la obra del ferrocarril de Arequipa y de las celebraciones organizadas para su inauguración en El ferrocarril de Arequipa. Historia documentada de su origen, construcción e inauguración, Lima, Imprenta del Estado, 1871.

[21] La prensa local no registra noticias acerca de Bush, quien parece haber permanecido en el Perú sólo el tiempo suficiente para concluir su comisión. Véase Katherine Emma Manthorne, Tropical Renaissance…, op. cit., p. 178. Meiggs pudo conocer a Bush en California antes de su huida a Chile. No tenemos noticias acerca de las pinturas comisionadas por Meiggs, pero se conocen una serie de escenas tropicales de Ecuador y Perú pintadas por Bush que alcanzaron cierto éxito en el mercado norteamericano.

[22] Joel Snyder, “Territorial photography”, en W. J. T. Mitchell (ed.), Landscape and Power, Chicago & London, The University of Chicago Press, 1994, pp. 175-201.

[23] Las fotografías, tomadas por Cachoirs y Emilio Chaigneau fueron publicadas en Reseña histórica del ferrocarril entre Santiago y Valparaíso, Santiago, Imprenta del Ferrocarril, 1863. Véase Rodríguez Villegas, “Historia de la fotografía en Chile”, op. cit., p. 222.

[24] Sobre esta comisión en particular y sobre la actividad de Pease en Lima véase Keith McElroy, “Benjamin Franklin Pease. An American Photographer in Lima, Peru”, History of Photography 3, julio de 1979, n. 3, pp. 195-209. Es interesante que, en los ejemplares de El ferrocarril de Arequipa que hemos consultado aparezca un retrato fotográfico, que posiblemente corresponde al ingeniero Juan Thorndike, pero ninguna vista del ferrocarril.

[25] Pease también parece haber registrado otros proyectos ferroviarios, pues el catálogo de la exposición de 1872 indica que había presentado “quince vistas fotográficas, de los caminos y construcciones de varios ferro-carriles del Perú”. Véase Francisco A. Fuentes (ed.), Catálogo de la Exposición Nacional de 1872. Edición oficial, Lima, Imprenta del Estado, 1872, p. 93.

[26] El álbum conteniendo 49 vistas, que antes integraba la colección de ENAFER, llevaba sobre la cubierta el título “Recuerdos del Perú – Ferro Carril de la Oroya / E. Courret Fot. Lima”. Las fotografías sólo pueden haber sido hechas después de 1875, cuando la línea hasta Chicla fue completada, y antes de 1877, cuando el viajero francés Charles Wiener adquirió varias imágenes de la serie en su viaje al Perú, que luego usaría para ilustrar su libro Pérou et Bolivie. Récit de voyage, Paris, Librairie Hachette, 1880. En 1999 tuve oportunidad de estudiar este álbum y otro dedicado al ferrocarril de Mollendo a Puno en ENAFER. Poco después, los álbumes fueron robados y mutilados. Descubierto el hecho, fueron devueltos a ENAFER quien subasta en el 2001 ambos álbumes como parte del proceso de liquidación de la empresa. Parte de las imágenes de Villalba fueron adquiridas entonces por el Museo de Arte de Lima.

[27] Se sabe que tras dejar Lima hacia 1875 Richardson estuvo activo en Iquique y Tacna entre 1880 y 1889. Véase Rodríguez Villegas, “Historia de la fotografía en Chile,” op. cit., p. 306. McElroy sugiere que su partida estuvo probablemente motivada por el descubrimiento de los yacimientos de nitrato en el sur. “The History of Photography in Peru ..." op. cit., p. 716-717.

[28] Keith McElroy –a quien agradezco por su ayuda en momentos en que los álbumes de ENAFER no estaban disponibles para estudio– pudo asociar la numeración de las placas en las copias del Álbum Gildemeister (Museo de Arte de Lima) con la que figura en las vistas de Richardson. Véase “The History of Photography in Peru…”, op. cit., p. 174. La atribución de las vistas del Ferrocarril Central es aún más complicada pues un álbum titulado “Vistas del Perú” con 271 imágenes en la Biblioteca Nacional del Perú, contiene copias con el sello de Rafael Castillo, que fueron hechas de los mismos negativos. Castillo fue un fotógrafo limeño asociado a Richardson quien luego se erigió como principal rival de la casa Courret. Véase McElroy, “The History of Photography in Peru…”, op. cit., p. 415.Es posible que los números en las placas de Richardson hayan sido hechas por Castillo en el periodo en que trabajaron juntos. Esto no explica por qué Courret habría vendido las placas, salvo que Castillo haya sido contratado por Courret para trabajar en el proyecto. Mientras no aparezcan más datos, preferimos mantener la atribución a Courret, por ser el estudio que firmó la comisión.

[29] Sobre la retórica descriptiva de la fotografía véase Joel Snyder, “Territorial photography”, en W. J. T. Mitchell (ed.), Landscape and Power, Chicago & London, University of Chicago Press, 1994, p. 183.

[30] McElroy discute esta imagen en “The History of Photography in Peru…”, op.cit., p. 188.

[31] “Matrícula de Patentes. Empresarios de Industria en el Ramo de Sueltos”, La Bolsa, Arequipa, 22 de abril de 1875. Como McElroy señala, la utilería que aparece en las tarjetas de visita de Villalba entre 1874 y 1876 fue luego utilizada por Carlos Heldt, fotógrafo que parece haber tomado el estudio al llegar de Trujillo hacia 1877. Véase McElroy, “The History of Photography in...”, op. cit., p. 765. Sobre las vistas bolivianas de Villalba véase Daniel Buck, “Ayer, imágenes modernas… hoy, tesoros de archivo”, op. cit., pp. 21-26 y “Pioneer Photography in Bolivia: Register of Daguerreotypists and Photographers, 1840’s-1930’s”, Bolivian Studies V, 1994-1995, n. 1, p. 125.

[32] El álbum de 32.5 x 44 cm. llevaba la inscripción “Ricardo Villalba Fotógrafo” sobre la cubierta. Aunque contenía cien vistas, la numeración alcanzaba hasta el ciento diez, lo que sugiere que el álbum pudo haber perdido algunas páginas. Al igual que el álbum de Courret, el de Villalba fue robado, mutilado y luego devuelto a la empresa, que vendió las páginas recuperadas en subasta pública en el año 2001, momento en que fueron adquiridas por el Museo de Arte de Lima.

[33] Con toda certeza, las vistas fueron hechas antes de 1877, cuando Wiener adquiere algunas copias en su viaje por Arequipa y Puno. Las vistas numeradas 83, 93, 98, 100, 102 y 110 en el álbum de Villalba sirvieron para los grabados que ilustran la parte I, cap. XXIV y la parte II, cap. III de su libro Pérou et Bolivie.

[34] Deborah Poole, Visión, raza y modernidad. Una economía visual del mundo andino de imágenes, Lima, SUR, 2000.

[35] Evelyne Mesclier, “De la complementariedad a la voluntad de aplanar los Andes: Representaciones de la naturaleza y pensamiento económico y político en el Perú del siglo XX”, Bulletin de l’Institut Français d’Études Andines 30, 2001, n. 3, pp. 541-562.

[36] Cecilia Méndez, Incas sí, indios no: Apuntes para el estudio del nacionalismo criollo en el Perú, Lima, IEP, 1995.

[37] Benjamin S. Orlove, “Putting Race in its Place…”, op. cit., pp. 321ss.

[38] Natalia Majluf, “The Creation of the Image of the Indian in Nineteenth-Century Peru. The Paintings of Francisco Laso (1823-1869)”, tesis doctoral, The University of Texas at Austin, 1995.

[39] Albert Boime, The Magisterial Gaze. Manifest Destiny and American Landscape Painting, c. 1830-1865, Washington & London, Smithsonian Institution Press, 1991. En relación a la fotografía véase Snyder, “Territorial photography”, op.cit.

[40]Sobre esta serie y la atribución a Castillo véase Majluf y Wuffarden (eds.), La recuperación de la memoria…, op. cit., pp. 86 y ss.

[41] Acerca de esta colección –integrada por un lote de páginas sueltas conteniendo 142 fotografías en albúmina–, adquirida por el Museo de Arte de Lima en marzo de 1996, véase Natalia Majluf (ed.), Registros del territorio…, op.cit.. Se descubrió luego que procedían de un álbum mutilado con la inscripción “F. Gildemeister” de la colección de Luis Eduardo Wuffarden, en que quedaban sólo nueve imágenes del terremoto de Arequipa de 1868.

[42] El terremoto de 1868, documentado en el álbum, causó gran daño a las empresas salitreras de la familia, lo que contribuyó a redirigir sus actividades empresariales hacia la agricultura en Trujillo, en el norte peruano. Véase Ibidem, p. 51, lámina número 26.

[43]Juan de Arona, [Pedro Paz Soldán y Unánue], Diccionario de peruanismos [1883-1884], Biblioteca de Cultura Peruana, 10, París, Desclée, de Brouwer, 1938, pp. 28-29.

[44]Sobre la tarjeta de visita como parte de una cultura internacional de imágenes véase Deborah Poole, Visión, raza y modernidad…, op. cit., capítulo 5.

[45] Sobre Figueroa, véase ibidem, capítulo 7.

[46] Fran Antmann, “The Peasant Miners of Morococha”, Aperture 90, New York, 1983, pp. 60-72.


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El autor

Natalia Majluf. Historiadora de arte por Boston College, obtuvo la maestría por el Institute of Fine Arts, New York University (1990) y el doctorado por la Universidad de Texas en Austin (1995). Ha sido curadora principal del Museo de Arte de Lima (1995-2000) y actualmente dirige la misma institución. Su trabajo de curaduría e investigación se ha centrado fundamentalmente en temas de arte peruano y latinoamericano de los siglos XIX y XX. Ha sido becaria del Centro para Estudios Avanzados de Artes Visuales del National Gallery de Washington, D.C., del Centro para Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cambridge, de la J. Paul Getty Foundation y de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation.

 

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Rastros de un paisaje ausente: fotografía y cultura visual en el área andina*

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En Caiana. Revista de Historia del Arte y Cultura Visual del Centro Argentino de Investigadores de Arte (CAIA).
N° 3 | Año 2013 en línea desde el 4 julio 2012.

URL: http://caiana.caia.org.ar/template/caiana.php?pag=articles/article_2.php&obj=126&vol=3

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